«Hay tres formas de cantá: una es bonito, otra es bien y otra es cantá bien y gitano». Corre hace tiempo por las redes como un reguero de pólvora esta afirmación que Miguel El Funi sentenció sembrando la polémica. Él fue quien bendijo a esta bailaora con el trapío calorró cuando junto a Pepa de Utrera la llevaron ante Undibé a la pila bautismal. Dos padrinos de categoría para una gitana de pare y mare. La hija de Quintín Vargas y Curra Torres se subió a los maderos del templo del flamenco sevillano para reivindicar su sangre. Y los duendes la asistieron recordándole las vivencias que desde niña marcan la impronta que se refleja en sus hechuras. Endiñó un puñao de zamarreones de locura. Brotó la gitanería. Bailó Concha Vargas.
Alguna vez me han pedido explicaciones que desgranen qué es el toque gitano. Y esa noche las tuve todas ante mis ojos. Ahí estaba Curro Vargas, desfiguraíto con los mohínes de su cara, porque el cante y el baile lo traspasaba de tal manera que le retorcía el gesto y lo inundaba de penas y alegrías, traducidas en el espejo del alma. Y en sus manos. Tocó pa besarle ca uno de sus deos, llevando en volandas el baile de su mare y el cante de bronces fundíos de El Pechuguita y Moi de Morón que, especialmente inspirado, asestó puñalaítas preñás de gusto y sabiduría. El cuadro partió las esquinas. Curro transitó las vetas del ciprés apretando con pulsación rotunda bordones y primas. Recogió cada uno de los tercios de los cantaores con la respuesta justa: impetuosa en los envites, con caricias en las llanuras de los melismas. No se le iba un tono de transición. Y pegó trescientos pellizcos. Trémolos pulcros y sentíos, falsetas jondas, rasgueos redondos… El toque tiznao y de campanas gordas acompañó al cante y el baile rancios que hicieron las delicias del respetable en una noche para el recuerdo. Otra más. Pero no como cualquiera. Concha, Curro, Moi y El Pechu formaron el lío.
«Muero en Lebrija, que está pa empadronarse. Pero es que el que no huele a clavito y canela no sabe istinguí. Así olía. Y a muñequilla de guiso de caracoles. A terruño y a botijo. A potaje de hinojos»
Muero en Lebrija, que está pa empadronarse. Pero es que el que no huele a clavito y canela no sabe istinguí. Así olía. Y a muñequilla de guiso de caracoles. A terruño y a botijo. A potaje de hinojos. Desde que Curro trenzó el sonío de las cuerdas de su guitarra por taranta y malagueña, sin alardes armónicos pero colmao de melodía y jondura, hasta que Concha se despidió contando la privilegiada infancia que vivió rodeá de la crema del flamenco.
Al jaleo de «amo a echarle papas que carne ya lleva» de José El Pechuguita abrieron los gañotes por cantiñas. Se acordó Moi de los hilvanes de las prendas y la cucarachita. Bordó José la alegría de Córdoba derritiendo el caramelo. No se olvidaron del guiño a Pinini y al final se arromeraron para acabar después en Cai por La Viña y El Mentidero.
Llegó solemne la soleá. Concha desparramó los mandamientos del baile recio y gitano por cada uno de los jirones y flecos rojos de su vestío. Dicen que la veteranía es un grado. Y en el caso de Concha, una espuerta. Porque supo condensar la esencia sin ostentaciones, sin dejarse los pies a zapatazos apuntillando las tablas, bailando predominantemente de cintura pa arriba, con su cara, los virajes, los desplantes, un braceo de ensueño y las figuras que dominan solo las que saben. ¡Qué manera de pegá arañones con una mirá! ¡Qué forma de estrujar el izquierdo bailando paraíta! Concha ya no tiene que demostrar nada. Pero señaló las vereas por donde rondan los repelucos, el sendero para tocar los corazoncitos y dejarlos compungíos. Le hizo un monumento a la soleá. Moi se fajó los centros henchido de emoción y jirió con el cante, meciendo la media voz, mascando los tercios y rajando las embestidas provocando escalofríos. El Pechuguita le regaló los ojos y el sitio admirando el estado de gracia de su compañero. Aunque él no se quedó atrás, porque cada día canta mejor. Y contagiao por la sensibilidad que rebosaba en el entarimao, escarbó en las entretelas de su pecho para entregarse enterito a los pies de Concha y sobre los seis ríos de plata de Curro, conformando el ritual de lo jondo, la ceremonia de los metales primitivos y los ecos viejos de oro molío. Dolieron la salía y las fatiguitas de Talega en el tragaero de Moi y las cadencias de La Andonda o La Roezna en la nuez de El Pechuguita. Concha le bailó al cante. Y nos mangó la respiración con su temple, sujetando el tiempo. Fue capaz de doblegar a la afición sin adornar el baile. La técnica sirve. Pero Concha es ya toda una obra de arte. ¿Pa qué queremos más?
«Concha desparramó los mandamientos del baile recio y gitano por cada uno de los jirones y flecos rojos de su vestío. (…) ¡Qué manera de pegá arañones con una mirá! ¡Qué forma de estrujar el izquierdo bailando paraíta!»
Por tangos rompieron moldes exquisitos. Y la bulería se convirtió al inicio en un tributo a Gaspar de Utrera y Luis de la Pica en las voces de los cantaores hasta que subió los peldaños Concha y el compás se arromanzó por Lebrija. Letras alusivas a ella, rindiéndole honores, y un aluvión de escalofríos en los que todos echaron los restos brindaron el gozo en bandeja para que Concha se luciera con cuatro patás, alzando los brazos, esas recogías tan particulares que tiene y sus vueltecitas simulando una cambayá. Romances, corríos y bulerías con soniquete lebrijano echaron el cerrojo al recital. La despidió una ovación tremenda.
Concha no se guardó, pero descubrió de nuevo que menos es más. Meneó las caderas, metió los pies cuando venían, se mostró con temperamento y racial. Rubricó en el aire caliente de la Peña Flamenca Torres Macarena los dibujos que atestiguaron su proeza y el decálogo de los misterios de la gitanería del baile de verdá.
Ficha artística
Recital de baile de Concha Vargas
Peña Flamenca Torres Macarena, Sevilla
24 de octubre de 2025
Baile: Concha Vargas
Cante: Moi de Morón y El Pechuguita
Guitarra: Curro Vargas




























































































