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Valeria Guatta: enseñar flamenco en Italia entre escucha, rigor y escena

Desde Milán, una ciudad que ha construido una relación cada vez más concreta con la cultura española, la profesora Valeria Guatta cuenta qué significa hoy enseñar flamenco en Italia, entre técnica, responsabilidad y presencia escénica.

ExpoFlamenco por ExpoFlamenco
19 marzo 2026
Tiempo de lectura: 7 mins lecturas
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La profesora italiana Valeria Guatta.

La profesora italiana Valeria Guatta.

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En Milán, el flamenco no vive solo en los festivales y en los espectáculos, sino también en el trabajo diario de quienes lo estudian y lo transmiten con seriedad. En una ciudad que, con los años, ha construido una relación cada vez más concreta con la cultura española, la figura de la docente se vuelve decisiva. Valeria Guatta cuenta qué significa hoy enseñar flamenco en Italia, entre técnica, responsabilidad y presencia escénica.

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Milán ha aprendido con el tiempo a dialogar con el flamenco de una manera menos episódica y más consciente. El Milano Flamenco Festival es la prueba más visible de ello: una cita ya reconocible, capaz de llevar a la ciudad grandes nombres del baile, del cante y de la guitarra, y al mismo tiempo alimentar una mirada más madura sobre un arte que en Italia sigue ejerciendo una profunda fascinación. Alrededor de este evento también gravitan otras iniciativas, instituciones culturales, recorridos de estudio y espacios didácticos que han contribuido a dar al flamenco una presencia real en el territorio lombardo, mucho más allá del tiempo breve del espectáculo.

Pero el flamenco no se mide solo en los teatros. También se mide en las salas donde se ensaya, se falla, se escucha y se vuelve a empezar. Se construye en la repetición de un compás, en la conciencia del peso, en la calidad de un braceo, en la relación entre el cuerpo y la música. Fuera de España, donde el flamenco todavía corre el riesgo de percibirse como imagen, sugestión o puro temperamento, quien enseña desempeña un papel esencial. No transmite solo una técnica. Transmite un lenguaje, una disciplina, una cultura del ritmo y de la presencia.

En este contexto se sitúa el trabajo de Valeria Guatta, bailarina, coreógrafa y docente italiana que desde hace años desarrolla un recorrido de estudio, investigación y didáctica ligado al flamenco. En Milán enseña y colabora con la escuela de flamenco Phoenix Studio Dance, un espacio en el que esta disciplina encuentra continuidad y arraigo desde hace más de catorce años. Su perfil resulta especialmente interesante porque mantiene unidas dos dimensiones que en el flamenco no deberían separarse nunca: la experiencia de la escena y la responsabilidad de la pedagogía.

Le hemos planteado algunas preguntas para entender qué significa hoy enseñar flamenco en Italia, cuáles son las dificultades más reales y qué tipo de verdad sigue exigiendo este lenguaje a quienes lo practican.

 

– ¿Qué es el flamenco para una profesora italiana de baile?

– Para una profesora italiana, el flamenco es ante todo una responsabilidad. No puede reducirse a una técnica que mostrar ni a una serie de coreografías que aprender correctamente. El flamenco es un lenguaje muy preciso, con una gramática rítmica, musical y expresiva propia, y quien lo enseña debe encontrar la manera de acercar al alumnado a esa complejidad sin simplificarla en exceso.

Para mí, el flamenco es una escuela de verdad, sobre todo desde el punto de vista técnico, porque no permite atajos ni una expresión simplemente “suficiente”. Si el peso no cae bien, si el compás no está interiorizado, si el movimiento de los brazos no nace realmente del centro, todo se nota de inmediato. Pero también es una escuela de verdad en el plano humano, porque obliga a trabajar la presencia, la medida, el carácter y la capacidad de escuchar.

En Italia hay además otro aspecto importante: muchas veces se llega al flamenco a través de la imagen, de la fuerza del gesto, de la falda, de los zapatos, de la idea de una energía intensa e inmediatamente reconocible. El trabajo de la profesora consiste también en acompañar al alumno más allá de esa primera fascinación. Hacerle entender que el flamenco no es solo intensidad o temperamento, sino también construcción, rigor, tiempo musical y calidad del movimiento.

 

«Creo que enseñar flamenco en otro país exige mucha honestidad y también la conciencia de que no se trata de un arte propio. Hay que evitar el folclore de postal, pero también la actitud contraria, es decir, pensar que basta con estudiar la forma para comprender la sustancia»

 

– ¿Hasta qué punto es difícil expandir el flamenco, entendido como arte español, en un país distinto de España?

– Es difícil sobre todo porque el flamenco no es un recipiente neutro. Nace dentro de una historia, de una lengua, de un imaginario, de una manera de vivir la música y el cuerpo que no pueden trasladarse automáticamente a otro lugar. Fuera de España, el riesgo es quedarse en la superficie, en lo que parece más seductor o más inmediato.

Creo que enseñar flamenco en otro país exige mucha honestidad y también la conciencia de que no se trata de un arte propio. Por eso hay que conocerlo a fondo y tratar de transmitirlo del mejor modo posible. Hay que evitar el folclore de postal, pero también la actitud contraria, es decir, pensar que basta con estudiar la forma para comprender la sustancia. La tarea de quien enseña es acompañar al alumnado dentro de un lenguaje que debe ser respetado en su profundidad. No se trata de imitar una cultura desde fuera, sino de entrar en relación con ella con humildad y conciencia.

Dicho esto, la distancia no es solo un obstáculo. Los alumnos italianos, cuando estudian seriamente, suelen aportar una gran disciplina y una sincera disposición a la escucha. No dan nada por sentado, y eso, a veces, ayuda. El flamenco puede crecer también fuera de España, pero solo si se acepta que no basta con reproducir su imagen. Hace falta tiempo, y hace falta una relación verdadera con la música.

– ¿Qué consigues transmitir más de la técnica flamenca?

– Diría que la relación entre el cuerpo y el compás. Es el aspecto sobre el que vuelvo con más frecuencia, porque de ahí depende todo lo demás. Mucha gente asocia la técnica flamenca sobre todo al trabajo de los pies, pero el pie, por sí solo, no basta. Si el cuerpo no está organizado, el zapateado pierde sentido y se convierte solo en sonido.

En las clases insisto mucho en el eje, el apoyo, la coordinación, el centro, los marcajes y la calidad del movimiento. Incluso con quienes están empezando, intento hacer entender que no existen elementos aislados. El braceo no es un añadido decorativo, las vueltas no son exhibición, el pie no es fuerza por sí misma. Todo debe tener una relación clara con el ritmo y con la intención.

Prefiero una salida limpia, bien colocada y musicalmente coherente antes que una frase larga pero confusa. La técnica, para mí, no consiste en acumular, sino en hacer que cada gesto sea legible, necesario y sostenido.

– ¿Qué es lo más difícil de transmitir del flamenco?

– Lo más difícil de transmitir es el tiempo interno del flamenco. No me refiero solo al compás contado, sino a la manera de estar dentro del ritmo con naturalidad, sin rigidizarlo y sin perseguirlo. Es una cualidad que no se explica de una vez y para siempre. Se construye en el cuerpo, en el oído y en la práctica.

Al principio muchos alumnos quieren controlarlo todo. Quieren hacerlo bien, ser precisos, mostrar intensidad. Eso es comprensible, pero el flamenco no se vuelve verdadero cuando se fuerza, sino cuando uno empieza a habitarlo, cuando entiende que una pausa puede valer más que tres gestos, que una llamada necesita peso y no solo volumen, que un remate llega de verdad solo si ha sido preparado.

Otra dificultad es transmitir la sobriedad. Desde fuera, el flamenco puede parecer un lenguaje siempre encendido, siempre lleno, siempre dramático. En realidad también es medida, espera, silencio, capacidad de contener la energía y expandirla en el momento justo. A mis alumnos les digo a menudo que no deben tener prisa por parecer bailarines experimentados, porque antes tienen que aprender a estar dentro de la estructura, a respirar en la música, a sentir cuándo un gesto es realmente necesario. La madurez nace ahí, igual que el alma del baile, y exige mucha paciencia.

 

«A los futuros alumnos italianos, y también a los de todo el mundo, les diría: no busquéis un solo modelo que copiar. Mirad mucho, escuchad mucho, dejaos cautivar por artistas distintos, porque lo importante no es imitar una forma, sino entender de dónde nace su verdad»

 

– ¿Cuánto te ha ayudado viajar a España para ampliar tu conocimiento del flamenco?

– Ha sido fundamental, no solo para estudiar mejor, sino para comprender mejor. En España, el flamenco deja de ser una materia aislada y vuelve a ser un entorno vivo, una presencia concreta, una manera de escuchar y de percibir el tiempo. Incluso una sola clase, o un ensayo visto de cerca, pueden enseñarte detalles que desde lejos corren el riesgo de escaparse por completo.

Para mí, viajar ha sido importante sobre todo para afinar el oído y volver a poner todo en proporción. Cuando estudias fuera del contexto de origen, a veces tiendes a concentrarte en lo más visible. En cambio, el contacto directo con España te obliga a dar más valor a aquello que sostiene realmente el baile: el cante, el diálogo con la guitarra, la calidad del compás, la medida del gesto.

Para quien enseña, volver periódicamente a esa fuente es esencial, no para buscar una legitimación externa, sino para seguir cuestionándose. Cada viaje puede mover algo en la manera de sentir y de transmitir el flamenco. Y eso, en un trabajo pedagógico, es algo muy valioso y, creo, fundamental.

– ¿En qué grandes nombres del flamenco te inspiras?

– Las inspiraciones cambian con el tiempo, y creo que es justo que así sea. Hay artistas que en una etapa te enseñan la construcción, en otra el rigor y en otra, todavía, la libertad. Para mí siguen siendo fundamentales figuras como Matilde Coral, Merche Esmeralda, Manolete, Eva Yerbabuena y María Pagés. Cada uno de ellos abre un mundo distinto.

Pero para quien enseña no basta con mirar a las grandes bailaoras o a los grandes bailaores. También hay que escuchar mucho el cante y la guitarra, de lo contrario el baile corre el riesgo de encerrarse en sí mismo. A los futuros alumnos italianos, y también a los de todo el mundo, les diría precisamente eso: no busquéis un solo modelo que copiar. Mirad mucho, escuchad mucho, dejaos cautivar por artistas distintos, porque lo importante no es imitar una forma, sino entender de dónde nace su verdad. ♦

 

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