La Real Academia de Ciencias, Bellas Artes y Buenas Letras Luis Vélez de Guevara lleva ya años incardinando en su programación anual el flamenco, al que los miembros de la corporación, presididos por el Excmo. Sr. Don Clemente Manuel López Jiménez, estiman como un tesoro de conocimiento y aprendizaje, a más de contemplarlo en una diversidad que facilita una visión integral del mundo y así fomentar la interconexión entre diferentes disciplinas.
Uno de los aspectos más destacados de la cultura académica es, pues, su carácter multidisciplinario. Abarca diversas áreas del conocimiento, desde las ciencias exactas hasta las humanidades, pasando por las ciencias sociales y las artes. Pero también el flamenco, lo que debiera hacerse extensivo al resto de sus homónimas por cuanto resulta esencial para pensar los procesos formativos en la cultura de la sociedad española.
Hemos asistido, en tal sentido, a la presentación del poemario A compás de bulerías, de Javier Madero Garfias (Écija, 1945), emparentado con el gran poeta Pedro Garfias y yerno del admirado escritor y humanista Tomás Beviá, aparte de arquitecto de reconocido prestigio que, tras recibir los elogios de distinguidos personajes como el profesor y escritor Ceferino Aguilera Ochoa o los poetas Francisco Fernandez-Pro Ledesma y Rafael Benjumea Gómez-Duarte, ha revelado cómo aplica el esquema de la rima y los recursos literarios para pintar una imagen sonora de la bulería.
La importancia de esta obra, más allá de permitirle al autor comunicar sentimientos, reflexiona sobre el mundo que le rodea y enriquece la vida flamenca, pues es accesible a audiencias diversas, principalmente a aquellos cantaores que demandan manantiales para el ecosistema expresivo.
Anótese que desde que en abril de 1910 aparece en la discografía –me refiero, obviamente, a la de mi archivo– el vocablo “bulería” gracias a La Niña de los Peines, este palo del cante ha pasado por vicisitudes favorables pero también adversas, al imponerse el cuplé y la canción por bulería, de ahí que se reivindicara tanto en el Concurso Nacional de Córdoba (1965) en su cuarta edición y en los Jueves Flamencos, de Manuel Morao (1966), como en la creación de la Fiesta de la Bulería por la Cátedra de Flamencología de Jerez de la Frontera (1967), sin olvidar la fundación en Jerez de la Peña Flamenca La Bulería (1974).
El ciclo se repite, sin duda alguna, en un doble orden predecible. Quiero decir que la trazabilidad histórica del proceso señala, por un lado, la reproducción de las letras que quedaron arraigadas en la cultura oral y que se transmiten de generación en generación desde hace más de un siglo; y de otro, tendemos a meter por bulerías burdas canciones que en nada reflejan la identidad flamenca.
«Aquí tenemos un ejemplo vivo de cómo el flamenco necesitará siempre de voces para enlazar poesía y música, para vincular el sonido con el ritmo de la palabra. Insisto, el sonido con la palabra, pero no para articular ambigüedades, sino para fundir el tiempo con el sonido hasta hacer emerger la musicalidad que se oculta en la copla»
Faltan, por consiguiente, formas poéticas de sentimiento renovado donde el autor exprese su mundo emocional, cultive la composición de versos y textos poéticos con los que, a toda luz, recree lo que se percibe y entiende. Es decir, conciba un lenguaje más real.
De esta manera se nos presenta A compás de bulerías, de Javier Madero, poeta que se involucra tanto en tan omnívoro estilo como en el uso para el ejercicio artístico, acaso porque se lanza a la búsqueda de la creación de un lenguaje con el que construye –como buen arquitecto que es– otras imágenes y situaciones.
El letrista se ha familiarizado, en tal sentido, con la bulería corta, y dibuja con la palabra elementos de su existencia. No le tiembla tampoco la mano a la hora de devolverle al término la plenitud de su significado, y recrea lo real desde su visión, con un estilo popular pero no exento de armonía y ritmo, con el que logra una expresión artística que combina la fuerza de las palabras con la melodía de la música.
Estamos, ergo, ante la poesía musicalizada de Javier Madero, la relación entre la poesía popular y la música abierta a la belleza y a la profundidad emocional del autor, forma de expresión que combina, como decimos, los elementos líricos de la poesía con la melodía musical, pero que igualmente crea, a la postre, una experiencia sensorial idónea para el amante del flamenco, razón para que estas coplas perduren en la memoria colectiva y trasciendan generaciones.
La potencia del poeta flamenco, a este respecto, no es hacer desaparecer los recuerdos, sino morir en el intento de –como decía Federico García Lorca– situar a su poesía en la raíz del grito. Y aquí tenemos un ejemplo vivo de cómo el flamenco necesitará siempre de voces para enlazar poesía y música, para vincular, en suma, el sonido con el ritmo de la palabra. Insisto, el sonido con la palabra, pero no para articular ambigüedades, sino para fundir el tiempo con el sonido hasta hacer emerger la musicalidad que se oculta en la copla.
Este libro que, A compás de bulerías, el autor pone a nuestro alcance es una poesía que nace unida a su música. Y que el poeta, como buen alarife de la melodía escrita, no mide sus composiciones por la cantidad de herramientas que tiene como trovador contemporáneo, sino por el modo de usarlas, de ahí que ora nos resulte ingenioso y fecundo, ora imaginativo y singular. Pero sea como fuere, si sus tercios quedaran en los recuerdos, es porque los cantes permanecerán en la memoria.
Es, al fin y al cabo, el objetivo del poeta, finalidad que me obliga a retrotraerme a casi hace ya un siglo. Si allá por 1934 La Niña de los Peines nos advirtió de que si Dios no pone remedio, no habrá quien pueda escuchar la bulería, optimicemos en 2025 el comentario. Porque si la poesía está creada para ser cantada es porque el poeta no tiene más ambición que la armonía y la emoción de su obra para que sigan inspirando corazones y den voz a sus palabras.







































































