Todavía tengo el cuerpo cansado de lo que vivimos el sábado 28 de junio en Utrera con motivo del Potaje Gitano, que celebró sus 69 ediciones y que tuvo a Pitingo como principal atractivo en una noche de muchísima calor, aunque esto último no es que sea nuevo. Suele ser una noche tórrida, aunque llegada la madrugada a veces uno se ha tapado con el mantel. En este caso, nada de nada, calor de principio a fin.
En Desde Dentro, nuestro blog, os voy a contar algunas cosillas que se alejan de lo meramente artístico. Para ello tienen ustedes un profundo, extenso y profesional comentario crítico de nuestro compañero Kiko Valle. En estas líneas quiero, como vengo haciendo en esta sección, ser un narrador testigo y acercar al lector aspectos que se escapan de la mirada de todos. Este año no se esperaba colgar el no hay billetes, no existía esa expectación como en otros años, y eso que el cartel apostaba por nombres como el de Aurora Vargas, que recibió el homenaje en 2023 ante la ausencia de Pansequito, o El Pele, otro de los nombres propios de los últimos veinte años de festival y que recibió el galardón en 2021 (realmente fue en 2020, pero con la pandemia se llevó al siguiente año). Otro ingrediente a resaltar, la presencia de Juana Amaya, baile del que gusta en Utrera y a sus gitanos. Andrés Barrios, el pianista utrerano flamenco que se formó en el clásico y versiona con la música urbana, compone y canta, disfruta, fue el encargado de abrir plaza.
Cuando llegué el reloj marcaba las 9 de la noche y la temperatura seguía acercándose a los 40ºC. Los técnicos de sonido e iluminación mostraban sus rostros quemados por el sol, así como los miembros de la organización, quienes aseguraban que “la sensación térmica a las cinco de la tarde era de 50 grados”. Todo este esfuerzo no ha de pasarse por alto, ya que este festival, el decano de los festivales, tiene un carácter benéfico y puede decirse que el 80 por ciento de los que lo hacen posible no tienen ánimo de lucro.
Algunos artistas habían probado sonido a las seis de la tarde. Juana Amaya, por ejemplo. Cuando salió a bailar a las dos de la madrugada mostró cierto hartazgo, aunque lo hizo con mucha elegancia y hasta una sonrisa. “Llevo ahí muchas horas, con mucha calor”, para luego emplearse a fondo en un baile deslumbrante y pleno de emociones. «Vamos a tener que plantearnos que se pruebe sonido la noche antes, esto es inhumano”, me comentó algún técnico. El piano de Andrés Barrios presidía el escenario, a pesar de esa calor que tanto afecta al sonido. Disfrutó tanto, junto a su equipo, que contagió esa alegría al público de su tierra.
Para el que no haya ido nunca al Potaje, debe saber cómo se vive esa noche en ese enorme patio del colegio Salesianos de Utrera. Hay una fila presidencial de mesas en las que está el homenajeado con su gente, la Hermandad con sus invitados, autoridades y patrocinadores, la prensa y algunos invitados concretos más. Allí nos sirven comida y bebida durante toda la noche. Una valla separa al resto de mesas distribuida por el patio. Los comensales se sientan, reserva previa, y sacan de sus neveras –las típicas de playa– bolsos y cestas, tapitas y refrescos, vinos y más tarde lo que encarte. La gente se lo pasa bien y disfruta, por eso quizás no se le hace tan largo el desarrollo del festival.
«El Marsellés estaba por allí con Antonio Moya y pasó lo que tenía que pasar. En el pasillo del colegio, quizás la zona de más calor del complejo educativo, nos quedamos de fiesta para escuchar a Mari Peña, a Iván Carpio, Manuel Tañé, al propio Antonio Marsellés, bailó Fernando Jiménez, José Malospelo… Estábamos a gusto, compartiendo la fiesta de forma tan democratizada que hasta los que no sabían tocar las palmas las tocaban»

Aurora Vargas me decía “sobrino, esmeración”, con ese arte tan suyo refiriéndose a que me motivara en las palabras que le iba a dedicar al presentarla. Ya estaba ella prepará abajo del escenario, con su gente, cual matriarca, para bordar nuevamente una obra de arte escénica. Solo quiero destacar que las cerca de dos mil personas del público guardaron silencio durante un momento en el que Aurora se alejó del micro y su voz, absolutamente clara, llegó hasta el último rincón. ¡Viva Utrera! “Tata, el traje parece amarillo debajo del escenario y arriba es más verde”, le dije. “Es color lima, muchacho”, me contestó con donosura.
En el momento del homenaje todo son nervios, el protocolo va cambiando según aparecen invitados, pero finalmente todo sale bien. Este año tengo que dar la enhorabuena a los intervinientes, pues han sido claros, cortos y sentimentales. Los 600 años del Pueblo Gitano en España trazó una guía en el discurso de todos los participantes. El Hermano Mayor de la Hermandad de los Gitanos de Sevilla nos acompañó en ese momento. “¡Qué nombre más gitano tiene el alcalde de Utrera, Curro Jiménez!”, comentó Pitingo, quien pidió un pequeño descanso para poder cambiarse de ropa y preparar su actuación.
Mientras tanto, se repartió el potaje, literal, para que los allí presentes le hincaran el diente. Hay muchos que no les da miedo el calor ni las horas. Se comen hasta el plato del vecino. En los camerinos (las clases del colegio) se respira un ambiente de hermandad, de buenos amigos, abrazos y besos. La organización es muy exigente con eso, con controlar todo el que puede acceder a la zona donde están los artistas. No es un despiporre, y eso es un acierto.
Pitingo se adueñó del escenario sin tener ninguna prisa, recorriendo su obra desde el relato más flamenco, por soleá o fandangos, hasta su perfil más innovador. Un trío de voces de soul puso la nota de color, el contrapunto y, por qué no decirlo, la imagen de la noche. Todo el público encendió la linterna del móvil para hacer los coros a títulos como Killing me softly with his song. Como ya se iba acercando el final de la actuación, me coloqué al lado del escenario para seguir en mis labores de presentación y algún miembro de la organización sonreía. “¿De qué te ríes?”, le dije. “Nada Juan, que si levantara la cabeza más de uno me la cortaba a mí”. Todo en tono jocoso y feliz de que Pitingo tuviera el mejor premio de su gran noche: el público entregado. Juana Amaya ya estaba loquita por salir, parte del púbico empezaba a abandonar su silla para irse a casa. Eran las 2 de la mañana. ¡Cómo bailó Juana! Ya han leído lo del compañero Kiko Valle…
Quedaba por salir El Pele, que venía de otro compromiso y que salió a escena con semblante serio, reclamando que “se respete el flamenco”, el de siempre, “que hay que escuchar el cante”, pidiendo en parte silencio, y deseándole a todos, ya socarrón, “que tengáis muchos churumbeles”. Pitingo se levantó varias veces en su soleá para decirle ole. Y se despidió por bulerías.
El Marsellés estaba por allí con Antonio Moya y pasó lo que tenía que pasar. En el pasillo del colegio, quizás la zona de más calor del complejo educativo, nos quedamos de fiesta para escuchar a Mari Peña, a Iván Carpio, Manuel Tañé, al propio Antonio Marsellés, bailó Fernando Jiménez, José Malospelo… Estábamos a gusto, compartiendo la fiesta de forma tan democratizada que hasta los que no sabían tocar las palmas las tocaban. “¡Qué estamos en Utrera!”, gritó el Marsellés pidiendo silencio y compás. A las 6 de la mañana nos vinimos para Jerez con cero grados de alcohol en sangre pero con el mejor de los sabores, porque el Potaje sigue siendo el festival de festivales.









































































Yo no he visto un potaje más soso que el de este año y ante todo la educación entre nuestra hernia gitana siempre ha sido mutuo cosa que ha faltado pero bueno muchas gentes son las que digieron que jamás volverían a acudir la potaje gitano
Antonio Perla Jimenez, exactamente a que te refieres cuando hablas de «vuestra hernia gitana» ? Hernia???? De verdad vosotros tenéis HERNIA GITANA?
VALGAME EL SEÑOR!!!