Algo muy importante pasó en Jerez de la Frontera el día 4 de mayo de 1930. Nació un niño, Antonio Núñez Montoya, de tez tan oscura como el chocolate, que se le quedara ese mote. Antonio el Chocolate vino al mundo en el barrio San Mateo de Jerez. Fue criado en Sevilla, donde ganaba sus primeras pesetas a cambio de fandangos. Y lo entierran en Sevilla. Es la historia de un cantaor a caballo entre dos importantes capitales flamencas en una época de glorioso desarrollo del mejor cante clásico. En el 2001 el Chocolate afirmó en una entrevista: “Yo me siento sevillano”.
Se nos fue hace veinte años, pero ¿por qué siento su ausencia tan actual, y el olvido de los aficionados tan imposible de comprender? Triana está destilada en él, los Pavones, el característico sabor de la Alameda de Hércules, los cuartitos cargados de humo donde el Chocolate pudo escuchar a figuras como Caracol o Vallejo, donde había fotos con Pastora y el Pinto. Escribe Miguel Acal, periodista y flamencólogo desparecido: «Mezcla en su alma la gracia de haber nacido en Jerez y el duende de haberse criado en la Alameda». Antonio el Chocolate hablaba del Loco Mateo, Marrurro… “Hay que beber de Alcalá y Utrera”, nos decía en las tertulias de Radio Sevilla donde Antonio Mairena bebía cada palabra suya. La bailaora Manuela Carrasco decía del Chocolate: “No ha existido otro, y no creo que vaya a existir más. El eco de él es imborrable. Ha representado lo mejor”.
Cuando las voces jóvenes difícilmente se distinguen unas de otras, el sabor del Chocolate es siempre inconfundible. El desaparecido cantaor Fernando de la Morena lo calificaba como “uno de los grandes, como persona y artista. Un artista irrepetible, con estilo propio. Esos fandangos y siguiriyas, esos sonidos negros…” Cante de altura y dignidad que te pellizca las entretelas del alma para hacerte sentir la belleza del desamor y la muerte.
«Aquel pequeño cantaor que había pedido monedas a cambio de sus cantes llegó a ser faraón del mejor y más noble arte jondo. Decía: ‘A mí me gustaba mucho el cante de Pepe Marchena, pero no era lo mío’»
El Chocolate no se prodigaba en el compás, y cantaba poco por fiesta, aunque su fiel compañero, el guitarrista Antonio Carrión, hilvanaba las frases musicales para dar coherencia. Dejó una amplia discografía, pero heredero artístico, ninguno. Llegaría a cantar o grabar con Juan Habichuela, Manuel Morao, Manolo Sanlúcar, Melchor de Marchena, Paco Cepero, Pedro Peña o Manolo de Huelva, entre otros.
Siempre fue un cantaor que sabía entregarse sin acudir al histrionismo, y en su época fue de los pocos que se formaron aprendiendo de viva voz de los maestros de su generación, sin el apoyo de grabaciones. Quizás por este motivo se escuchan en él ecos de Torre, de Tomás, de Talega y otros sin que caigan en la imitación.
El Chocolate cantaba todo bien, pero su soleá, siguiriya y cantes a palo seco son de gran belleza y altura. Y si examinamos el dorso de su carnet virtual de cantaor, también figura «fandanguero por excelencia». Vivió el auge de los fandangos, pero sintió la necesidad de profundizar en los palos más negros además de aportar su versión densa del taranto. Aquel pequeño cantaor que había pedido monedas a cambio de sus cantes llegó a ser faraón del mejor y más noble arte jondo. Decía: “A mí me gustaba mucho el cante de Pepe Marchena, pero no era lo mío. He ido en espectáculos con Marchena, pero ese camino no era para mí”.
Antonio Núñez Montoya El Chocolate murió el 20 de julio del año 2005.




































































