Regreso de Ceuta a Algeciras y cruzo el Estrecho para, después de enfilar la ruta de Jerez de la Frontera, volver a casa. En el transbordador, la memoria, almacenada de recuerdos, me retrotrae a Francisco Vallecillo Pecino, a quien la Tertulia Flamenca de Ceuta le rinde honores a través del IV Ciclo de Otoño, jornadas que llevan el nombre de tan ilustre flamenco y que hemos tenido el honor de inaugurar evocando al adiós de Pepe Montes a través de su hija Esperanza Montes, bañada en lágrimas cantando los tanguillos de Cádiz de Chano Lobato, y como previo al recital de Dolores Agujetas.
La presencia de Dolores en la entidad que preside Jesús Gutiérrez nos retrotrae a la problemática de la mujer flamenca en el centro de la polémica histórica, pero también en el deseo de no morir en el intento de situar el cante de mujer en la raíz del grito.
Cuando tomó posesión Dolores del escenario escoltada por Domingo Rubichi, guitarrista de cálida expresión y pulso convincente, de inmediato asoma por tientos-tangos con una visión centrada tanto en el color de su línea melódica como en el modelo familiar a quien imita desde Jerez a Triana, es decir, a su padre Manuel Agujetas.
Es cuando retrocedo a un tiempo pasado, cuando Vallecillo y quien firma hablábamos del abuelo paterno de Dolores, el sabio Agujetas el Viejo, a quien conocí en Écija, en la casa de Curro Torres.
Transcurrían los albores de los setenta del pasado siglo, y a más de escucharlo en un sinfín de ocasiones, ahora confirmo que, como heredero de los cantes de Manuel Torre, Carapiera, Diego el Marrurro y Tío José de Paula, fue una muy buena luminaria para irradiar con el candil de sus cantes los aportes de las generaciones familiares subsiguientes.
El recital prosigue por soleá enmarcando de manera gloriosa las variantes de Frijones y Juan Ramírez que nos legó su abuelo Agujetas el Viejo, pero donde Dolores no puede negar que es natural del barrio jerezano de La Plazuela e hija de Manuel Agujetas, con quien tengo una foto de cuando tenía 13 años y que me pidió meses antes de morir que le redactara sus memorias, por lo que es legataria del cantaor que se desangraba dándole gañafones a las melodías.
Pero para entender sus raíces y su historia, para conocer su concepto del cante, también aparece como usufructuaria de Diego Rubichi, cantaor de cantaores, sin olvidar, por tanto, que es, igualmente, biznieta de la hermana de José El Chalao, de ahí su vínculo con los Garbanzo y los Mijita.
«Dolores Agujetas, una voz del rosal del cante gitano que, en aras de llevar la capacidad vocal al límite, se sitúa en el arraigo de sus antecesores, sobre todo en la raíz paterna. Y si es así es porque la finalidad de su relato es incendiar las melodías a medida que las va corporizando en su garganta, que cuando busca la hoguera para quemarse en ella no es para incinerarse, sino para regresar a la fuente de la que tanto bebió»
La ascendencia da forma, por tanto, a la identidad y el desarrollo personal de Dolores. Avanza por el taranto de Manuel Torre, y la afición ceutí está convencida de que estamos ante el modelo axiomático del primitivismo gitano, del que siempre nos situó hasta el valle del escalofrío.
La guitarra de Domingo Rubichi evidencia la seguridad técnica en el acompañamiento. Dolores, entre tanto, nos regala el oído con su expresión lastimera e hiriente desde los fandangos de Cepero. Aporta temperamento a las seguiriyas, poniendo el énfasis de lo sombrío sobre las variedades del Loco Mateo, Tío José de Paula y Farrabú, el tío-abuelo de Santiago Donday, marcando en los estilos el énfasis de lo sombrío, lo que no imposibilita que les confiera a las variantes un ímpetu tan intenso que no cesa en ello hasta no extraer su más granado fruto.
Es entonces cuando el auditorio cae en la cuenta cómo recrear la franqueza desnuda de los cantes heredados, sin más aditamento que la personalidad propia y, en el caso que nos ocupa, los claroscuros de la voz.
Anotemos al respecto que el próximo mes de noviembre se cumplirán 34 años de cuando Dolores hizo su presentación oficial en la Peña Flamenca El Garbanzo. Fue en 1991, y diez años después sacó a la luz Hija del duende, su debut discográfico, una muestra de lo que sabe hacer, es decir, el cante que lleva en los genes.
Y en Ceuta, tras avanzar por martinete de Juan el Pelao con sentida dedicatoria a mi dilecto José Luis Vargas Quirós, presidente honorario de la Sociedad del Cante Grande de Algeciras, en la que la sentí algo forzada, dio por cerrada su actuación con bulerías, pero con vocalizaciones lacónicas y graves, de lo que saco en conclusión cómo lo que importa es sintetizar la propuesta de la cantaora jerezana como la representación del ardor expresivo de lo gitano, la vehemencia a la hora de arrojar los tercios al aire, pero también la fogosidad en las tonalidades altas.
Dolores Agujetas ha sido, en conclusión, la protagonista en la Tertulia Flamenca de Ceuta con el propósito de colocar frente a frente a la mujer ante el espejo de la historia. La jornada, como señalamos en la entradilla, era la inauguración del ciclo que honra la memoria de mi gran amigo Francisco Vallecillo Pecino, que, desde el altito cielo, y como gran valedor del cante gitano, quedaría satisfecho del recital de una mujer que, a fin de encontrar su propia voz, se muestra ligada a la herencia familiar.
Hemos escuchado, por tanto, a una voz del rosal del cante gitano que, en aras de llevar la capacidad vocal al límite, se sitúa en el arraigo de sus antecesores, sobre todo en la raíz paterna. Y si es así es porque la finalidad de su relato es incendiar las melodías a medida que las va corporizando en su garganta, que cuando busca la hoguera para quemarse en ella no es para incinerarse, sino para regresar a la fuente de la que tanto bebió.








































































