¿Cuándo germinó la semilla que acabaría brotando en las formas que hoy reconocemos como flamencas? Todo apunta a que un género de música y baile que identificaríamos con el flamenco actual no se remonta mucho más allá de mediados del siglo XIX. La década de 1840 presenta indicios más que claros de cómo determinados sones andaluces pasaron de ser canciones a ser cantes. He ahí, en mi opinión, la principal seña de identidad del flamenco, un género que no cultiva canciones, como hacen el jazz o el son cubano, el tango argentino o la bossa nova, la chanson francesa o la napolitana, sino cantes, melodías que han sido creadas por intérpretes concretos sobre un armazón rítmico/armónico que comúnmente llamamos palos y que de forma más académica podemos nombrar como estilos. Esos armazones, por ejemplo la soleá, con su compás de doce tiempos y una cadena de acordes basada en el modo armónico flamenco, el llamado también modo de mi y al que también suelen referirse como frigio, determinan la estructura del estilo. Unas pocas cadenas de acordes sujetando múltiples melodías que podemos llamar variantes del estilo, creadas por maestros del pasado como Joaquín el de la Paula, Enrique El Mellizo, Mercé la Serneta, el Fillo o la Andonda, Frijones o Paquirri el Guanter. Cantes por soleá que tienen, muchos de ellos, al menos un siglo y medio de edad y que están vivitos y coleando en el repertorio de intérpretes de toda clase y condición hasta la actualidad. Es pues el flamenco una suerte de música clásica, con la libertad que impone la música de tradición oral, un arte popular basado en la recreación de modelos clásicos forjados por los grandes maestros del pasado.
Aquella semilla, fruto de la más exquisita alquimia cultural que fundió mil metales para obtener uno precioso y de muchos quilates, germinó en la provincia gaditana para injertar su esquejes en la sevillana y malagueña y de ahí a la cordobesa, jienense, granadina, almeriense, onubense, murciana y extremeña. Logrando así sembrar un huerto repleto de frutas suculentas en forma de tangos, fandangos, seguiriyas, soleares y tonadas sin guitarra. La gran familia de los estilos flamencos, emparentados en mayor o menor medida unos con otros.
«Solo la verdad por delante, sin dar coba, la principal tentación de los flamencos. Vergüenza torera, elegancia. Debes convencer al oyente que lo que cantas, tocas y bailas te sale del alma, y para ello hay que tener la maquinaria bien engrasada. Saber transmitir, cualidad esencial para todo artista que se precie de serlo»
Y para que floreciera tuvo primero que definir una estética propia, un forma concreta de expresar los sentimientos más profundos a través de dos raíces bien nutridas: la queja, el ayeo que representa musicalmente un pasado doloroso y muchas veces dramático, y el jaleo, la música jaleada y bullanguera, repleta de palmoteos y taconeos. El jipío con sentimiento, Gamboa dixit. Ligar los tercios con un solo aliento. Alegrías y soledades confeccionados a la medida de un pueblo antiguo y maduro. Y la voz, con todos los matices tímbricos, colorido variopinto reflejo de la diversidad cultural que representa, voces laínas y roncas, ágiles o lentas, diversas, mestizas, transparentes y opacas, llenas de color y «soníos negros». Un grito indígena de protesta que reivindica una cultura mestiza como pocas, única en su diversidad. Con marcado acento gitano, libre y reivindicativo, andaluz por los cuatro costados, español por vocación, fruto de la herencia hispana más sofisticada.
De esa semilla solo pudo brotar un árbol hermoso en su colorido, sólido y firme. Como los ficus de la Alameda cuyas raíces forman majestuosos arbotantes y las ramas llegan al cielo. El tronco común, lo visible es lo que reconocemos hoy como flamenco, las raíces se hunden en tres mil años de historia nutriendo día a día, verso a verso, un repertorio de una riqueza única. Abarcando múltiples formas métricas, compases binarios, ternarios y los más genuinos que amalgaman ambos, la bendita guitarra española, instrumento crucial para lograr un género como el flamenco. Si hubiera sido un piano el protagonista, el flamenco sería tan diferente que no lo reconoceríamos como tal. Es tanto lo que debe la estética jonda a la guitarra que sin ella simplemente no sería. La voz desnuda y la austeridad como bandera: palmas, pitos, planta, punta y tacón. Un arte hecho «con lo puesto», dando el máximo con el mínimo de medios, sin más alardes que el diestro manejo de la voz, las manos y los pies. Un más difícil todavía como Dios lo trajo al mundo. Expresión musical y de baile en carne viva.
Además de cómo miden los flamencos su música, cómo la armonizan con las seis cuerdas de la sonanta, también juegan con el tempo, haciendo uso de todos los grados posibles, desde lo más lento a lo más acelerado, incluso en un mismo estilo, en las versiones bailables el tempo puede recorrer todo el espectro comenzando tan lento que es casi libre hasta alcanzar el carácter más agitado y veloz.
«La semilla del flamenco plantada en tierra fértil regada con lágrimas y la sangre de millones que pasaron por aquella encrucijada de la humanidad que es la baja Andalucía, el umbral de poniente, el jardín de las hespérides que en diez años pasó de ser el fin del mundo a ser el centro, protagonista de una historia repleta de acontecimientos decisivos para el devenir no solo del mundo hispánico sino de toda la humanidad. Y el fruto exquisito de tantos años, personas y lugares es el flamenco»
También es importante la teatralidad innata a esta expresión cultural y artística que llamamos flamenco. Lo nuestro es puro teatro. La letra de los cantes sirve de argumento, un relato concentrado en tres, cuatro o cinco versos, y una forma de exteriorizar los sentimientos que son muchos los convencidos de que no hay música tan sentida. Y cada cante, una letra y un argumento concreto, y el siguiente cante, otro. Ahí está, como apuntamos antes, la principal diferencia entre cante y canción: la canción relata una historia concreta, una tanda de cantes cuenta tantas historias como letras contiene. Y todo ello gesticulando el contenido de cada verso.
La pureza como meta, cantar, tocar y bailar sin trampa ni cartón, el arte verdad, eso es lo puro. Nada de purezas de sangre, imposible entre mestizos. Solo la verdad por delante, sin dar coba, la principal tentación de los flamencos. Vergüenza torera, elegancia. Debes convencer al oyente que lo que cantas, tocas y bailas te sale del alma, y para ello hay que tener la maquinaria bien engrasada. Saber transmitir, cualidad esencial para todo artista que se precie de serlo.
La semilla del flamenco plantada en tierra fértil, regada con lágrimas y con la sangre de los millones que pasaron por aquella encrucijada de la humanidad que es la baja Andalucía, el umbral de poniente, el jardín de las hespérides que en diez años pasó de ser el fin del mundo antiguo a ser el centro de la Edad Moderna, protagonista de una historia repleta de acontecimientos decisivos para el devenir, no solo del mundo hispánico, sino de toda la humanidad. Y el fruto exquisito de tantos años, personas y lugares es el flamenco. Para que después venga un sunami de ignorancia supina ninguneándolo. ¡Homepofavó! ¡Tesquiyá!







































































