Sesenta criaturitas de familias desfavorecidas van a ver por vez primera cómo baña el horizonte el azul del mar. No han ido nunca a la playa. Que no solo de pan se alimenta un niño, sino de ilusiones y vivencias tan sencillas y tan grandes como enterrar sus deditos en la arena caliente, hacer castillitos y esconder sus sueños en la espuma de las olas que los revuelcan entre el jolgorio que trasluce su felicidad, esa que se vive a ratos porque la realidad es mucho más cruda. La Hermandad de Los Gitanos de Utrera lo permite y lo ofrenda, aunque el regalo estoy seguro que también lo es para cada uno de esos hermanos que ha contribuido con su labor solidaria a que un año más se celebre el decano de los festivales flamencos, El Potaje Gitano de Utrera, a beneficio de las obras asistenciales de la Hermandad. Aparte de ser ya una institución en sí mismo, el certamen persiste en ahondar en las tres ‘F’: Flamenco, Familia y Fe, con mayúsculas.
Son ya sesenta y nueve años arrimando el hombro con la mejor de las intenciones, además de contentar con flamenco y potaje a las casi dos mil personas que se congregan en el patio del Colegio de los Salesianos de Utrera y se rascan el bolsillo para tan noble causa. Lo demás parece ser lo de menos para los que tienen las miras en estos fines, pero está claro que el flamenco coprotagoniza esta película y no a todos los críticos les parece bien. Y el público es el más duro y el primero, no me refiero a nosotros, los plumillas, que escribimos después de ello. Que si el potaje está soso o salao, pastoso o con caldo, pasao o en su punto…
El año anterior publicaba en este portal mi crítica sobre la edición de 2024 titulándola Un Potaje para todos los gustos, pero nunca llueve al de todos, como en el convite de una boda. Los novios dejándose el alma para sus invitados y los amigos a puñalás traperas porque las gambas no eran de Sanlúcar o el jamón de Jabugo. Y yo el primero. Respecto a El Potaje, digo, del que naquero sin querer hacer sangre porque ya lo vivo como mío. Soy de Utrera y de un tiempo a esta parte, el único crítico especializado que acude a cubrirlo periodísticamente. En estos casos colaborando con expoflamenco, que también ha querido hacer promoción y sumarse a la ayuda con una pequeña derrama para la Hermandad. No es por echarnos flores por algo que no tiene mérito alguno, pero quería daros el dato de la cobertura y la participación.
La polémica estaba servida en cuanto se desveló el homenaje a Pitingo y se presentó un cartel heterodoxo y de reclamo en el que también figuraba un pianista de Utrera que desdibuja su estilo por las fronteras del flamenco: Andrés Barrios. Pero acertaron. ¿Por qué no?
«Son ya sesenta y nueve años arrimando el hombro con la mejor de las intenciones, además de contentar con flamenco y potaje a las casi dos mil personas que se congregan en el patio del Colegio de los Salesianos de Utrera y se rascan el bolsillo para tan noble causa»
Andrés Barrios
Se proyectó un vídeo en recuerdo de los que nos dejaron durante el año pasado. Y a encender el guiso. Tras las primeras palabras de una exposición natural, espontánea, gitana y concisa de nuestro amigo y compañero Juan Garrido, que parece a la horma de El Potaje en sus quehaceres de presentador, se abrió la veda al verdugo del silencio dándole paso al piano al entarimao de los placeres tiznaos de los gitanos de Utrera. Y de aquí mismo es Andrés, que configuró su propuesta dejando entrever su faceta como solista y de acompañamiento al cante y al baile. Personalísimo El Pulga en sus quejíos rotos y solo bien El Carpeta en una sucesión de pataítas cuyos zapateaos el sonido no dejó escuchar del todo.
Andrés se dio una pincelada entonándose frente al micro. Si bien no es el piano que más sabe a flamenco de los que figuran en el panorama actual, es fresco y jondo, sin perderse las puntas de la raíz. Jugó con los salpicones de su lozanía a hacer lo que le dio la gana sin volverle la espalda a Utrera y al flamenco, sobrado de técnica y creatividad, desparpajo y cuadratura en los compases de amalgama, con giros jazzísticos y hechuras comerciales, pero sin concesiones a la mediocridad musical. Todo lo contrario: lo mismo se inspiraba en Lorca que en Falla o Paco de Lucía, que incurría con virtuosismo en otros géneros jugando siempre a la improvisación. Con los marfiles de su Shigeru Kawai de Royal Pianos sorteó blancas y negras entre sus dedos de insultante juventud preñados de originalidad, ya fuera en la malagueña y abandolaos, la seguiriya doliente con escarceos melódicos, por soleá o en Meraki, su bulería. Demostró su extraordinaria valía y el gusto por las tradiciones flamencas de su cuna. El resto del elenco que lo acompañó fue Carmen Young a las palmas y Manuel de la Torre a la percusión.

Aurora Vargas
Aurora Vargas es de las que ya no quedan. De esas cantaoras de una época de oro del flamenco que hoy brillan por su ausencia. Única, arrebatadoramente bella y gitana, un portento de mujer, como artista y flamenca. Aquella del «quejío indomable» y los arañones morenos, en peligro de extinción.
Aurora Vargas está reviviendo sus mejores épocas reencontrándose con los escenarios, arrasando sobre los maderos que pisa y no dejando lugar a dudas de sus virtudes artísticas, del age, la gracia, la jondura y la gitanidad que discurren por su gañote de cristalitos negros estallaos por la eclosión de la alegría o el lamento de un dolor. Canta y baila, destrozando con los meneos de su cintura la cordura de la afición.
A la guitarra su inseparable Miguel Salado, que le presta sus cuerdas con profunda admiración y toca para acompañarla como si la llevara en brazos, recortando los tiempos o meciéndola en las florituras, cerrando con ella en las recogías. Flamenco, preciso y sirviente, como esos magos del compás que lleva a las palmas: Diego Montoya, Javi Peña y Manuel Salado.
Cantó calentando la afinación por cantiñas, desde Las Mirris de Sanlúcar a Cádiz, encendiendo desde aquí al respetable. Se paró por soleá, rebuscándose los centros, sin importarle las medidas sino la transmisión, pegando pellizquitos donde sabe que duelen acordándose de los aires alcalareños, los utreranos de La Serneta, de Cádiz la de El Mellizo y unas cuantas más. Reajustando las etiquetas que solo la encuadran como festera, tronó en la solemnidad solearera para soltarse a la libertad de los tangos, donde se creció y arrastró el gusto de la experiencia y el compás, elevando a la quintaesencia de los soníos morenos la bulería, de Utrera, Lebrija, del Cádiz de La Perla y de lo que le dio la real gana, que para eso manda como nadie cuando se sube a los maderos del escenario. Lo de Aurora es de otros tiempos. Y retuerce los sentíos al aficionao más pintao. Incluso al que se resiste y busca solo la ortodoxia y la perfección. Aurora es el Potaje con sus avíos, donde se moja el pan y cae de pie, lo tostaíto de la olla y el calor de la gitanería.
Al aire, sin megafonía y adobando los broches con pataítas de trapío, dobló al público postrado ante su persona. La ovación fue tremenda, como ella misma.
«Lo de Aurora Vargas es de otros tiempos. Y retuerce los sentíos al aficionao más pintao. Incluso al que se resiste y busca solo la ortodoxia y la perfección. Aurora es el Potaje con sus avíos, donde se moja el pan y cae de pie, lo tostaíto de la olla y el calor de la gitanería»

El homenaje y Pitingo
No siempre el homenajeado se presta al recital, sino que recibe su condecoración y a lo sumo se marca un cante, un baile o unas palabritas sin más. Pitingo vino cargaíto de nervios y con la responsabilidad de un flamenco que nunca ha abandonao sus raíces pero que vive principalmente de otras músicas. Lo aclaró antes de que cualquier rancio como yo preguntara qué hace en el cartel. Pero ya lo sabíamos todos. Al menos los que escuchamos con las orejas abiertas y la mente redondeá a fuerza de darle golpes.
Un vídeo que elogiaba sus cualidades y trayectoria precedió el acto del homenaje que pueden ver al completo en las redes. Sumado a otro de amigos, familiares y compañeros que quisieron dejarle grabado un saludo, destacando sus genialidades, su humanidad, su pasión y la autenticidad de su arte. Pitingo es «bueno y valiente», como le pidió su abuela que siguiera adelante.
Su amigo, el jerezano Fernando Soto, mantenedor del acto, se olvidó de los dos folios que traía escritos para dejar hablar al corazón en solo tres minutos. Y Pitingo aún se cuestionaba si era merecedor de este reconocimiento, después de haber recibido innumerables premios. Se mostró visiblemente nervioso y emocionadísimo, con las lágrimas asomando a sus ojos. «Aún no me lo creo». Recordó pasajes de su infancia insistiendo en que se crió entre «gitanos, no gitanos, negros y guardias civiles». Y agradeció hasta la saciedad los obsequios de El Potaje y de Cruzcampo. Para él esto era «como Los Grammy Gitanos».
El Hermano Mayor de la Hermandad de Los Gitanos de Utrera, José Jiménez Loreto, hizo una emotiva intervención que resumió la trayectoria y los fines de la Hermandad y El Potaje. Aludió al reconocimiento que el Festival Flamenco Valle Gitano del año pasado le concedió al pionero y mostró su gratitud al Gazpacho de Morón, que este año homenajea a El Potaje y quien les escribe tendrá el gusto de presentar. Habló de los 600 años de la llegada de los gitanos a la piel de toro y de que «por más intentos de exterminio hemos sufrido, seguimos aquí».
Pitingo fue generoso en su actuación. No escatimó en el tiempo y entrega, deleitando a la mayoría del público. Justificó su gitanería con los cantes libres por tonás y martinetes. La guitarra de Jesús Núñez en segundo plano, detrás, poco común en el flamenco donde se acostumbra que esté al lado. Prosiguió por soleá, mirándose en Alcalá, Lebrija y Utrera, coronándola con Paquirrí y el doló de mare mía de Fernanda. Se estrujó endosando un fandango chocolatero y otro del de la Calzá. Selló esta parte por bulerías con age. Y luego recurrió al repertorio de sus conciertos, con una canción mexicana. Subieron a las palmas Mari Peña, Fernando Soto, Manuela del Moya y Fernanda Peña. Y un coro de góspel formado además de El Cheto de Madrid a la percusión. Fue curioso cuando a pesar de que Pitingo solicitó que el público chasqueara los dedos y acompañara con los palillos, pronto los flamencos que estaban en el escenario a las palmas acabaron haciendo compás con sordas y largas. El flamenco tira.
Y se deshizo en soulerías. Entonando también Stand by me o el Killing me softly with his song derritiendo al público de El Potaje, que trocó «los oles por guau» como me apuntó por whatsapp un amigo y las camisas rotas por luces de las linternas del móvil al son de estas canciones. No hay que negar que a pesar de todo fue bonito y Pitingo estuvo muy flamenco. Creo que no hay quien lo dude. Menos aún los que nos quedamos después entre camerinos. De esto y algunos detalles os hablará Juan Garrido en esta revista Desde dentro.
«Pitingo fue generoso en su actuación. No escatimó en el tiempo y entrega, deleitando a la mayoría del público. Justificó su gitanería con los cantes libres por tonás y martinetes»

Juana Amaya
Cuando el sol abrasaba el patio de Los Salesianos a media tarde, ya había llegado Juana Amaya con su compañía a El Potaje para probar el sonido. Y la generosidad sobre las tablas de alguno de sus compañeros retrasaron su salida a altas horas de la madrugá con un calor intolerable. ¡Que estamos en un festival! Llevaba mucho tiempo en el camerino y acabó cuanto menos rebelá. De esta manera se fajó enjundiosa y bailó con los reaños de su apellido, señalando que Morón no es solo tierra de cal y guitarras que suenan a cuerda pelá, sino que tiene su nombre en el baile y, a día de hoy –compartido– , lo lleva Juana.
Invitó al baile a Juan José Villar, que fue muy aplaudido. Con la percusión troquelá de soniquete de Lolo Fernández, la guitarra de filigranas de Rubén Romero y el cante rotundo de Manuel Tañé, los giros afillaos de Antonio Villar y los ecos de Chocolate bronceaos de Iván Carpio, un gitano que cada vez canta mejor, Juana ocupó el cetro de las que danzan con empaque, fuerza, sentimiento y racialidad, sin aspavientos superfluos y con el peso de las que saben por dónde se llega a los pórticos de las callejuelas del duende. Con unos pies envidiables y los brazos justos para apoyar un discurso de gañafones jondos que se tatúan en la mollera cuando una gitana de tal categoría se despeina en el ritual del baile, lacró su actuación para guardarla en la retina de los coleccionistas de pellizquitos flamencos. Como ella, ninguna.
Las tonás dieron paso a la seguiriya doliente, Juana paseó por la navaja de las duquelitas gordas, dibujando con sangre y sus pies el reguero de un llanto desconsolao. Iván se despellejaba en la toná liviana de Diego El Lebrijano y le echaba sus brazos con el cante en el que se inspiró la bailaora.
Bulerías al cante y soleá por bulerías al baile continuaron con la alegoría de la jondura. Y Juana retrató que Sevilla tiene más baile que aquel de Matilde o Mengíbar, o los de Angelita y Manuela. El suyo no es del torso laxo y «manos como palomas», ni recto y de pose, o solo de pies. Conjuga los poquitos de cada una y un mucho de ella, conformando una personalidad singular que puede llamarse el baile de Juana. Escobillas, zapateos, llamadas, el gesto, los hombros, la cintura, la manera de recogerse el vestío, su mirá… De lo mejor.
«Con unos pies envidiables y los brazos justos para apoyar un discurso de gañafones jondos que se tatúan en la mollera cuando una gitana de tal categoría se despeina en el ritual del baile, Juana Amaya lacró su actuación para guardarla en la retina de los coleccionistas de pellizquitos flamencos. Como ella, ninguna»

El Pele
Venía de recoger un reconocimiento en Córdoba. Y recordó que «estamos en Utrera, con los gitanos, en El Potaje». Quiso cantar por derecho y principió su recital semitonándose por seguiriya sin la prisa de colocar dos estrofas y un macho. Hizo un puñao de letras a su forma, disfrutando de la mezcolanza de la improvisación que pueden aliñar los que saben, como él. Tío José de Paula, Torre, Caracol… se acordó de muchos para hacerlo como ninguno, o como El Pele. Por eso es uno de los pocos creadores del flamenco actual, una leyenda viva para muchos que trastoca a algunos puristas y vuelve loco al resto.
A la guitarra lo cobijó Niño Seve, uno de los mejores del acompañamiento al cante, sublime en las respuestas, pulcro en las falsetas, preciso en la pulsación, en los arpegios, alzapúas y trémolos, así como en los picados y lo melódico. No exento de armonías que soportan los tonos de transición y las cadencias caprichosas del cantaor. Las pilla todas con un oído increíble. A las palmas lo acompañaron José de El Pele y Alberto Parraguilla.
Después escarbó por soleá, haciendo las de otros y las suyas. Primero por Alcalá, incluso impostando la boca, torciéndola para buscar el remedo leve como tributo a Talega, después por La Andonda que tanto cultivó Fernanda, por La Roezna y la valiente de Paquirrí. Se metió con las de su autoría y se despachó a gusto para recoger el estruendo de palmas de la afición. Hizo piñonate con las cantiñas, engañando al tiempo, recortando y ligando a su bendito antojo hasta llegar a las bulerías del cierre añorando lo que hubo en Utrera y Lebrija, rememorando a La Perrata –se lo debe una y mil veces–.
Echó el cerrojo a El Potaje con sus pataítas graciosas validando su puesto y orden en el cartel. Por más que en ocasiones a algunos les resulte gritón en ese alarde incontenible del dominio de la amplitud de los registros, porque parte de los abismos a las embestidas altas escalando una enorme ascensión de cuerpos tonales imposibles para la mayoría de los mortales.
«El Pele hizo piñonate con las cantiñas, engañando al tiempo, recortando y ligando a su bendito antojo hasta llegar a las bulerías del cierre añorando lo que hubo en Utrera y Lebrija, rememorando a La Perrata, se lo debe una y mil veces»

Así concluyó un buen festival. De esos que uno no se espera al ver que en la cartelería hay un supuesto intruso que resulta no serlo. De esos que gustan al público y hacen cambiar la memoria de una afición con camisas rotas provocao por el duende de un macho seguiriyero o una soleá de Fernanda por un mar de linternas de móviles encendidas acompañando las soulerías de Pitingo. Terminó El Potaje de Utrera quizás con abuso de decibelios o momentos ensordecedores de mal empaste sore las tablas. El Potaje de Pitingo, el de los Grammy Gitanos y los buenos flamencos. Así son las cosas. O así os las he contado. ¿Qué me decís?
Ficha artística
LXIX Potaje Gitano de Utrera
En homenaje a Pintingo
Patio del Colegio de los Salesianos, Utrera, Sevilla
28 de junio de 2025
Cante
El Pele
Guitarra: Niño Seve
Palmas: José de El Pele y Alberto Parraguilla
Aurora Vargas
Guitarra: Miguel Salado
Palmas: Diego Montoya, Javi Peña y Manuel Salado
Pitingo
Guitarra: Jesús Núñez
Percusión: El Cheto
Coro de Góspel (nombres por recibir)
Palmas: Fernando Soto, Mari Peña, Manuela del Moya y Fernanda Peña
Baile
Juana Amaya
Cante: Iván Carpio, Manuel Tañé y Villar hijo
Guitarra: Rubén Romero
Percusión: Lolo Fernández
Invitado al baile: Juan José Villar
Piano
Andrés Barrios
Cante: El Pulga
Baile: El Carpeta
Percusión: Manuel de la Torre
Palmas: Carmen Young
Presentador: Juan Garrido
Mantenedor del acto de homenaje: Fernando Soto









































































Me parece una crónica flamenca. Extraordinaria.
Estando a 1000 km me ha parecido estar anoche en Utrera en ese recinto tan gitano y tan flamenco.
Ole las crónicas bien hechas!!!
Leyendo esta crónica, de nuevo he visto el festival, pero sin la caló que pasé aquella noche y esa madrugá.