Da gusto ver cómo pueblos que no superan los diez mil habitantes siguen manteniendo con especial mimo su festival flamenco cada verano. Es importante resaltar esto, me explico. Son numerosos promotores –no profesionales, sino peñistas– que en su día recogieron el encargo de sus mayores, la responsabilidad de continuar con el legado que otros construyeron hace más de medio siglo con lo que ello conlleva, sin ánimo de ganar dinero, con ganas de que el flamenco crezca.
En Campillos (Málaga), con unos ocho mil habitantes, hay una gran afición que se agrupa en gran parte en la Peña La Soleá, fundada en 1974 y que celebró, por tanto, su cincuentenario en 2024. Los socios de esta entidad luchan por ofrecer una programación mensual de gran peso, con una apuesta destacada por las nuevas generaciones, sin dejar atrás a nombres propios de la actualidad que también son bienvenidos. La saeta, con motivo de la Navidad llega la zambomba, encuentros amigables, gastronómicos y fraternales en torno al cante, al toque y al baile.
Años antes de que se fundara la peña nació el Festival Flamenco de Campillos, que el pasado miércoles, 13 del mes que corre y coincidiendo con el inicio de la Feria de Agosto, se celebró con el empuje que acostumbran, con ilusión y ganas de hacer las cosas bien, cuidando el detalle. Muchos aficionados llegaron a lo justito, pues como ocurre en Sevilla y en otras grandes ferias, en la noche inaugural se come el pescaíto en las casetas y eso es una tradición inquebrantable. Pero fueron llegando hasta que se llenó el patio del CEIP Manzano Jiménez. No eran aún las once de la noche cuando me subí a presentar al primer artista.
Pero me gusta pararme en esta sección #DesdeDentro en detalles que el público no ve, como los que se dan en los camerinos. En una de las clases se instalan los camerinos, uno para los hombres y otro para mujeres, aunque podríamos decirlo en singular porque solo fue Paqui Ríos la representación femenina de la gala. En otra clase, una buena mesa para atender a los artistas y directivos, con sus tapitas y refrescos. Allí se comenta, se recuerdan ediciones pasadas, se añora al que no está, los artistas comparten un rato de convivencia y empiezan a concentrarse para iniciar la velada.
«Jesús Méndez, un vendaval jerezano que atraviesa con su metal cualquier corazón sensible. Es otra de las garantías de estos tiempos, requerido y respetado, se deja un trocito de piel cada vez que se enfrenta al público. Creo que está en un momento cumbre, con un dominio escénico fuera de lo normal y cantando como un verdadero maestro»

Francisco Jiménez El Canana fue el que subió el telón. Este cantaor es de Guillena (Sevilla), allí ha crecido también al calor de la Peña La Rivera, la que se encarga cada año de organizar por cierto el Festival de la Bulería ‘Alberto Valdivia Arteaga’, que fue presidente de la entidad y murió de repente siendo muy joven. Esa amistad, la de Canana y Alberto, permanecerá siempre, por eso lleva un pañuelo de lunares en su cuello que luego coloca en el micrófono, como rito de memoria. Estuvo en la peña hace unos meses y “casi lo sacamos a hombros”, me comentó Francisco, uno de los directivos de la entidad. Es importante, insisto otra vez, que festivales abran la baraja de nombres y den paso a los que necesitan tablas para mostrar todo lo que tienen dentro. La guitarra que lo acompañó fue la del implacable Antonio Carrión, homenajeado recientemente en Arlés, La Unión y en El Puerto de Santa María. Entre los estilos que llevó a cabo se mostró potente en la seguiriya, recordando a Gaspar de Utrera o Lebrijano en bulerías, y regalando unos fandangos a pulmón para que el público lo despidiera en pie. Palmas de José Luis Vargas y El Chino, dos de Lebrija.
La siguiente en salir fue Paqui Ríos, tan introspectiva y singular como siempre. Es pura y natural como la lluvia en primavera, que siempre deja ver la luz en definidos matices de voz. No podríamos compararla con nadie y ese es su mejor piropo. Me dedicó unos fandangos por soleá y me emocioné. No suelen hacerlo, como es normal. Por soleá, soleá por bulerías, tientos, seguiriyas… En una de estas llegó a decirse a sí misma, “se me ponen hasta los vellos de punta cuando canto”. No cabe más sencillez en su persona pero qué grande es su cante, qué ceremonioso y cabal. La guitarra en este caso siguió siendo la de Antonio Carrión, pues por problemas de última hora su guitarrista oficial no llegó. Esta malagueña, que además canta este estilo como pocas, es una fantasía, como algo entre lo real y lo onírico.
No falla en su conexión con el público Pedro El Granaíno, uno de los que más festivales están haciendo este año. Trabaja prácticamente un día sí y otro también, confirmándome entre bromas lo bueno que es abrir un festival para llegar a casa pronto, nada que ver con aquella lectura trasnochada de querer cerrar sinónimo de maestría. Ahora es lo contrario, nadie quiere ser el último, y se entiende perfectamente. Pues Pedro, con su mitad sonora que es Patrocinio Hijo, fue esbozando un recital completísimo, algo más extenso de lo habitual y con una interpretación por tangos que puso el nivel en las estrellas. Soleá, bulerías… no faltaron en su noche de Campillos. El compás estuvo a cargo de Luis Dorado y Miguel Heredia. Muchos aficionados le pedían fotos antes de abandonar el recinto.
Y para terminar, cuando las manillas del reloj apuntaban a la una y media de la mañana, Jesús Méndez, como un vendaval jerezano que atraviesa con su metal cualquier corazón sensible. Es otra de las garantías de estos tiempos, requerido y respetado, se deja un trocito de piel cada vez que se enfrenta al público. Creo que está en un momento cumbre, con un dominio escénico fuera de lo normal y cantando como un verdadero maestro, aunque por edad aún no se le diga. El temple por soleá, el compás en las alegrías, o bulerías… Luego esa armonía que aporta en el escenario con Pepe del Morao a la guitarra, de casta le viene al galgo, y dos (ases) palmeros como Cantarote y Diego Montoya. Campillos no solo es esa carretera de paso entre capitales de provincia, sino una gran familia que acoge a los buenos flamencos.












































































