Antes que su voz, era imposible ignorar su mirada. Lo veíamos entrar a primera hora de la noche madrileña en el Candela o por Casa Patas, y aquellos ojos enormes y profundos nos encandilaban de inmediato. También su elegancia natural, sin artificio, en la que nunca faltaba la corbata o el impecable pañuelo de lunares. Lo recuerdo serio, cabal, no demasiado hablador con quien no tuviera bastante confianza, pero dotado de un sutil y naturalísimo sentido del humor. Por aquellos caladeros lo oímos cantar varias veces, siempre con gusto. Y aunque en los últimos años se hallaba retirado de los escenarios, su fallecimiento el pasado lunes se antoja una noticia muy triste.
Ramón Suárez Salazar llevaba muy a gala ser sobrino y yerno del legendario Porrinas de Badajoz. Era hermano de otro gran cantaor y guardián de las esencias del cante extremeño, El Guadiana, y aunque sus hijos siguieron la senda del arte, curiosamente ninguno se hizo cantaor: Juan José, Paquete, espléndido guitarrista, se dio conocer muy joven con el grupo La Barbería del Sur, mientras que Sabu y El Piraña no tardaron en colocarse en la élite del cajón flamenco.
En lo que respecta a Ramón, debutó muy niño junto con el tío Porrinas en Las Cuevas de Nemesio, para seguir fogueándose como artista de tablao en la etapa dorada de Torres Bermejas, y más tarde en Los Canasteros y en el Café de Chinitas. Se consideró siempre a sí mismo un cantaor más bien tapado o escondido, pero no cabe duda de que tenía unas extraordinarias cualidades como solista. Su especialidad eran los tangos, si bien mostró muchas veces una notable solvencia por bulerías, jaleos, soleares, seguiriyas, granaínas o cantes de Levante.
«Lo veíamos entrar a primera hora de la noche madrileña en el Candela o por Casa Patas, y aquellos ojos enormes y profundos nos encandilaban de inmediato. También su elegancia natural, sin artificio, en la que nunca faltaba la corbata o el impecable pañuelo de lunares»
No se prodigó demasiado en los estudios, si bien dejó algunas grabaciones valiosas, entre las que destaca el álbum Gitanos de la plaza, de 1992, lanzado bajo los auspicios de los milagrosos Nuevos Medios de Mario Pacheco. Un año más tarde se embarcaba en un proyecto tan ambicioso como Jazzpaña, junto a músicos como Vince Mendoza, Jorge Pardo, Juan Manuel Cañizares, Carles Benavent, Al di Meola, Michael Brecker, Steve Khan o Peter Erskine, entre otros grandes, donde registró cantes de muy alto nivel. Cuentan que, cuando justamente estaban grabando una memorable versión del Soy gitano, recibieron la noticia de la muerte de Camarón, con quien le unían no pocas afinidades sonoras y estilísticas.
Si su carrera pudo tener un rumbo más escorado hacia el éxito, es algo que pertenece ya al terreno de la especulación. Quienes lo conocieron bien saben que nunca buscó el aplauso fácil, y jamás consintió dar gato por liebre, mucho menos por dinero. Si una noche no estaba en condiciones de cantar como Dios manda, prefería bajarse del escenario y hasta perder el contrato. El flamenco podía ser para él, cómo no, una forma de ganarse la vida, pero antes que nada era un acto espiritual, un regalo del alma.
Cuando hace unos años le extirparon un tumor en la garganta que afectó seriamente a sus cuerdas vocales, les confesó a los médicos que le atendían en Sevilla: “Me habéis quitado la vida”. Su ánimo se vino abajo, se recluyó en parte en su barrio de San Blas y, según él mismo confesara, capeó las sombras de la depresión. Pero también tuvo tiempo de recibir en vida el cariño y el reconocimiento de sus compañeros y de la afición, que lo tuvieron como un referente y un ejemplo dentro y fuera de las tablas.
La idea de que su voz y su mirada, que tanto nos impresionaban cuando nos cruzábamos con ellas, se han apagado para siempre, se antoja una noticia triste y difícil de asumir para cuantos le quisieron y admiraron, que fueron legión. Descanse en paz, maestro.







































































