A base de cultivar la vanguardia durante taitantos años, el baile de Andrés Marín se vuelve un clásico, un referente tradicional, un revulsivo constante para el paradigma de lo jondo. Se antoja paradójico, pero es la sensación que me sobreviene cuando cualquiera de sus obras me deja atónito y pegado a la silla. Con Matarife/Paraíso ya causó sentimientos encontrados en la pasada Bienal de Flamenco de Sevilla. Y el medio aforo del Teatro Municipal Pedro Pérez Fernández de la localidad de Los Palacios y Villafranca (Sevilla) quedó mudo frente a este espectáculo dancístico flamenco que no dio lugar a la indiferencia.
Segundo día del Festival de La Mistela. Andrés Marín y Ana Morales convulsionaron las mentes cerradas y hasta las más abiertas con una propuesta única, brillante desde el punto de vista escénico y cuanto menos perturbadora, incisiva, provocadora y original.
Quienes fueran buscando el baile rancio se equivocaron de sala. Pudo resultarles hasta desagradable. Porque Andrés Marín y Ana Morales deconstruyeron los códigos reescribiendo las formas. No fue un espectáculo cómodo, porque removió desde la libertad creadora y de pensamiento. Como si fueran azotes oníricos, sin ilación aparente, entrelazaron escenas de lo pagano y terrenal con la religión o la Semana Santa sevillana. Desconcertante y atrayente resultó el despiece de un cordero que descuartiza con destreza el cantaor Antonio Campos –magnífico al cante, a la guitarra flamenca y eléctrica y en la interpretación– y cuyos trozos de carne arroja al suelo para que los cojan con los dientes los bailaores en una ceremonia de sensualidad carnal, en todos los sentidos. Pecan con premeditación y alevosía, por elección, a sabiendas de que serán expulsados del paraíso de los cánones flamencos y de lo políticamente correcto según la ética y la estética de la sevillanía más casposa y clasicona. Pero lo hacen en la búsqueda de su propio edén, desdeñando la salvación cristiana sin caer en la ofensa, sino apartándose del camino para crear su propia iglesia de cartón en la que entrar a cuatro patas y casi desnudos, sin nada más que el deseo y la convicción de que otra vida, otras concepciones y otro paraíso son posibles, por más que vayan a contracorriente. Dos empleados de Cárnicas El Paraíso de espaldas al público contemplaron la recogía. Todo ello después de besarse con capirotes dorados y quedar ‘crucificados’ con gafas de sol sobre una plataforma de pan de oro y con el Rezaré de Silvio, roquero y buen cofrade de Sevilla, sonando de fondo.
«Andrés Marín y Ana Morales convulsionaron las mentes cerradas y hasta las más abiertas con una propuesta única, brillante desde el punto de vista escénico y cuanto menos perturbadora, incisiva, provocadora y original»
A la izquierda, una especie de órgano eclesiástico simulado con flores de cera colgantes y una mesa para el matarife. La percusión detrás. En el centro un confesionario que luego se transforma en plataforma de crucifixión y flores a cada lado. Andrés Marín que inicia la obra por delante del escenario, preparándose para el sacrificio, con el torso desnudo y bailando a su manera. Una Ana Morales con largas trenzas, con vestuario ceñido, en mallas. Armaos de La Macarena con sus cascos emplumaos tocando las cornetas, incienso en el proscenio… Cambios de indumentaria asemejándose a los ropajes de una Virgen y Jesús Nazareno. Ella de blanco y con volantes y él con túnica morada recubierta de estampitas plastificadas de imágenes de Cristo, con la que bailó por romances, al compás de bulería por soleá. Anteriormente ya sonaron los metales fundíos en el gañote de Campos o la soleá en la nuez de Marín, tendido en el suelo. Ana recibió varias obleas de la hostia consagrada como la que ansía su dosis de lujuría y placer, unas veces subida en el altar de una silla, otras pegada al cuerpo de Andrés. Bailan por sevillanas en un juego de seducción. Ana también por tientos… y mil detalles más que conformaron esta obra dantesca, por las claras alusiones a La Divina Comedia, en la que destilan los tintes antiguos para lanzarlos reformulados a la contemporaneidad.
Andrés baila, canta e interpreta con trazos de genialidad. Ana se muestra arrolladora, femenina y sensual, luciendo sus virtudes como bailaora y descollando también en su faceta actoral. La obra es indudablemente persuasiva y cautivadora, ideada y coreografiada con mimo y cuidado, plagada de guiños, metáforas y detalles que la dibujan como una pieza excelsa y de calidad. Si buscan flamenco lo hay, pero de otra manera. Quizás encaje mejor en un festival de danza que en La Mistela, pero este festival se suma así a los nuevos conceptos del género, con valentía y atrevimiento, apostando por mostrar nuevos mundos a los palaciegos. Yo también prefiero otras cosas. Las comparaciones son odiosas. Pero el día anterior disfruté allí mismo como un enano del Vertebrado de Juan Tomás de la Molía o el gozo del baile por el baile. Recibió la Venencia. Y la semana anterior de Adela Campallo entre los muros de la Peña Flamenca Torres Macarena, por citar dos ejemplos recientes que probablemente me sitúen como un aficionao más castizo. Matarife/Paraíso es un espectáculo con mayúsculas. Pero pararme que me da vértigo. Me quedo en las juergas, las peñas y el flamenco añejo. Ahí disfruto más. ¿Y vosotros?
Ficha artística
Matarife/Paraíso, de Andrés Marín y Ana Morales
Festival Flamenco La Mistela, Los Palacios, Sevilla
Teatro Municipal Pedro Pérez Fernández
11 de octubre de 2025
Baile: Andrés Marín y Ana Morales
Cante y guitarra: Antonio Campos



































































































