Voló… / Cuando los cantes nacieron / el fandanguillo voló / y cuando llegó a mi Huelva / dijo aquí me queo yo / qué bonita es esta tierra.
No llegaba con los pies al suelo, alguna que otra vez lo ha referido, pero era un hada flamenca ofreciendo todo el sabor que requiere el fandango. Sus manos, su pequeño cuerpo, sus gestos, todo se movía, volaba y se retorcía de flamencura en una silla de enea. De aquel día ha pasado algo menos de tres lustros. Ya podemos hablar sin temor a equivocarnos de una cantora que no solo tiene mimbre, sino que además crece a diario a costa de trabajo y eso tan difícil que es la afición. Afición con mayúscula, divino tesoro.
Lucía Beltrán Sedano (Trigueros, Huelva, 2004) es cantaora con raíces y alas. No concibe un solo día lejos de este arte que nos ha cautivado a tantos y que solo concede a unos pocos el don de pasearlo en su garganta. Las raíces son aquellas que la acunaron en su familia, a quien le debe gran parte de ese legado flamenco que ahora ella explota. Las alas son esas ansias por dedicarse a lo que más le gusta, el cante, aportando su granito y ofrecer algo diferente dentro de la grandeza clásica de este arte.
Prueba de su incansable labor artística y profesional ha sido la concesión, el pasado 16 de noviembre, del galardón de jóvenes flamencos en los X Premios Internacionales de Flamenco Silverio Franconetti, distinciones destinadas a aquellas grandes figuras del arte y la investigación del flamenco con una trayectoria digna de ser reconocida a nivel mundial.
Nos cuenta Lucía que ella conoció que iba a ser galardonada el pasado mes de mayo, si bien no era consciente de la suma importancia y organización de los mismos, así como el claro fundamento del citado premio. «Estoy feliz de haberme visto rodeada de grandes maestros del cante, del baile y de la investigación, así como, ocupar una tribuna tan importante como esta. Es todo un aliciente y un honor».
– Lucía, ¿qué fue de aquella niña que casi jugaba con el fandango?
– Lucía niña sigue estando. El escenario sigue siendo el juego, pero veo el flamenco como una profesión. Una profesión de la que quiero disfrutar. Disfrutar mucho de lo que hago.
– ¿De dónde nace esa afición? ¿Cómo crece?
– No tengo constancia de un momento concreto en el que apareciera el flamenco en mi vida. Lo llevo interiorizado desde niña. En mi familia todos cantan. Mi abuelo fue un flamenco de verdad. Un enorme aficionado. Flamenco, flamenco. Cantaba por soleá, hacía cantes melódicos como la vidalita, y sobre todo cantes que no hacía nadie o se escuchaban poco. Fue un grandísimo aficionado. En aquella época que no existían redes, ni Youtube, ni esas cosas que tanto nos ayudan hoy a conocer el cante y a disfrutarlo, él conocía cantes y cantaores, hacía mil letras por soléa. Me grababa cantes en su grabadora y los escuchaba. Le gustaba mucho Juan Valderrama.
– ¿Cómo llegas a la escuela de Antonio Jaraqueño?
– Como te he comentado, mi abuelo me enseñaba cosas, y Antonio se fijó en mí, pero tuvimos que marcharnos a Córdoba. Allí me apunté al Conservatorio. Al volver a Trigueros, con ocho años, el Ayuntamiento organizaba veladas en la Plaza del Melón y allí canté algunos fandangos y canciones de India Martínez. Él vuelve a insistir en que me lleven a la escuela.
«Se puede llorar con un fandango de Chocolate o con una malagueña de Chacón. (…) Me gusta muchísimo Miguel Poveda, es más artista que cantaor. Adoro a Sandra Carrasco. Tiene sensibilidad artística y profesional. Disfruto mucho de los que han dedicado su vida a estudiar el cante, como Carmen Linares o Mayte Martín»

– En el espejo de Antonio Rodríguez Jaraqueño y de otros maestros en los que te miras, ¿cuál es el reflejo que sacas?
– Antonio es exigente conmigo, y muy claro. Me corrige en el momento adecuado. Eso me hace mejorar. Me deja mucho a mi aire. Y cuando quiere enseñarme algo de un cantaor en concreto me dice: estudia esto de este cantaor. De otros compañeros aprendo bastante, como de Antonio de Patrocinio: guitarra, amigo y maestro. De él tengo mucho que aprender, tanto de cante como de lo que debo ofrecer en cada sitio que voy.
– ¿A qué cantaores sigues?
– A mí me encanta la Niña de los Peines, Fosforito y Enrique Morente. Soy mucho de Enrique. Estaba y sigue estando a la vanguardia del cante. Pero cada cantaor tiene algo especial, se puede llorar con un fandango de Chocolate o con una malagueña de Chacón. De cada cantaor puedes aprender algo. Tanto de los clásicos como de los de ahora. Me gusta muchísimo Miguel Poveda, es más artista que cantaor. Le recuerdo unos tangos de Triana en el Teatro de la Maestranza que no sé cuántas veces he visto. Adoro a Sandra Carrasco. Tiene sensibilidad artística y profesional. Disfruto mucho de los que han dedicado su vida a estudiar el cante, como la maestra Carmen Linares o Mayte Martín.
– ¿Tú vas por esa línea?
– Yo me llevo todo el día estudiando, desde que me levanto hasta que me acuesto. Quiero estar segura de lo que hago en el escenario. Me sé casi todos los estilos, pero hago lo que mejor viene a mis cualidades. A mí me gusta hacer los cantes que nadie hace, o se hacen poco. Ahora estoy haciendo la canastera, las cabales o la zambra, pero recuerdo cuando descubrí la lorqueña en la voz de la Niña de los Peines. Enseguida acudí a preguntarle a mi maestro Antonio Jaraqueño.
– ¿Prefieres los cantaores que son un tesoro de conocimiento o aquellos que tienen un dardo en la garganta y te pellizcan?
– Si no tienes conocimiento de lo que haces, difícilmente puedes transmitir. En el conocimiento está la base. A partir de ahí cada cual tiene unas cualidades, pero es fundamental lo primero. Además, depende del día. No siempre te encuentras bien para hacer un determinado cante, y si no me siento bien lo cambio.
– ¿Qué le exiges a un cante para poder transmitirlo a quien te escucha?
– Intento sacarle el jugo, y me fijo en los que hacían o hacen bien ese cante. Voy moldeándolo hasta encontrarle un giro en el que me encuentro bien con él.
«A la vida le pido la oportunidad de seguir siendo flamenca. De seguir subiéndome a un escenario a disfrutar y aprender. Porque hay cosas que se aprenden con la vivencia, pero otras se aprenden encima de un escenario, eso lo tengo muy claro»
– Además de la disciplina del cante, ¿te gusta la guitarra y el baile? ¿Con qué maestros o maestras del toque y/o del baile te hubiera gustado coincidir?
– Me encanta la guitarra. Soy más aficionada a la guitarra que al cante. Hubiera sido un sueño coincidir con Paco de Lucía. Soy mucho de Paco, de Vicente, de Juan Carlos Romero. Y me gustan tocaores de hoy como David de Arahal y Francis Gómez –tiene la armonía metida en sus adentros–. En el baile me gusta, por supuesto, la maestra Matilde Coral, Carmen Amaya y Eva la Yerbabuena. Y de ahora, Juan Tomás de la Molía. Tiene algo diferente. No sé el qué, pero es diferente. Aunque a mí lo que me gusta es el cante de alante.
– ¿Qué te reportan los premios como el de la EFA o La Unión?
– Seguir trabajando. Los premios solo son premios. Tú tienes que seguir, porque si no lo haces te quedas solo con el premio. Por eso es tan importante estudiar. Yo noto mucho cuando alguien se sube a un escenario y estudia, o no. El 16 de noviembre yo me sentí premiada por estar sentada junto a los maestros Pele y Aurora Vargas, a los que tanto admiro. Además, cuando terminó de cantar por soleá, El Pele me cogió de la mano y me sacó con él, dando a entender que éramos compañeros. Para mí ese es el premio, sentirte parte de ellos junto a artistas tan grandes. Además, me reporta la responsabilidad de seguir defendiendo mi cante y mi carrera. Cuando te subes a un escenario tienes que dar el cien por cien. Yo he cantado hasta con un cólico nefrítico y con cuarenta de fiebre, pero me gusta tanto… Y cada escenario es una oportunidad.
– ¿Cómo se defiende el hecho de estar enferma y dar el cien por cien?
– La defensa de esa responsabilidad está en la mente. Me gusta tanto que me da igual el foro en el que actúe. Te has comprometido y el compromiso es hasta el final. Me gusta tanto el flamenco, lo disfruto tanto, que aunque sea un trabajo no lo miro como eso. Tengo la suerte de dedicarme a lo que más me gusta.
– ¿Qué plazas han sido las más difíciles?
– Donde más nerviosa estuve fue en el Nacional de Córdoba. Y estuve muy concienciada hace unos meses en la Bienal de Granada. O en la saeta en Madrid, ante tres o cuatro mil personas. Es un cante muy difícil. No tienes referencias para comenzar. Además, le tengo mucho respeto porque soy cofrade y amo el flamenco.
– ¿Qué te inspira cada sitio, cada público?
– Las peñas son más clásicas, más exigentes. Parece que estás en tu casa por la cercanía con la afición. Hacen una labor muy importante y deberían apoyar más a jóvenes. De hecho, los concursos son una manera de hacerlo. Los teatros son más fríos, pero a mí me gustan mucho. ¡Disfrutaría tanto en el Maestranza! Yo en un escenario echo fuera mi timidez y digo lo que no soy capaz de decir abajo de él. Y del público me gusta cuando me dicen ‘eso no está bien o no me ha gustado’. Soy perfeccionista. Parto de que cuando tienes la base clara y las actitudes pertinentes puedes improvisar, puedes darle tu sello. Disfruto cuando me dicen: ‘he escuchado un cante y sé que es Lucía’. Quizás es una recompensa cuando te dedicas a esto veinticuatro horas al día, siete días a la semana.
«Yo en un escenario echo fuera mi timidez y digo lo que no soy capaz de decir abajo de él. Disfruto cuando me dicen: ‘he escuchado un cante y sé que es Lucía’. Quizás es una recompensa cuando te dedicas a esto veinticuatro horas al día, siete días a la semana»

– Además de ser cantaora, escribes. ¿De qué o sobre qué lo haces?
– Yo soy una aficionada que aspira a ser artista y es importante que una artista pueda expresarse con sus letras, con sus composiciones. Yo en mis letras cuento mi vida, mis sentires. Pienso que un artista cuando cuenta su vida en un escenario es también la tuya. Eso te pasa cuando aprecias letras como las de Manuel Molina, Isidro Muñoz, Fosforito o poetas como Federico, Juan Ramón Jiménez o Moreno Galván, entre otros.
– ¿Qué le pides al flamenco? ¿Y a la vida para con el flamenco?
– Le pido la oportunidad de seguir siendo flamenca. De seguir subiéndome a un escenario a disfrutar y aprender, porque hay cosas que se aprenden con la vivencia, pero otras se aprenden encima de un escenario, eso lo tengo muy claro. Yo sigo acudiendo a reuniones de veteranos donde se rescatan cantes que se les ha dado poco valor o que se hacen poco, o acudo de público a concursos a conocer a gente nueva. Todo eso sirve para aprender a diario. Desearía que la vida me siguiera dando curiosidad para buscar y trabajar en lo que te diferencia o hace especial. Y quisiera seguir siendo Lucía Beltrán Sedano, una mujer normal que disfruta y comparte del flamenco y la vida con su familia y amigos.
– Desde principios del siglo XXI, Huelva viene marcando su momento histórico con artistas de renombre. Tu carrera artística está comenzando en este segundo cuarto de siglo. ¿Eres consciente que puedes ser una de las artistas de esta época? ¿Que puedes ser una de esas esperanzas a seguir?
– Yo me siento una persona normal y corriente, pero claro que me encantaría marcar una época. Mi preocupación es estudiar y hacerlo bien. Lo que venga… aquí estaremos.
– Y al margen del flamenco, ¿cómo te imaginas? ¿Qué otras Lucías hay?
– Mi vida no se va a desvincular del flamenco. Tengo estudios de educación infantil, de prevención de riesgos laborales y de piano y guitarra, pero no me veo en otra cosa que no sea el flamenco. Hay que tener un plan B –eso dice mi padre [sonríe]–, pero yo no me veo en otra plaza que no sea el flamenco.
Y nos vamos por la Avenida de Martín Alonso Pinzón de Huelva hablando de Tomás Pavón, haciéndola soñar con un escenario imaginario en el que a su lado estuviera la de los Peines y Paco de Lucía. Ella me dice que se ve cantándole por siguiriya a una de las grandes del baile: «¡La siguiriya engloba tanto en tan pocos versos!», comenta. Sabe, como le dijo Sandra Carrasco, que a todo el mundo no le puede gustar, y aunque no siempre se está igual –ni el artista que ejecuta, ni el aficionado que escucha–, hay que mantener un nivel adecuado. Porque, como Lucía aprendió del maestro Fosforito, al cantaor que le duele el cante se gana la pelea consigo mismo. Yo, que disfruto de su eterna sonrisa, su cante y su manera cantaora, le suplico que me siga emocionando con una zambra, con las cuatro lunas o con la cabal del Pena, porque sabe, porque tiene y porque puede hacerlo en registros tan diferentes, o volando con aquel fandanguillo –fandango, mejor dicho– que se posó en esta bendita tierra y con el que aún sigue volando. Pasó el tiempo desde aquel día, pero sigue la cantaora, la persona. Sigue Lucía. ♦
Lucía Beltrán, de niña, cantando un fandango.
Lucía Beltrán, cantando un fandango hoy en día.




































































