La danza en general no debe necesariamente contar nada. O mejor, debe contar mucho: emociones, sensaciones vitales. Pero lo que no ha de ser forzosamente es narrativa. La danza, evocando ahora a Vajéry, es un lenguaje en sí mismo, cuenta sin necesidad de recurrir a un argumento ya escrito en una novela previa o en una obra teatral, o sin necesidad de contar la vida de alguien de manera documental. La danza es la necesidad de canalizar el exceso de energía corporal cuando, una vez empleada nuestra energía en las necesidades prácticas de la vida, aún nos queda como un depósito energético. Y agotamos esa energía en un salto o en un taconeo hasta agotarnos, de la misma manera que los derviches danzantes daban vueltas inmersos en la totalidad del universo hasta caer exhaustos. Ha habido grandes adaptaciones a la danza española y/o flamenca, a veces ha salido bien. Un hito en este aspecto es el Rinconete y cortadillo del maestro Javier Latorre. Pero son excepciones.
«Me gustaron mucho las alegrías, de gran impacto visual y belleza, rematadas como es tradicional por bulerías de Cádiz y con las bailaoras/bailarinas ataviadas al modo de la escuela sevillana de baile, mantón y bata de cola, celebrando un vuelo feliz de alas blancas»

Ahora, cerrando las galas profesionales de la 64ª edición del Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión, el Ballet Flamenco de Andalucía presentó Tierra bendita. Y esa tierra, claro, es Andalucía. Y el espectáculo, montado por la actual directora del Ballet, Patricia Guerrero –Premio Nacional de Danza, premio Desplante en este festival en 2007–, es un recorrido temático, musical y dancístico por distintas geografías andaluzas, pero también un recorrido emocional y amoroso. Sí, hay un leve hilo argumental que une técnicamente (y con gran acierto) la estructura del espectáculo. Pero, sobre todo, es un recorrido por los distintos palos del flamenco, desde la taranta inicial de la Andalucía oriental a los fandangos del otro extremo del país, Huelva. El espectáculo no cuenta nada, solo muestra, solo exhibe cuerpos danzantes (el cuerpo, la entrada del alma) y deja al espectador que ponga lo demás, pero sin necesidad de contarles cosas obvias como si de un documental periodístico se tratara.
Todo el cuerpo de baile está magnífico, todas las coreografías están muy logradas y afinadas, compuestas con precisión y continuidad sin saltos sorpresivos. A veces el espectáculo se convierte en una cercanía casi minimalista: una luz tenue, un simple taconeo sin guitarra ni voz, unas simples castañuelas –pero qué formidables– marcando ritmo y compás. Y, en fin, nada de esas casi orquestas sinfónicas que ahora se han puesto de moda atrás acompañando a cualquier baile, sea ballet o bailaor o bailaora solos. Me gustaron mucho las alegrías, de gran impacto visual y belleza, rematadas como es tradicional por bulerías de Cádiz y con las bailaoras/bailarinas ataviadas al modo de la escuela sevillana de baile, mantón y bata de cola, celebrando un vuelo feliz de alas blancas, con la necesidad de no enredarse unas con otras, sobre todo en un escenario limitado lateralmente por las bellas, pero insidiosas en estos casos, columnas.
Comienzan los concursos del Festival. Atentos.














































































