El título que antecede a este escrito fue harto debatido el pasado 10 de noviembre de 2025 en un congreso sobre Inteligencia Artificial celebrado en el Palacio de Congresos de Granada. Bajo este título concurrimos el dj y productor MPV Music y este que escribe, auspiciados por el tenor José Manel Zapata, que hizo las veces de moderador.
Aun entendiendo la postura que MPV Music expuso allí, en tanto que ciertamente hace años que la música, en cualquiera de sus manifestaciones, pasa inevitablemente por la mediación tecnológica, no podemos obviar que detrás de cada software, de cada sintetizador o de cada programa de composición, hay una inteligencia humana que selecciona, decide, interpreta y siente lo que hace.
Ahora bien, si hablamos del duende, se precisa mucho tacto. El duende no es una categoría estética universalizable, no es un sinónimo de emoción o de transmisión artística, sino un término profundamente idiosincrático, nacido del mundo del flamenco, del sentir histórico y corporal de un pueblo que hizo del canto una forma de supervivencia. El duende, como la saudade portuguesa o el blues feeling afroamericano, no puede disolverse en algoritmos. Veamos por qué.
El duende, en su acepción lorquiana, constituye una de las manifestaciones más radicales de la experiencia estética. No es una mera categoría artística, sino una presencia ontológica, una forma de verdad que brota del cuerpo y del alma del intérprete. Su raíz es corpórea, que fue la tesis que defendimos en el congreso, porque precisa de una experiencia fenomenológica del placer y del displacer, del gozo y del desgarro, de la herida que el tiempo deja sobre los cuerpos. El duende se experimenta en ambas direcciones: en quien lo produce y en quien recibe regalos de información musical enduendada.
Desde esta perspectiva, la posibilidad de que una inteligencia artificial genere una obra con duende nos sitúa ante una paradoja inevitable. Por muy sofisticado que sea su algoritmo, la máquina carece de una experiencia del mundo. No posee una fenomenología del sentir. No sufre, no ama, no teme, no envejece. Su relación con el lenguaje, con el sonido o con lo visual, está desprovista de interioridad, de intencionalidad empírica. Puede simular la forma del arte, hacer mímesis, en el sentido aristotélico, de acciones humanas, pero eso no significa que sienta, que padezca, que comporte verdad lo que presenta.
El duende, al contrario, exige una memoria del afecto, una sedimentación de vivencias que confluyen en un instante de verdad expresiva. Cuando un cantaor rompe el silencio con un ay, no está ejecutando una técnica sino trascendiendo su propio límite, abriéndose en canal ante lo inefable de sus emociones. Así al menos se concibió el cante en sus orígenes. Esa apertura, esa grieta que comunica lo humano con lo trágico, es precisamente lo que la máquina no puede experimentar.
Por ello, extrapolar el duende al ámbito de la inteligencia artificial implica una contradicción en los términos, una aporía estética y ontológica. La máquina puede producir melodías de una belleza formal impecable, incluso conmovedoras para el oído humano, pero lo hará siempre desde la simulación, no desde la vivencia. La suya será una emoción de espejo, una proyección de nuestro deseo sobre un ente sin conciencia.
«La posibilidad de que una inteligencia artificial genere una obra con duende nos sitúa ante una paradoja inevitable. Por muy sofisticado que sea su algoritmo, la máquina carece de una experiencia del mundo. No posee una fenomenología del sentir. No sufre, no ama, no teme, no envejece»
En suma, si algún día las inteligencias artificiales alcanzaran un grado de sofisticación tal que les permitiera aproximarse a la esencia proteica del duende, ya no podríamos hablar propiamente de duende, pues este término está inextricablemente ligado a la condición encarnada del ser humano, a la materialidad sensible y espiritual del cuerpo que canta, que sufre, que ama. En este supuesto, cabría inventar un nuevo concepto, un neologismo que nombrara ese otro tipo de expresión posthumana, esa estética simulada, distinta en naturaleza y en origen.
No se trata, por tanto, de negar la emoción de aquello que emane de la IA ―dicho sea de paso, no dista mucho de determinadas creaciones musicales contemporáneas― pues habrá quien se conmueva, como un servidor cuando MPV Music tiró de IA para utilizar nuestra voz y uno de nuestros temas, y crear algo absolutamente novedoso. Nuestro empeño, más bien, se centra en abrir el debate, partiendo del hecho de que, si bien cada forma musical posee su propia ontología expresiva, su propio modo de ser en el mundo, su raíz cultural y afectiva, el duende pertenece, por esencia, a la experiencia del cante flamenco, a esa fisicidad del desgarro que nace de su potencia expresiva.
Si extendemos el concepto de duende a cualquier manifestación sonora que emocione, corremos el riesgo de caer en una suerte de todología estética, de “todo vale”, una disolución de los significados que acaba vaciando de sentido a las palabras y los conceptos, y eso sería hacerle un flaco favor no sólo al flamenco, sino también a las demás músicas, que pierden su especificidad, su carácter único, su genealogía.
Por lo tanto, hay alma detrás de una máquina, pero atiende al alma humana del que la maneja, no al aparato. Y claro que hay emoción en la música disco, pero no duende, del mismo modo que no hay saudade en una bulería. Cada emoción pertenece a su territorio, y defender esa diferencia no es cerrarse al mundo, sino honrar la diversidad de las formas del sentir.
La tecnología, como toda mediación cultural, no es en sí misma una amenaza, sino un instrumento a nuestro. Lo decisivo sigue siendo―o debería― la mirada humana que la orienta, la intención estética y ética que subyace a su uso. En manos sensibles, las herramientas digitales pueden generar un estatus artístico distinto, una nueva configuración sonora que, sin duda, acabará siendo lo mainstream de nuestra era.
Sin embargo, esa constatación no implica renunciar a la crítica ni a un talante reflexivo. Desde dentro de este proceso de transformación, debemos seguir trabajando en construir un relato contrahegemónico, que reivindique otra ética de la escucha, otra estética, otros valores poéticos y culturales que rescaten la profundidad frente a la superficialidad, la atención frente al ruido, lo humano frente a la simulación.
En definitiva, no se trata de negar la tecnología, sino de humanizarla, de inscribirla en una praxis creadora que siga apostando por la diferencia, por la democracia cultural, por lo alternativo. Y, eso, que mi respuesta es no. Duende, no. ¿Ustedes cómo lo ven? El debate está servido.
Texto: Juan Pinilla





































































































