Después de casi medio siglo ejerciendo como el corazón flamenco de Tokio, en 2016 cerró sus puertas El Flamenco, el local por el que había desfilado la flor y la nata del arte jondo. Pero poco tiempo después renacía el histórico local, rebautizado como Garlochí, y dispuesto a dar continuidad a la leyenda en pleno siglo XXI.
Los nuevos propietarios, los señores Muramatsu, eran conocidos por tener una tienda de vestuario para bailar llamada Sonia Jones, hasta que decidieron dar el salto a la hostelería especializada. “Garlochí renovó el espacio y la propuesta gastronómica, ofreciendo una experiencia más amplia de la cultura española”, comenta Mariko Ogura, acreditada experta en flamenco y Japón. “Continuó invitando a artistas de primer nivel desde España y mantuvo una programación de gran calidad. Este proceso simboliza la madurez del flamenco en Japón: lo que en sus inicios fue un arte para un círculo reducido de aficionados se convirtió en una expresión cultural plenamente reconocida y compartida”.
Raquel Villegas es una bailaora sanluqueña que visitó Japón por primera vez hace más de 20 años, cuando tenía 19, haciendo la ópera Carmen con una numerosa compañía. Por supuesto, en aquella época El Flamenco “era visita obligada, el punto de encuentro de todos los españoles. Era un templo”, evoca. “Me dieron la oportunidad de trabajar allí por seis meses, pero entonces me pareció mucho tiempo. Yo tengo un tablao en Sanlúcar y no podía dejarlo, hasta que mi hermano se hizo cargo de él para que yo pudiera intentarlo. Así llegué al Garlochí”.
En Tokio, donde impartió clases y presentó varios espectáculos –el último, el año pasado– hizo una amistad entrañable con Yukari Nakamichi, que ha sido la memoria viva de El Flamenco y de Garlochí. “Yukari trabajó allí durante 23 años, fue cajera y gestora, y como hablaba muy bien español se hacía cargo de nosotros, nos cuidaba mucho”, apunta Villegas. “Hizo lo posible por evitar el cierre, que al final resultó inevitable”.
En efecto, el cambio de gestión vendría acompañado de toda una serie de transformaciones operadas con el cambio de siglo. En los últimos años, viajar a España se había ido volviendo mucho más accesible, y cada vez resultaba menos extraño ver grupos de japoneses, a menudo muy numerosos, en locales, festivales o academias españolas. Asimismo, la difusión de Internet permitió acceder con facilidad a grabaciones recientes, clases y espectáculos en línea. “El entorno mismo para aprender y disfrutar del flamenco cambió radicalmente. El papel que durante décadas desempeñaron los tablaos japoneses como única vía de acceso directo al arte español fue, inevitablemente, relativizado por estas nuevas condiciones”, apunta Ogura.
A estos factores se sumó el elevado precio del alquiler del local, y finalmente el impacto devastador de la pandemia de Covid-19 sobre las artes escénicas a nivel global. Garlochí no se libró de aquella plaga ni de sus efectos. Según la estudiosa, “atravesó momentos críticos y buscó nuevas fórmulas para sobrevivir bajo distintas gestiones, pero finalmente cerró sus puertas en 2025. Más que el resultado de decisiones concretas, su clausura puede entenderse como la consecuencia de profundas transformaciones sociales y culturales acumuladas a lo largo de más de medio siglo”.
También Kyoko Shikaze, periodista japonesa afincada en Sevilla, toda una institución, recuerda la deriva que fue tomando Garlochí: “Ya en la época de El Flamenco se notaba que había bajado la afluencia de visitantes, y cuando cambió de nombre siguió siendo igualmente difícil de llenar”.
«Estuve dos veces en Garlochí, la última el año pasado, y fue una experiencia inolvidable. Siempre recordaré esa sala llena de aficionados y profesionales, el silencio sepulcral con el que asistían a los espectáculos y cómo decían ‘ole’ en el momento preciso, todos a una. Era como estar en Sevilla o en Jerez» (Manuel Liñán)

“Tras el golpe de la pandemia”, prosigue Shikaze, “el local fue traspasado a otra empresa, dirigida por la señora Takayo, quien alquilaba la sala para realizar actuaciones de artistas españoles. Pero más o menos a partir de 2022 ya no era un tablao propiamente dicho, sino un local multiusos que a veces programaba flamenco, otras a artistas japoneses, o academias que querían celebrar su fiesta de fin de curso. Incluso llegaron a hacer en sus últimos tiempos espectáculos de sumo para sobrevivir, pero no fue bien”.
El bailaor Manuel Liñán fue el último artista español en pisar las tablas de Garlochí. “Estuve dos veces, la última el año pasado, y fue una experiencia inolvidable. Siempre recordaré esa sala llena de aficionados y profesionales, el silencio sepulcral con el que asistían a los espectáculos y cómo decían ‘ole’ en el momento preciso, todos a una. Era como estar en Sevilla o en Jerez”.
“Es una pena que haya cerrado sus puertas un sitio así”, añade el granadino. “Yo no llegué a conocer la época de El Flamenco, pero por allí habían pasado todas las grandes figuras y las paredes guardaban esa energía. Era un lugar muy especial”.
Con todo, Ogura ve en la vida de El Flamenco y Garlochí “una trayectoria que es, sin duda, la historia de la madurez del flamenco en Japón. Pero también es, en cierto modo, la historia de una pérdida: la dilución progresiva de aquella tensión irrepetible, de aquella condición de ‘puente único’ que caracterizó sus primeros años. No se trata de un retroceso, sino de una mutación: cambiaron las circunstancias, cambió el papel del espacio, cambió su forma”.
“Y sin embargo”, concluye Ogura, “lo esencial permanece. La intensidad del cante, la guitarra y el baile a pocos metros de distancia; el intercambio de energía entre artistas y público; la experiencia compartida que se graba en el cuerpo de quienes la viven. El flamenco es, ante todo, una celebración de la vida: escuchar, abrir el corazón y entregarse plenamente al instante presente”.
“Como escenario que mantuvo viva esa llama durante más de medio siglo en el corazón de Tokio, el nombre de Garlochí seguirá inscrito en la historia del flamenco en Japón. Entre la madurez y la pérdida, su trayectoria no es solo la historia de un local, sino la huella de un diálogo cultural sostenido entre España y Japón”.
Por todo ello, Raquel Villegas cree que el mundo del flamenco tendría que haberse movilizado más para salvar Garlochí. “Habría que haber hecho presión para ayudar a que se mantuviera, porque hablamos de uno de los puntos clave de la expansión del flamenco. Gracias a El Flamenco y Garlochí, en los buenos tiempos, hubo gente que se compró casas. No basta con poner ahora un post en redes diciendo ‘qué pena’. Nadie ha luchado nada por ese lugar”.
Para el periodista español David López Canales, autor del ensayo Un tablao en otro mundo, “el cierre de El Garlochi, antes El Flamenco, marca un antes y un después. Es el final de una época pero también la constatación de que todas las historias de amor, todas las pasiones, necesitan ser alimentadas. Y hay que azuzar ahora de nuevo el fuego de la pasión por el flamenco en Japón, hay que renovar los votos de ese amor”. ♦
→ Ver aquí la primera entrega de esta serie de Alejandro Luque.

















































































