Fue el espectáculo más esperado de toda la programación de esta I Bienal de flamenco de Granada. Las entradas se agotaron al poco de ponerlas a la venta. Había expectación y se cumplieron los pronósticos. Marina Heredia es, hoy por hoy, la primera figura del cante de Granada, la que suena más flamenca y la que mejor ha proyectado su carrera. No me cabe duda. Se suma su capacidad para innovar con el paso de los años creando un lenguaje que avanza conforme a los tiempos.
Sumamos a todo ello que se cumplen seiscientos años de la entrada de los gitanos a la Península Ibérica y el cóctel ya tiene todos los ingredientes para que sepa a gloria.
Marina presentó sus credenciales de la mejor forma que sabe, cantando por derecho. Junto a la Orquesta Ciudad de Granada nos mostró que lo culto y lo sinfónico encajan a la perfección con el flamenco siempre que se haga con honestidad y con sabiduría. No es nueva esta conjunción, pero sí que es difícil que el resultado hable por sí solo para bien. Y Marina lo consiguió. Muy a pesar del parón incomprensible de cerca de veinte minutos entre las dos partes que separaron su nuevo espectáculo.
«Marina Heredia es, hoy por hoy, la primera figura del cante de Granada, la que suena más flamenca y la que mejor ha proyectado su carrera. Se suma su capacidad para innovar con el paso de los años»
En un espacio singular como el Palacio de Carlos V en pleno corazón de la Alhambra, no quedó más remedio que quedarse con el mensaje, un alegato al pueblo gitano, a su persecución, al genocidio, no sólo al de este pueblo sino a cualquiera de ellos, ahora que tan de actualidad está. La oda a la libertad, al difícil camino que ha recorrido el pueblo calé, fue en la voz de Marina un misil de paz y de reivindicación a la unión de los pueblos, pero también al sufrimiento, al castigo. «Somos la raza maltratada y odiada, reprimida y dolida» fue el estribillo que escuchamos tanto en la primera parte junto a la Orquesta y los músicos flamencos que acompañaron a la cantaora, véase José Quevedo Bolita, Los Mellis y Víctor Carrasco a las palmas y coros, Paquito González en la percusión, como en la segunda, en la que colaboraron David Peña Dorantes y Eva Yerbabuena, junto a la voz inconfundible del actor y rapsoda Juan Fernández y el cante de Ezequiel Montoya.
La parte sinfónica arrancó con la voz tostada y rota de Jaime el Parrón, que desde el balcón del palacio entonó cantes de trilla y tonás con un cenital que le daba protagonismo. La orquesta puso su maquinaria precisa a sonar para que Marina, con una voz especialmente limpia, reivindicara sus raíces. José Trigueros con su batuta dio las órdenes precisas y cumplió su rol con fineza organizando a sus músicos tanto en lo sinfónico como en lo flamenco, en las alegrías, en los tangos y en la nana. Una banda sonora trabajada y soberbia que nos pareció por momentos la música de una película de Hollywood.
El parón de veinte minutos, como decía, no gustó nada ni a nadie. Gente entrando y saliendo, alternando y charlando distendidamente, rompieron la tensión musical que debió haber entre ambas partes. Cierto que había que quitar las sillas de la orquesta y acondicionar el escenario, pero se excedieron.
Menos mal que fueron capaces de retomar y redoblar esfuerzos para conseguir que conectáramos de nuevo. El duende lo puso Juan Fernández con su voz cálida, intensa y directa al corazón recitando Nuestra sangre. Qué pena que los problemas de sonido, que están siendo más protagonistas que los propios artistas en esta bienal, provocaran que Juan tuviera que quitarse la felpa de micro para recitar a voz pelada sin que llegara a todo el público. Por otro lado, Juan no es ajeno al flamenco; pudimos apreciar su oratoria en el espectáculo de Miguel Poveda Poema del Cante Jondo, contando con Juan para encarnarse en uno de los mil Federicos que el cantaor badalonés nos esta regalando con su nuevo estreno.
«La oda a la libertad, al difícil camino que ha recorrido el pueblo calé, fue en la voz de Marina un misil de paz y de reivindicación a la unión de los pueblos, pero también al sufrimiento, al castigo. ‘Somos la raza maltratada y odiada, reprimida y dolida’ fue el estribillo que escuchamos»
Con el piano de Dorantes, Marina entonó la farruca A Manolete para ceder protagonismo al baile de Eva Yerbabuena, que danzó de traje negro y mantón bordado en oro, volando por las tablas, con la candidez propia de la sabiduría y el conocimiento. Dorantes, en lo suyo, es el maestro y así nos lo hizo saber. Fue discreto a la par que sentencioso.
Posteriormente, Marina a dúo con Ezequiel Montoya interpretaron Mi rezar cantando con una entrega absoluta. Los tangos La nieve de los años y Juan el egiptano fueron la mejor elección para culminar su particular reivindicación a los derechos del pueblo gitano, en este caso encarnado en la figura de un conde, no yo, sino Juan de Egipto menor, el primer gitano que cruzó los Pirineos rumbo a la Península para dejar la vida nómada que arrastraron durante siglos e integrarse en el reino de Aragón. Y con ese rumbo y por rumbas, las catalanas, las del ventilador, quiso Marina homenajear al Pescaílla, a Peret y a tantos otros catalanes que defendieron su particular forma de entender el flamenco.
Ficha artística
¡En libertad! El camino de los gitanos
Marina Heredia y la Orquesta Ciudad de Granada
I Bienal de flamenco de Granada
Palacio de Carlos V
18 de septiembre de 2025
Orquesta Ciudad de Granada
Dirección: José Trigueros
Cante: Marina Heredia
Guitarra: José Quevedo Bolita
Percusión: Paquito González
Palmas y coros: Los Mellis, Víctor Carrasco
Colaboraciones especiales: Jaime Heredia el Parrón, Dorantes, Eva Yerbabuena
Voz narrativa: Juan Fernández
Voz: Ezequiel Montoya







































































