En el salón de actos del Colegio Mayor Universitario Isabel de España, las paredes hablan. Y cuenta una historia que trasciende ya el cuarto de siglo, la del festival Tío Luis el de la Juliana, que ha visto pasar por ese escenario a lo más granado del cante, del baile y del toque: de Carmen Linares a La Macanita o Mayte Martín, de Serranito o Pepe Habichuela a Yerai Cortés, y de Cristina Hoyos o Miguel Funi a Eduardo Guerrero, la andadura del festival resume de manera impecable la evolución del arte jondo de las últimas décadas.
Aunque el añorado San Juan Evangelista, el Johnny, ha quedado en la memoria como el colegio mayor flamenco por excelencia, hay condiciones de sobra para considerar que esos honores le corresponden al Isa, como se le conoce popularmente. Y el propio centro, bajo la dirección del escritor y humanista Nicanor Gómez Villegas, y con un patronato presidido por Marisa Muñoz, ha vuelto a reivindicarse con una nueva edición del Festival, que se ha celebrado esta semana rindiendo homenaje, sin ir más lejos, al flamenco de Madrid.
El cartel de esta XXXVI edición era, un año más, incontestable. El primer día, dedicado al cante, tuvo como protagonista a Paco del Pozo, un cantaor galardonado con la Lámpara Minera, brillantemente acompañado por la virtuosa sonanta de Jerónimo Maya, Noe Barroso y Rafael Peral a las palmas y Roberto Vozmediano a la percusión. La segunda jornada, consagrado al baile, contó con un Alfonso Losa, brillante exponente de la escuela Amor de Dios, bien escoltado por Ismael el Bola y Eleazar Cerreduela, y Ángel Flores a las seis cuerdas. Y el tercer y último día fue para la guitarra, en esta ocasión con el veterano Pepe Núñez como figura destacada, un talento a la sombra que ha acompañado a grandes celebridades, y que tuvo ocasión de lucirse con Sara Díaz y La Nati al cante, Mario Núñez a la percusión y Kiko Martín y Juan Carlos Gil a las palmas.

Memoria del Madrid flamenco
Fue el periodista y divulgador José Manuel Gamboa, en una breve charla magistral, el encargado de repasar el largo idilio del arte jondo con la capital española. “El flamenco entró en Madrid por el Sur, por la calle de Toledo”, comenzó, para explicar a renglón seguido que “se habla siempre del triángulo del flamenco en el Sur, pero en Madrid es un pentágono que pasa por la calle Magdalena, Amor de Dios, calle León, Ventura de la Vega y Plaza de Santa Ana”.
A partir de esta cartografía, Gamboa se refirió a hitos como La Gitanilla de las Novelas ejemplares de Cervantes, de 1613; el momento en que el viajero Richard Ford escucha por primera vez en Madrid a unos andaluces cantando una caña a coro; o cuando empieza a cristalizar la etiqueta flamenco, “que tenía mucho que ver con el Madrid castizo”.
Por el recorrido de Gamboa desfilaron también el gaditano Paquirri el Guanté, inventor de la soleá, que dio con sus huesos en la cárcel; Silverio Franconetti, que quiso abrir un café cantante en la ciudad, pero falleció antes; el Clarín, que decretó ante el auge de este arte que “el cante ha derrotado a Echegaray”; la llegada de Chacón, el Papa del cante; aquel Perico del Lunar que graba su antología para Hispavox, o el Miguel Borrull que llegó desde Valencia para revelarse como un gran solista; el Ramón Montoya que “mejora todo” para sentar las bases de la guitarra flamenca; el boom de los tablaos, el fértil sustrato de Caño Roto, el Candela y un sinfín de referencias que hacen de Madrid un foco fundamental para los aficionados.

Un festival diferente
En esa larga peripecia tiene el Isa su propio capítulo de oro. Y buena parte de la culpa la tiene Juan José Gil, extremeño de cuna afincado en Leganés, carpintero ebanista de profesión y aficionado de raza. “A mi abuelo le gustaba el flamenco, compraba cintas de casete, por aquel entonces, en los mercadillos, los viernes, en el pueblo, y con eso me empecé a aficionar y a comprar colecciones y demás. Y ahora, bueno, pues tengo una colección muy amplia de discografía de pizarra, cilindros de cera… Pero como programador empecé organizando el concurso de cante La Silla de Oro, en Leganés, con el que nos hemos tirado 27 años hasta que el ayuntamiento se lo cargó”.
El germen del Festival Tío Luis el de La Juliana tuvo como primer promotor al llorado crítico Ángel Álvarez Caballero, luego tomó el testigo Manuel Ríos Ruiz, que le puso nombre; le sucedió Ángel Lacalle hasta su fallecimiento, y Gil, que había trabajado con Lacalle hombro con hombro, se hizo cargo de la cita hace quince años. “El Isabel de España es más antiguo que el San Juan Evangelista a nivel de programación, pero es verdad que se convirtió como en algo muy mediático del flamenco en Madrid, también había muchos patrocinadores, estaba hasta El Corte Inglés metido… Aquí no patrocina a nadie nada, aquí lo paga todo el patronato del colegio. Entonces digamos que es algo más discreto, y quizás por eso ha pasado un poco más desapercibido. Pero en el Isa programan muchísimas cosas, no solo flamenco. Tienen una cantidad de actividades inmensa”.
En cuanto al festival, subraya su condición de gratuito, “algo muy importante, porque hoy día hay unas entradas por ahí desorbitadas, que hay mucha gente que no puede pagar. Y contamos con artistas que son primeras figuras, que puedes ver en el Teatro Real, en el Auditorio Nacional… Y también gente de segundo plano, que el colegio ha puesto en primer plano, les ha dado una oportunidad. No olvidemos que el premio que instituyó el colegio lo han ganado Fernando Terremoto, Sordera, El Pele, Blanca del Rey… Muchísima gente, muy importante”.
Sobre el público, Gil destaca que “hay una cosa que el colegio lleva trabajándose muchos años, y es la gente joven. Pero está costando. Llaman a alumnos para diseñar el cartel, por ejemplo, o para entregar las flores al final del espectáculo, como una forma de involucrarlo de alguna manera”. Para terminar, el programador considera que “hoy el flamenco se mueve muy abiertamente por muchos sitios. Y Madrid, como bien ha dicho Gamboa en su intervención, ha aportado muchísimo al flamenco”.
¿Otros 25 años al frente del Festival? “Si la salud me acompaña, por supuesto”, responde Gil con una sonrisa. ♦




















































































