Asistir a un encuentro con María Vargas en un escenario se convierte cada vez más en un exquisito acontecimiento. No se prodiga demasiado, evita cantar por cantar, aquel que la llame y quiera contar con ella debe cumplir con unos requisitos. A sus casi ochenta años (1947), brilla y reluce como la joya que deslumbró allá por los años cincuenta cuando siendo una niña le pedían una y otra vez que repitiera la saeta con la que rezaba a su devoción de su pueblo marinero. Desde entonces posee un palmarés digno de museo y aún sigue recogiendo el calor popular y los reconocimientos que su trayectoria merece: del 1 de octubre al 30 de noviembre se le dedica la IV Bienal de Flamenco de Cádiz, Jerez y Los Puertos.
Tanto se ha escrito en expoflamenco de la tata María, como me gusta llamarla, que evitaré repetirme. Siempre aconsejo que lean lo que nuestra compañera Estela Zatania ha publicado al respecto, pues ella como pocas conocen a esta maestra tanto en lo profesional como en lo personal. Allí estuvo, en primera fila, en la Peña Buena Gente, acompañándola como otros tantos amigos que acudieron a la llamada de la historia viva. Jóvenes de distintas localidades tampoco se perdieron el recital con el que María revalida su maestría. Nadie puede tener dudas, pero para ella subir al escenario es enfrentarse a un examen exigente de un público que sabe lo que es capaz de dar. Como si el tiempo no hubiera pasado, la artista prepara su recital con ritualidad. Su camerino nos lleva a un tiempo atrás en el que los detalles eran fundamentales para salir a la escena. Mantones, vestidos (sacó en la primera parte uno fucsia y en la segunda uno negro con mantón de Manila), maquillaje, complementos en joyas y peinas, y un perfume envolvente. En #DesdeDentro nos metemos en el último rincón.
«Público en pie, emocionado, y regalazo por fandangos se acordaba, en discretos guiños tonales, de sus ídolos Caracol y Terremoto. ¿He cantado bien?, preguntó en intimidad al terminar, con esa humildad que la hace grande, con esa grandeza de las humildes. Mujer de buen corazón, maestra del cante gitano»

Jerez suele ser una ciudad en la que cada fin de semana las peñas ofrecen actividades, pero lo del sábado fue demasiado. Coincidieron hasta tres recitales a la misma hora y eso debería cuidarse, porque impide que se disfrute de la calidad que cada una de ellas defendió. Por la mañana era Lucía Aliaño la que crecía artísticamente en el Perro de Paterna, Guadalcacín. Luego, por la tarde, Antonio Agujetas sellaba su quejío en las paredes de la ACF Luis de la Pica. Y por la noche, Tomás Rubichi llevaba su herencia cantaora a Don Antonio Chacón junto a su prolífica familia. A la vez que El Tolo hacía lo propio en Tío José de Paula con la madurez de quien sabe lo que hace, lo entrega y lo siente. Mientras María nos ilustraba en Buena Gente. Hice lo que pude, estuve un ratito en cada una. Pero he de detenerme en lo de María, porque, como empezaba escribiendo, era una cita de especial relevancia.
En primera fila estaban las maestras del baile Angelita Gómez, Ana María López, el maestro Juan Parra, amigos de la cantaora, su familia de Sanlúcar, que también vino, Isidro Muñoz acudió como de costumbre, peñistas de La Bulería, Terremoto…
El guitarrista no fue el que anunciaba el cartel, Miguel Salado, que tuvo que ser sustituido por José Gálvez. A Miguel nos encanta escucharlo siempre, es admirable, pero no pudieron elegir mejor la segunda opción. Gálvez nos dice, sin tocar siquiera, que todo va a salir bien. Sereno, seguro y clásico, una guitarra atemporal y gitana. Y María fue esbozando un repertorio iniciado por alegrías, pasando luego a soleá y tientos tangos. No se esconde ni un segundo, da en cada tercio un trozo de alma. En la segunda parte comenzó por romeras, de lo mejor de la noche, pues difícilmente se escuchen como ella las interpreta. La seguiriya es para ella la bandera de su casa, de su abuelo a su padre, volcar los recuerdos en forma de llanto y pellizco. Ella, que compartió escenarios con Antonio Mairena, Juan Talega o Camarón, es ahora la voz del legado. Por bulerías, con las buenas palmas de Javi y Dani Peña, rescató letras de sus primeros años de grabación, así como rememoró los versos que a compás popularizó su prima La Perla. Público en pie, emocionado, y regalazo por fandangos se acordaba, en discretos guiños tonales, de sus ídolos Caracol y Terremoto. “¿He cantado bien?”, preguntó en intimidad al terminar, con esa humildad que la hace grande, con esa grandeza de las humildes. Mujer de buen corazón, maestra del cante gitano. ♦











































































