Para los sevillanos y para la afición en general, Antonio Smash fue sobre todo un rockero, un icono del underground sevillano y la psicodelia que se abrieron camino entre las sombras del régimen franquista para traer colores nuevos a la música andaluza. No obstante, hay en este multiinstrumentista que acaba de dejarnos una indiscutible vertiente flamenca que va más allá de El Garrotín, la pieza más conocida de su grupo por excelencia, Smash, del que fue fundador y batería.
A pesar de ser de El Tardón, barriada de arte y de artistas, no puede decirse que se sintiera próximo a lo jondo cuando, a temprana edad, comenzó a coquetear con la música en grupos de amigos. El flamenco era entonces la música de sus padres, y la rebeldía adolescente les llevaba precisamente a rechazarlo y buscar las antípodas de aquellos sonidos de raíz. Por el contrario, las bases estadounidenses empezaban en los años 60 a difundir ritmos y melodías blueseras y rockeras que iban a encandilar a las masas de jóvenes de todo el país.
Sin embargo, era cuestión de tiempo que aquella herencia se manifestara de algún modo en el quehacer de aquellas nuevas generaciones. Smash, el grupo que Antonio formó en el emblemático año 68 junto a Julio Matito, Gualberto García y Henrik Michel, iba a impregnarse de trasmín sureño mezclado con aquellos otros aromas, los de la hierba incandescente que fumaban en la Glorieta de los Lotos del Parque de María Luisa, la misma que dio título a uno de sus discos.
«Hay en este multiinstrumentista que acaba de dejarnos una indiscutible vertiente flamenca que va más allá de ‘El Garrotín’, la pieza más conocida de su grupo por excelencia, Smash, del que fue fundador y batería»
Temas como El Garrotín, Tangos de Ketama o Ni recuerdo ni olvido surgieron, en buena medida, gracias al estrecho vínculo de Smash con la antigua Cuadra de Sevilla, ubicada en la calle Santo Domingo de la Calzada de la capital hispalense. Aquel local regentado por Paco Lira, que lo mismo servía como almacén de harina que de madera y hasta de fragua –justo donde Smash solía ensayar, como si se tratara de una metáfora nibelunga–, reunía con la misma hospitalidad a aquellos rapaces melenudos que a lo más granado del flamenco, nucleado en torno al llamado grupo Sevilla 1. A la misma hora en que Smash ensayaba, se daban cita aquellos cabales que cada tarde escuchaban una voz, ya fuera la de Pastora Pavón, Pepe Pinto, Perrate, Juan Talega o Antonio Mairena.
En aquellos vaivenes trabó amistad Antonio con un joven Manuel Molina, que recién empezaba a hablarse con Lole, la joven y talentosa hija de Juan Montoya y La Negra. Entre las mesas de La Cuadra, hechas de máquinas de coser Singer recicladas, andaba también un muchacho llamado Ricardo Pachón, que quería ser tocaor de acompañamiento y acabó siendo el rey Midas de la producción flamenca, o el artista plástico Toto Estirado, que también era aficionado a la guitarra, y cuya paleta fue sin duda muy inspiradora para la estética de Smash.
Antonio no solo hizo aportaciones fundamentales en lo que sería el fenómeno de Lole y Manuel, sino que sería testigo de excepción de la revolución que traerían nuevos nombres como Pata Negra, la banda de los hermanos Amador, en la que militó como batería, bajista y activo compositor para trabajos como Blues de la frontera (1987), Pata negra, el directo (1989) e Inspiración y locura (1990). Otras colaboraciones fructíferas fueron las que llevó a cabo con Kiko Veneno, Manuel Molina o Alba Molina.
El hecho de haber empezado muy joven le permitió ser puente entre generaciones y abarcar un enorme segmento de la música contemporánea sevillana. Su condición de músico con solfeo, perfeccionista y curioso insaciable, favoreció una larga carrera en solitario que mantuvo hasta el final, pues incluso el viernes 2 de enero estuvo tocando en un homenaje a su compañero Pedro García Mauricio. En los últimos tiempos, además, se cuidaba mucho, y cada día se levantaba a las siete de la mañana para dar un largo paseo desde su casa hasta el centro de Sevilla y vuelta. En esta mañana fría de víspera de Reyes, sus pasos y sus instrumentos han enmudecido para dejar un enorme silencio, un enorme vacío.




































































