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Una fiesta jonda con poetas: memorias de la flamenca Generación del 27

Aquí se vivió lo inexplicable. En aquella finca de Ignacio Sánchez Mejías, en aquella noche, los poetas y los artistas se dejaron llevar por algo más grande que ellos mismos. Algo que se desborda entre la música y los versos, que a fin de cuentas es lo mismo.

Eduardo J. Pastor por Eduardo J. Pastor
16 enero 2026
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El mítico torero sevillano Ignacio Sánchez Mejías.

El mítico torero sevillano Ignacio Sánchez Mejías.

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16 de diciembre de 1927. Hace ahora noventa y ocho años. El Ateneo de Sevilla, y la personalidad arrolladora y los dineros toreros de Ignacio Sánchez Mejías, organizan un encuentro de poetas para conmemorar el tercer centenario de la muerte del cordobés Luis de Góngora, luz eterna del Siglo de Oro de las letras castellanas.

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La jornada principal se celebra en el salón de actos de la Sociedad Económica de Amigos del País de la calle Rioja, que en las instalaciones del Ateneo se está preparando la Cabalgata de Reyes Magos –sueño hecho realidad de José María Izquierdo, mirada de niño grande–. A la primera tarde literaria, que termina a eso de la media noche, no acuden más de treinta o cuarenta personas. Mucho asiento vacío, hueco. Están presentes, eso sí, todos los poetas sevillanos de la revista Mediodía: Romero Murube, Llosent, Laffón, Sierra, Villalón… y Adriano del Valle, que le arrojó a Federico, tras leer este poemas de su Romancero gitano, “la chaqueta, el cuello y la corbata”. Y un tal Luis Cernuda, con la mirada gacha y queriendo hacerse invisible, convertirse en Perfil del aire.

Tras los recitados y el fogonazo de magnesio de la famosa fotografía, Ignacio se lleva a los poetas a su finca para celebrar el encuentro y la vida. El aire de Sevilla, frío y distante, contrasta con el calor humano de lo que está a punto de fraguarse en el salón principal de la Finca de Pino Montano, iluminado con velas de reminiscencias cofrades. La finca la compró Joselito El Gallo a su hermano Rafael, que ya sabemos cómo era El Divino Calvo con las cosas que tuvieran que ver con los jurdeles. Cuando los poetas del 27 llegan a Sevilla, la finca ya pertenece, aunque no en los papeles, a Lola, la hermana de José y esposa de Ignacio Sánchez Mejías. Aquel es un paraje rodeado de pinos, alejado de los ruidos y las prisas de la ciudad. El aire, cortante y misterioso, corre por entre las palmeras, a ras de los arriates de claveles y rosas, sobrevolando las almenas que coronan la fachada. Aquel refugio andaluz de sombras y luces tenues, de paredes blanqueadas, se convertirá por unas horas eternas en el epicentro de la historia del flamenco. Un momento mil veces recordado.

Se hace el silencio en la reunión. La manzanilla sigue corriendo, pero ya no hay ni recitados de poemas –que Dámaso Alonso ha soltado de memoria las Soledades de Góngora, de pitón a rabo, en español y en inglés–, ni hipnotismos, ni jámalas jámalas morunos, ni espiritismos, ni risas jóvenes y desenfadadas. Eso ya se ha acabado. Se fini, en la lengua de Apolllinaire y Bretón.

 

«En ese instante, el flamenco es más que un arte. Es una forma de vivir, una manera de tratar de entender el mundo a través del dolor, de la pasión y de la libertad. Es la tierra misma, las raíces de la existencia, el espíritu del creador»

 

La noche se viste de negro. De un negro serio y respetuoso, que los duendes asoman ya por las rendijas de las ventanas cerradas a cal y canto. Emergen las luces y las sombras del arte flamenco, con toda su tragedia y su locura a los lomos. Es la hora de la guitarra ronca y del aire denso del cante.

Todos miran a un gitano cabal de Jerez de Frontera, “tronco de faraón”, “un bronco animal herido”, “un terrible pozo de angustias y de sonidos negros”, “el hombre con más cultura en la sangre”, que sentenció Federico García Lorca. Está sentado en una silla de enea, en un rincón, bebiendo aguardiente y con la mirada clavada en el suelo, como si pudiera ver a través de la tierra. A su lado, Manuel Gómez Vélez, Manolo de Huelva, fiel escudero en las noches donde los duendes aparecen o no. Eso era lo de menos entre ellos. Lo importante es estar donde hay que estar. Ponerse en el sitio donde los toros reparten cornadas y glorias. Y ese era el sitio, el lugar exacto, donde siempre estaba don Manuel Soto Loreto –o Leyton, ¿qué más da?–. Con el paso de los años, Ignacio lo llevará de la mano a varios médicos para que le curaran los males incurables que se lo llevaron a la tumba el verano del año 1933.

Hay por ahí quien ha dicho que aquello fue una juerga de señoritos. Para nada. Aquello fue una fiesta de la cultura: la que se escribe y la que se canta. Todo el que quiera sacar los pies del tiesto puede hacerlo. Pero lo de La arboleda perdida de Alberti y lo que sintieron otros asistentes no va por ese camino de caballeros y vasallos. Aquí se vivió lo inexplicable, lo que solo se puede entender a través de la emoción, nunca de la razón. En aquella finca, en aquella noche, los poetas y los artistas se dejaron llevar por algo más grande que ellos mismos, algo que se desborda entre la música y los versos, que a fin de cuentas es lo mismo.

En la fiesta está García Lorca, y su Poema del cante jondo. Dámaso Alonso algo despistado, que creía que Tu calle ya no es tu calle, / es una calle cualquiera /camino de cualquier parte era popular y no autoría de Manuel Machado. Gerardo Diego, al que cantó toreramente Diego Clavel. Rafael Alberti, que Calixto Sánchez le cantaría su Marinero en tierra. Jorge Guillén, Cante jondo, cante jondo / un ay se aleja y se esconde. José Bergamín, soñando ya con La música callada del toreo. Fernando Villalón, que “si no se me parte el palo…”. Juan Chabas y Pepín Bello, pegamento cordial de la generación desde los tiempos de la Residencia de Estudiantes de los Madriles.

En el centro de las miradas vidriosas, Manuel Torre, el gitano profundo y sabio del cante, que afina sus sueños con la mirada perdida en la carrera de un galgo tras la liebre por el perdidero, preparándose para hacer el cante que vibra en las entrañas.

 

«El cante jondo, con su pureza y su profundidad, se despliega en todo su esplendor. La voz de Manuel Torre es un río de lamentos, de quejas calladas y de gritos ahogados que solo el flamenco puede traducir. Cada nota, cada tercio, resuena con una fuerza inusitada, como si la misma tierra andaluza hablara a través de su garganta gitana, contando historias de duendes, de espíritus que vagaban entre los vivos y los muertos»

 

El flamenco, en este instante, es más que un arte. Es una forma de vivir, una manera de tratar de entender el mundo a través del dolor, de la pasión y de la libertad. El flamenco, ahora, es la tierra misma, las raíces de la existencia, el espíritu del creador. Mientras, el duende se ha posado en el centro mismo de la reunión flamenca y literaria.

El cante jondo, con su pureza y su profundidad, se despliega en todo su esplendor. La voz del Torre es un río de lamentos, de quejas calladas y de gritos ahogados que solo el flamenco puede traducir. Cada nota, cada tercio, resuena con una fuerza inusitada, como si la misma tierra andaluza hablara a través de su garganta gitana, contando historias de duendes, de espíritus que vagaban entre los vivos y los muertos. El aire vibra, como si la magia del flamenco pudiera deshacer la realidad misma.

El frío de la noche se ha derramado en la finca, junto a la chimenea, donde crujen las ramas de olivo. Sin embargo, los músicos y los poetas están, literalmente, entregados a la magia del flamenco, como si no tuvieran conciencia del paso del tiempo. El duende, esa entidad misteriosa y etérea, se ha apoderado de todos los presentes, llenando la habitación con una atmósfera surrealista. Los cantes del Torre se cruzan con las palabras de Lorca, mientras los ojos de los poetas brillan con una luz febril, como si pudieran ver más allá de lo que realmente ven.

Las primeras luces tempraneras desvanecen el instante. La claridad sucia de la mañana tiñe el cielo bajo y plomizo, con una mezcla de grises y nubes blancas. La verdad del flamenco se ha desatado. Se ha quitado, de un manotazo, el collar de las posturas y las correcciones. Las lágrimas afloran en los ojos del de Granada. El de Morón se tira de los pelos. El salón de Pino Montano ha sido invadido por una quietud invernal, por una explosión contenida por siglos de arte, por la pasión y por los corazones latiendo al compás de la seguiriya que se queda en la memoria para los restos de los restos. De fondo, se escucha el ladrido de un perro. ♦

 

Eduardo J. Pastor

Eduardo J. Pastor

Eduardo J. Pastor (Paradas, Sevilla, 1978) es abogado y escritor. Su pasión es el mundo flamenco y la literatura. Fruto de ello son los trabajos 'De frente y de perfil. Retratos de flamencos' (Ayto. De Paradas, 2018), 'Fernando Villalón. Centauro de Pena' (Almuzara, 2019), 'A puerta cerrada' (Libros Indie, 2021), 'Eso no estaba en mi libro de la historia del flamenco' (Almuzara, 2022) y 'Qué sabe nadie. Autobiografía sentimental de Juan Moneo El Torta' (LaBaja Andalucía, 2024).

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