Hay árboles que languidecen o mueren si los mueves de la tierra en la que han brotado, y otros a los que le sienta de maravilla un cambio de aires. Siempre he pensado que a los Sordera, una dinastía flamenca de gran solera jerezana, les vino estupendamente la marcha a Madrid. Y no digamos cómo le vino a Madrid. Lela Soto, el último eslabón de esa cadena, es madrileña sin renunciar a su herencia familiar, la de Paco la Luz, la Serrana, el Niño Gloria o Sordera. No necesita acreditar su pertenencia a esa estirpe, porque la lleva adherida a su piel y a su garganta.
Después de foguearse una buena temporada como cantaora solista, El fuego que llevo dentro es el título del disco que le sirve de tarjeta de presentación ante el gran público, el mismo que quiso presentar esta semana en la recién estrenada terraza de la Fundación Unicaja de Cádiz, justo a la hora en que el sol caía por detrás de las torres miradores. Y con el levante soplando a placer, aunque no lo suficiente como para perturbar un delicioso recital de cante flamenco.
La malagueña de El Mellizo, uno de sus cantes fuertes, sirvió a Lela Soto como pórtico antes de pasar a Inaccesible, ese guiño por soleá a su tío Sorderita que trae ecos del nuevo flamenco de los 90, del que José Soto fue uno de los grandes motores y exponentes. Lo cierto es que Lela, manteniéndose al margen de la heterodoxia, tiene en ocasiones cierto ramalazo pop que la emparenta también con artistas con los que ha trabajado, como Niña Pastori, Pitingo o Navajita Plateá. Pero es, como se ha dicho, solo un aire, pues su afición la reconduce una y otra vez por la senda del cante canónico.
«Poco se puede reprochar a esta artista de amplio rango de voz, afinación impecable y sobrada de compás, es decir, alguien que lo tiene todo para sonar genuinamente flamenca, y a la vez contemporánea, porque no puede ni quiere dejar de ser una mujer de su tiempo»

Lo hace, desde luego, en unos tientos sabrosos que preludian el primer sencillo de su debut discográfico, De tanto rezarle al santo. Unos tangos que ganan cuanto más desnuda es la interpretación, en este caso únicamente con la guitarra sobria y elegante de Rubén Martínez, a la que iban a unirse las palmas de Reyes Moreno y Juana Gómez, seguras en el compás y dueñas de una estampa hermosísima que se recortaba sobre el ocaso. Lela, eso sí, sufría con la levantera, aunque nada en su voz permitía suponer que se estuviera resintiendo su herramienta de trabajo.
Tras la bulería por soleá, con esa letra que nos hizo evocar a Luis El Zambo –tú eres como los judíos/ y aunque te quemen/ puestecita en el cuerpo/ no niegues de lo que ha sío–, Lela se volcó en las bamberas, que nunca faltan en su repertorio, y remató la faena por bulerías para poner al público en pie cuando se cumplía una hora larga de actuación.
Poco se puede reprochar a esta artista de amplio rango de voz, afinación impecable y sobrada de compás, es decir, alguien que lo tiene todo para sonar genuinamente flamenca, y a la vez contemporánea, porque no puede ni quiere dejar de ser una mujer de su tiempo. De hecho, lo único que uno querría, siquiera por un momento, es verla perder ese control sobre sus facultades, dejar que la emoción la haga salirse de los renglones de la perfección, dejar que su temperamento se desborde. Pero eso llegará, claro. De momento, la hija de Vicente Soto pisa firme su propio territorio, y fecunda ese territorio común en el que una nueva generación de cantaores y de cantaoras viene alumbrando el futuro.
Ficha artística
Recital de Lela Soto
Terraza de la Fundación Unicaja de Cádiz
25 de julio de 2025
Lela Soto, cante
Rubén Martínez, guitarra
Reyes Moreno y Juana Gómez, palmas








































































