El histórico ciclo Lorca y Granada en los jardines del Generalife evoluciona al mismo ritmo que las vanguardias del flamenco y de las artes escénicas. Muchos años han pasado ya desde su primera edición en 2002 a cargo de José Antonio. En todas ellas, el requisito lorquiano ha sido una condición sine qua non para que los señalados a magnificar su obra basen sus propuestas con libertad. Años mejores, peores, nefastos y sorprendentes durante más de dos décadas de creaciones. La de este año ha corrido a cargo del bailaor granadino Manuel Liñán. Una deuda pendiente de la organización con él en la que se ha vaciado al completo para ofrecer una historia y visión personal de Federico García Lorca, la misma de siempre pero contada y bailada con traje nuevo. Porque Lorca hubo muchos y cada uno de ellos fue distinto, insólito, poético, prosaico y genio. En Liñán destaca su capacidad creadora de la nada, de una idea que sobrevuela su cabeza y convierte en arte. Arte para los sentidos pero no apto para quienes acuden a verlo con las gafas del clasicismo, del estancamiento mental y de los prejuicios. Porque en Liñán siempre se aprecia que va por delante de una sociedad arcaica y obsoleta.
Y lo pone de manifiesto en Llámame Lorca, que mantiene vivo al poeta, lo mata, lo respira, lo expulsa y lo inyecta en aquellos que aún reniegan de su historia. La obra es un conjunto de piezas musicales y coreográficas que confluyen en un todo, en un universo multidisciplinar, más cerca del multiverso-multiversatibilidad que de cómo nos han contado al poeta.
En sí, es una oda a la transgresión sustentada en los clásicos: Así que pasen cinco años, El público, Yerma, Mariana Pineda, Romance de la luna, luna, el de la Pena negra, Las tres morillas de Jaén, Sevillanas del siglo XVIII, Las tres hojas, Café de Chinitas, La Guitarra, todas ellas con música de aquellas canciones populares antiguas que grabara a piano el poeta con La Argentinita. Como aderezo sonoro, Los cuatro muleros, Anda jaleo, y las músicas más castizas de Granada y su folclore-flamenco: la Alboreá, la mosca y la cachucha.
Sobre el escenario, el elenco de bailaoras se convierten en mil Federicos, de traje negro, pañuelo blanco en solapa y masculinidad vertical y poética, muy a lo Vicente Escudero y su decálogo del baile o de blanco y rojo, colores predominantes durante todo el repertorio. La mitad del espectáculo se convirtió en un mosaico de coreografías grupales en las que tan solo apareció Liñán en el comienzo marcando el paso, dirigiendo y dejando sobre el escenario, sin su presencia, el carácter innovador del cuerpo de baile. De fondo, una enorme pared blanca que fue dibujando a Lorca, sus etapas, sus miserias, sus estados de ánimo, y en definitiva, un recorrido visual excepcional contado con trazos de brocha gorda milimétricamente medidos que adornaron cada escena: la luna, tan presente en su obra, su ojo entristecido, mirando desde ese panel al escenario, vigilando. Una obra de arte efímera que cada día aparecerá y desaparecerá al antojo.
«El culmen llegó por alegrías. Liñán fue capaz de rellenar el enorme escenario del Generalife con bata de cola blanca y mantón rojo mientras que Antonio Campos le cantó a a modernidad, a la transgresión, al Lorca presente y futuro que nos dejó con su legado que la diversidad en el arte es una necesidad transformadora de sociedades añejas y pasadas. De aquí al cielo poético de Lorca»

1 agosto 2025. Foto: Antonio Conde
El protagonismo musical corrió de la mano de un elenco granadino en su totalidad a excepción del guitarrista y músico Robi Svärd. Capitaneado por la experiencia y saber hacer de Antonio Campos, que con su voz potente y segura cantó y contó al poeta. Le acompañaron en las voces Fita Heredia y Marian Fernández, ambas apoyándose la una en la otra. La maravilla musical vino de la mano del gran José Fermín Fernández, que con sus manos y su genialidad supo conceder un plus de majestuosidad al espectáculo. Para el recuerdo queda la granaína que tocó, creación personal, con guiños a la bulería, a los clásicos, a su tierra, pero viajando un siglo por delante: una obra maestra en toda regla. Así lo fue también la sorprendente forma de tocar de Svärd con guitarra eléctrica las falsetas más típicas y conocidas de los tangos de Graná, aquellas heredadas de Los Ovejillas que son santo y seña de la tierra, a las que Liñán bailó en escala mayor de originalidad. Sin quedar atrás, el sello de Miguel El Cheyenne aportó la necesidad de un marcaje rítmico y percutivo con cajón y batería manejando y dirigiendo la tensión escénica con sus manos.
Hubo, por otro lado, varios artistas invitados. La primera de ellas, Raquel Heredia La Repompa, con una fuerza expresiva en el escenario tangible, sin abusar de excentricidades pero con una contundencia feroz. Pudimos escuchar de igual forma a Falete, por saeta, que principiaba con el verso del poema de La guitarra que derivó en tonás. También lo escuchamos al final de la obra por fandangos, los de Caracol y el Gloria y una tanda de Huelva, con desafinos persistentes dándole la vez a Liñán, que los bailó con una personalidad arrolladora. El tercer artista invitado fue sin duda la mejor elección, la más lorquiana de todas, la gran figura de Granada: Curro Albaicín. Adornado con traje blanco, repleto de adornos que parecían rosas blancas recitó al poeta universal, se encarnó en él, engrandeció su personalidad y supo ir más allá de lo imaginable. Curro, el Gran Curro, se convirtió por momentos en el Lorca más sensible y poético que pueda existir. Además, letras de cuño propio para poner en el altar a Federico.
Las escenas dancísticas de las bailaoras estuvieron a la altura de la obra: José Maldonado (en un paso a dos con Liñán grandilocuente), Irene Morales, Raquel Heredia, Irene Rueda, Susana Sánchez, Rocío Montoya, Cristina Soler, Cristina Aguilera y Anabel Moreno representaron la parte más femenina y masculina del poeta con trajes vaporosos, en rojo y blanco o desprovistas de ropajes innecesarios en escenas en las que la modernidad del poeta debía hacer acto de presencia: fuera prejuicios y epidérmicos complejos. Destacar también en ese paso a dos entre Maldonado y Liñán, cómo se fundieron en amor y desamor, remedando la vida se(n)xual del poeta y sus sentimientos hacia lo desconocido y hacia sus iguales. Terminó la obra, como ya apuntaba, con unos fandangos de Falete, con una estructura en su cuerpo parecido a un can-can gigante al que Liñán bailó sin miramiento.
Pero el culmen llegó por alegrías. Liñán fue capaz de rellenar el enorme escenario del Generalife con bata de cola blanca y mantón rojo mientras que Antonio Campos le cantó a a modernidad, a la transgresión, al Lorca presente y futuro que nos dejó con su legado que la diversidad en el arte es una necesidad transformadora de sociedades añejas y pasadas. De aquí al cielo poético de Lorca.
Ficha artística
Llámame Lorca, de Manuel Liñán
Ciclo Lorca y Granada en los jardines del Generalife
Granada, 1 de agosto de 2025
Dirección, coreografía y baile: Manuel Liñán
Colaboraciones especiales: Curro Albaicín, Falete
Artistas invitados: Raquel Heredia La Repompa, José Maldonado
Guitarra: José Fermín Fernández y Robi Svärd
Percusión: Miguel el Cheyenne
Cuerpo de baile: Irene Morales, Raquel Heredia, Irene Rueda, Susana Sánchez, Rocío Montoya, Cristina Soler, Cristina Aguilera y Anabel Moreno
Cante: Antonio Campos, Fita Heredia, Marian Fernández

1 agosto 2025. Foto: Antonio Conde






































































