La bodega Fernández-Gao 1750, una de las más antiguas del marco de Jerez, acogió el recital de Dolores Agujetas en la tarde noche del sábado 25 de octubre. Un excepcional marco, entre botas centenarias, para un recital organizado por la Peña Flamenca La Zúa. Sin ningún tipo de soporte sonoro, la cantaora estuvo acompañada por la guitarra de Domingo Rubichi y, al finalizar, por algunos miembros de la familia en labores del compás.
Comenzara el recital con unos tientos afrijonados y sus correlativos tangos rematados por el Piyayo. El eco agrietado de Dolores de los Santos se condujo por tarantos, en una primera referencia a los soníos manueltorreros. Breve en la soleá, con ciertos tintes alcalareños, regaló una primera tanda de fandangos evocando la memoria de su padre, Manuel de los Santos Pastor. Me dio la sensación que todo el itinerario jondo mostrado hasta el momento fuera transitado para llegar a la siguiriya, cante que merece un comentario aparte.
«La Agujetas encuentra en la siguiriya el cauce que le permite el desgarro corto y punzante, hablado. Siempre magistralmente acompañada por su primo Domingo Rubichi, quien sabe llevarla con aire plazuelero y cargado de justeza»
Porque fue en sus tercios donde Dolores se rebuscó en sus adentros para, más que cantar, decir el cante. Desnudando la melodía para ir a lo esencial, al tuétano de la expresión, masticando cada sílaba en la asimetría del quejío. Una intención de doler más que de gustar que se inclinó por las siguiriyas cortas de Manuel Torre enlazadas con una trágica alusión a su hermano Antonio, siguiendo las formas de Tío José de Paula. A modo de coda final, entregó la cuchara en el cierre de Farrabú. La Agujetas encuentra en la siguiriya el cauce que le permite el desgarro corto y punzante, hablado. Siempre magistralmente acompañada por su primo Domingo Rubichi, quien sabe llevarla con aire plazuelero y cargado de justeza.
Otra tanda de fandangos, en esta ocasión acordándose de la forma en que su padre interpretaba a José Cepero, finalizó con bulerías festeras en las que se sumaron al baile las maestras Angelita Gómez y Ana María López, así como alguno de los más pequeños de la saga.
En Dolores Agujetas bastan unas gotas de siguiriya para hacer rebosar los catavinos del cante conectando con la tradición más auténtica del gemido jerezano. Una reliquia en estos tiempos que nos asisten.







































































