Conmemorar el nacimiento de Jesús es la tradición de una gran fiesta plena de variedad de gastronomía y de pluralidad sonora que se transmite de padres a hijos a través de los villancicos, que, desde la Alta Edad Media, provienen de los cánticos de los villanos, de donde tomaron su nombre.
En el mundo flamenco los villancicos no aparecen con tal nombre en mi fonoteca, sino que asoman como farruca (La Virgen estaba lavando), y la canta El Mochuelo hacia 1899. Al sevillano le seguirían el que grabó en 1910 el Niño de la Isla también por farruca (Como el camino era tan largo); luego, la Niña de los Peines por bulerías en 1915 (Pastorcito, ¿por qué lloras?), y después, Telesforo del Campo por tangos en 1920 (La lumbre de los pastores).
Un siglo después nos vivifica que la variedad haya roto la rutina y que se ajuste a todo tipo de moldes, como constata El árbol de la alegría, el debut en este cante de temporada de Miguel Poveda y cuya puesta en escena principió el pasado 15 de noviembre en el Teatro Auditorio de Roquetas de Mar (Almería), donde los roqueteros saborearon temas que son signos de calidad y sabor.
La obra ramificada de villancicos de Miguel Poveda explora la seducción estilística, la fidelidad al fomento de la tradición flamenca y la ilusión sonora ante el periodo litúrgico que se avecina, poniendo a prueba la solidez de su repertorio, pero también una potente metáfora que se ve afectada por las leyes del tiempo, por cuanto se aplica a la actualidad, y donde el cantaor evidencia una tesitura flexible capaz de pasar con fluidez de los graves a los agudos con la naturalidad de un artista que conoce la tradición, sin duda, pero que ha ganado en experiencia haciendo experimentos.
En ese marco musicológico, Poveda abre la puerta a la magia de la Navidad con El árbol de la alegría, una rumba catalana de bello sonido y consistente desde los primeros compases de la obertura, para continuar con la bulería Los pastores, en la que las acentuaciones las resuelve con vigor y exactitud, respondiendo con cohesión y delicadeza ante el misterio de la encarnación de Cristo.
«Con ‘El árbol de la alegría’, cada hogar tiene un alborozado árbol de Navidad, aunque sea en el imaginario, pero con el añadido de que el que propone Miguel Poveda enciende las luces a compás y está decorado, con su toque personal, para todos los gustos»
El cantaor alcanza, mismamente, un equilibrio emocional y de autenticidad en los tangos de La Repompa (Repompa en Navidad), demostrando su ductilidad en todos los estilos, con un continuo brillo que aporta, además, armazón expresiva y claridad retórica. Y para abundar en lo dicho, ahí nos topamos con Hoy, una canción villancico que confirma el virtuosismo y la sensibilidad canora de Poveda, sostenida, igualmente, con su presencia escénica, sólida y natural.
Hace al mismo tiempo nuestro protagonista una interpretación sólida de Fuera las penas, el villancico de Triana, cante que exige virtuosismo cadencioso, variedad y un control absoluto del estilo, con el considerando de que requiere proyectar la voz sobre el ritmo con una técnica segura, coloraturas impecables y mantener un orden acompasado que refuerce la posición geográfica del arrabal sevillano.
Esa misma estrategia asoma en ¡Oh! ¡Ciudad de los gitanos!, una bulería con un fraseo de enorme sensibilidad, combinando lo vivaz y emocional con un toque que realza el carácter de esta obra que, adicionalmente, plantea una lectura contrastada Camino de Egipto, cante de trilla para así compensar el abanico abierto de los villancicos, siempre redondos, pero también precisos y saludables como cantes asociados, igualmente, a las labores del campo.
Avanzando por los surcos del disco, A Nazaret llegaron en aires de fandangos, plenos de agilidades y cambios de afecto, con una interpretación bien lograda a costa de un fraseo que es la antesala de En el portal de Oriente, las bulerías lorqueñas que nos despiden de manera voluble y luminosa, brillando con soltura y con gran capacidad expresiva para su color de voz.
Miguel Poveda resuelve con credibilidad, en consecuencia, las exigencias de un cantaor de flamenco ante los villancicos, sobre todo porque deja en nuestros corazones paz, esperanza y alegría –que es de lo que se trata–, a más de constituir en su conjunto una verdadera alegría para sus seguidores, que ya tienen ante sí una nueva propuesta alternativa que aporta un soplo de aire fresco a la discografía de este artista flamenco que ya es un divo, pues goza de fama superlativa.
Con este disco cada hogar tiene, en suma, un alborozado árbol de Navidad, aunque sea en el imaginario, pero con el añadido de que el que propone Miguel Poveda enciende las luces a compás y está decorado, con su toque personal, para todos los gustos. Y ese es el espíritu navideño, acercarnos al nacimiento de Jesús con generosidad, pero también con los valores y las alegres emociones del flamenco.






































































