Querido maestro:
Sé que este momento algún día tenía que llegar, que todo tiene un comienzo y un final, pero no estaba preparado. Y más viéndote siempre con esa innata energía que nos impresionaba y contagiabas a todos.
La noticia de tu partida me ha sumergido en un silencio extraño, un silencio nuevo, como el que precede a los grandes cantes. Y es precisamente ese silencio –tan repleto de memoria– el que me inspira hoy a escribirte estas líneas. A veces uno no se da cuenta de cuánto le ha marcado una persona hasta que llega el silencio. Y ahora que ya no estás, todo se me ha llenado de recuerdos tuyos.
En los próximos días y meses correrán, desde plumas cualificadas y expertas, ríos de tinta glosando tu vida y obra artística. Se escribirá de tu increíble trayectoria vital fundamentada en una lucha constante por superar inimaginables adversidades y de tu majestuoso legado musical. En estas páginas yo lo haré desde mi condición de aficionado y educador, desde la perspectiva de un simple maestro de escuela que tuvo la osadía de convertir tu vida en un cuento para transmitir el arte flamenco a los más pequeños. Porque tu vida y tu arte se han convertido en una herramienta educativa de primer nivel. Y escribo con un nudo en el pecho que no sé explicar. Me cuesta aceptar que te has ido. Me cuesta imaginar el flamenco sin ti. Y me cuesta, sobre todo, ordenar lo que has significado en mi vida.
Tuve la suerte inmensa de compartir contigo momentos que jamás imaginé. En varias ocasiones, presentaste conmigo mi libro como si fueras un joven entusiasta, cuando eras tú quien me honraba solo con sentarte a mi lado. Te escuché elogiar mi labor con los niños y puedo confesarlo ahora: pocas cosas me han emocionado tanto en mi vida como escuchar a Fosforito decir que aquello que yo hacía en el cole era “canela fina”. Lo decías con esa mezcla tuya de ternura y sabiduría que hacía imposible no creerte.
Cómo olvidar aquella mañana de octubre cuando te llevé a tu domicilio en Málaga los primeros ejemplares. Te confieso que durante el viaje desde Puente-Genil estaba enormemente inquieto. ¿Quién era yo para presentarme en el hogar de todo un genio universal de la música con un cuento pa niños?, me preguntaba constantemente. Mas la inquietud duró un instante, el que tardaste en echarle un vistazo al libro. Qué ilusión, emoción y satisfacción se reflejaba en tu mirada al pasar las páginas. Y yo me pellizcaba, y me decía: ¡Despistarte ya, Álvaro!
Has acompañado mis pasos en estos últimos dos años. Cuando escribía, cuando preparaba una clase, cuando grababa un pódcast… siempre estabas ahí recordándome que el flamenco es ante todo una responsabilidad: la de transmitirlo con respeto, con verdad y sin perder de vista la belleza que lo sostiene.
En todo este tiempo, cada vez que entraba en un aula, venías conmigo. Te he contado a mis alumnos como quien cuenta una historia verdadera repleta de valentía, talento, esfuerzo y humanidad. Y he visto en sus ojos algo que nunca olvidaré: admiración sincera. Porque los niños reconocen la verdad sin que nadie se la explique.
Tus cantes, tus vivencias, tu historia… eran el motor que movía a esos niños a emocionarse. He visto a un niño de siete años quedarse quieto como una estatua mientras sonaba tu voz. He visto a otros reír, sorprenderse, aplaudir, preguntar, emocionarse… Tú siempre provocabas algo. Siempre. Porque la verdad provoca, maestro. Y en ti todo era verdad.
«Puente-Genil hoy te llora, pero también te celebra. Porque no todos los pueblos tienen la suerte de alumbrar una figura que abraza un siglo entero de flamenco. Y porque tu vida fue, sin duda, uno de los mejores regalos que nuestra tierra ha dado a la cultura universal»

No sé si alguna vez te dije lo que he aprendido. No solo del cante, sino de la humanidad. Tú enseñabas sin proponértelo: con tu forma de mirar, con tu manera de escuchar y con tu manera de estar. Siempre educado. Siempre atento.
Pero maestro, si hay una imagen que guardaré como un tesoro el resto de mi vida es la de aquel día que viniste a mi colegio para celebrar el Día del Flamenco. Rodeado de decenas de niños que te miraban con los ojos muy abiertos, como si estuvieran ante un personaje de un cuento que se ha vuelto real. Aquel mar de manos pequeñas pidiéndote un autógrafo, aquel respeto espontáneo, aquella alegría desbordada… Nunca te vi tan feliz, tan querido, tan vivo. Sabías que en ese patio, entre risas y papeles temblando esperando un autógrafo, tu arte estaba pasando a la siguiente generación. Y yo, mientras te observaba, entendí que ese instante justificaba una vida entera dedicada al flamenco. Aquello no fue un homenaje cualquiera; fue un acto de amor de un pueblo a su hijo más ilustre. Y tuve el privilegio de presenciarlo contigo, casi en primera fila del corazón.
Maestro, has sido uno de los regalos más grandes que el flamenco y la vida me han dado. Y he visto cómo mis propios hijos te admiraban sin que yo les dijera nada. Te querían como se quiere a alguien de casa. Creo que intuían lo que eras: un hombre bueno, de esos que apenas quedan. También tu mujer, siempre tan atenta, tan cercana, nos regaló a mi familia y a mí un afecto que no se finge.
Me cuesta tanto despedirme, maestro. Me cuesta tanto aceptar que ya no estarás al otro lado del teléfono, o en la primera fila de una presentación, o en el recuerdo vivo de una conversación reciente. Tu último wasap fue un día antes de tu partida con el Terrible. Te mandé el vídeo de mi pequeño alumno Ramón interpretando uno de tus cantes y me respondiste: “Qué alegría, enhorabuena, ahí está el fruto de tu labor. Un fuerte abrazo”. Pero quiero que sepas que no te has ido del todo. No puedes irte. Porque estás en cada niño que tararea un zángano sin saber que está acariciando un milagro. En cada clase donde aparece tu nombre y se hace un silencio bonito. En cada persona que descubre el flamenco a través de tu voz. Y también —muy dentro— en mí.
Gracias, Fosforito. Gracias por tu arte, sí. Pero gracias sobre todo por tu corazón. Por regalarme cariño. Por tratarme siempre con respeto y con ternura. Por hacerme sentir, de alguna manera, parte de tu casa. Tú, que habías vivido tanto, que lo habías alcanzado todo, que eras ya parte de la historia, me mirabas como si yo fuese alguien. Eso, maestro, nunca podré pagártelo.
Puente-Genil hoy te llora, pero también te celebra. Porque no todos los pueblos tienen la suerte de alumbrar una figura que abraza un siglo entero de flamenco. Y porque tu vida fue, sin duda, uno de los mejores regalos que nuestra tierra ha dado a la cultura universal.
Descansa en paz, maestro. Tu voz será eterna. Tu ejemplo también. Y mientras yo sea profe, tú seguirás entrando conmigo en el aula cada mañana.
Se nos va el cantaor, pero nos queda el maestro. Se apaga la voz, pero queda el eco. Se marcha el hombre, pero empieza la leyenda.
Gracias, Fosforito. Por tu arte. Por tu ejemplo. Por tu cariño. Y por dejarme, aunque solo fuese un poquito, formar parte de tu historia. Tu eco será eterno, en Puente Genil y en el flamenco.
Con todo mi cariño,
Álvaro
→ Zángano de Puente Genil interpretado por Ramón, alumno del CEIP José María Pemán de Puente-Genil:
Carta a Fosforito de una alumna del CEIP José María Pemán de Puente-Genil:








































































