Si hay una fecha en el calendario en la que intento dejar algunas tardes liberadas es la que coincide con la Caracolá de Lebrija. Es uno de esos festivales de verano que enganchan cuando vas por primera vez, pues cierto es que las amabilidades por parte de su ayuntamiento –Pepe Martínez y Brígida– y de la comisión organizadora invitan a volver. Otro de los motivos por los que me gusta coger el coche y trasladarme hasta esta bendita localidad sevillana, con tanta relación por cierto con Jerez gracias a los cortijos y gañanías desde siglos atrás, es por el cuidado programa de actos que ofrecen durante los diez días. Es más que atractivo, desde sus exposiciones hasta las conferencias o espectáculos. ¡Y sus vecinos, qué agradables y cuánta cercanía!
En el Bar Miano comienza cada jornada, y normalmente acaba. En #DesdeDentro, nuestra sección, nos gusta contar esos detalles simpáticos y que hacen de un festival ser más o menos singular. Pues en este bar, frente a la Casa de la Cultura, esto es, cerca de la Plaza del Mantillo, pulmón de la actividad, confluyen aficionados, artistas, periodistas… La tapita de antes del comienzo con la cervecita no falla. Es necesario, pues donde se celebran los espectáculos no hay barra, todo un acierto para quien quiere escuchar y no aguantar al borrachín de turno dando voces.
Allí estuve cenando una noche con la bailaora Concha Vargas, después de haberse celebrado la conferencia de Alfonso García dedicada al aniversario de la Caracolá, con Inés Bacán y su tremenda seguiriya, Isabel Malena recordando a Juaniquí y El Chozas, o la joven Manuela del Moya haciendo los cantes de La Perrata. Curro Vargas estuvo a la sonanta, que invitó a José Valencia a cantar de forma improvisada el himno Libre de Juan El Lebrijano, saliéndole Concha descalza para hacer lo que solo ella es capaz de hacer.
También contemplé en otra de las noches que acudí el triunfo de Juanelo con un recital completísimo y un continuo homenaje al Lebrijano, hasta en las formas. Es un cantaor con futuro, tiene un amplio conocimiento y, sobre todo, las ganas más grandes del mundo por estar ahí. Se come el escenario y tiene muy presente el respeto al público. Entre sus invitados, el baile de Fernando Jiménez relució en romances con una conversación artística propia de la gitanería de antaño. En Lebrija gusta eso, el braceo y la cintura, un poco menos, los pies. Seguidamente salió al escenario Manuel Valencia con Las Tr3s orillas, del jerezano Manuel Valencia, un auténtico aval en calidad suprema. Es una guitarra con personalidad, ha conseguido sonar a sí mismo, en sus cuerdas está la escuela jerezana pero su bordón ya lleva su nombre. Tanto como compositor y concertista, como acompañando al baile (El Choro, racial y con potencia) o al cante (David Lagos y David Carpio, dos columnas sonoras de Jerez), suena con una corpulencia insospechada. Todos los que lo acompañaron mantuvieron el nivel exigido por el propio Valencia, apostando por la etiqueta negra de primer a último sorbo de arte. Esa noche, por cierto, no acabé en el Miano, sino en la azotea de la Peña Pepe Montaraz con Antonio Moya, el propio Juanelo, el compañero Kiko Valle… ¿Lo han escuchado cantar por soleá?
«José Valencia, emocionado obviamente y agradecidísimo, le dedicó todo a su familia, hijos, mujer, madre, etc. Su madre guardaba en sus ojos el orgullo y la felicidad. (…) Es abrir un libro y aprender de cada tercio. Es un cantaor largo, profundiza, escarba, salvaguarda, reinterpreta, respeta y conecta»

Y la vida me regaló poder estar en la última noche. No estaba en mis planes porque un asunto personal me lo impedía, pero al final se alinearon los astros y asistí a la gran velada dedicada a José Valencia con el Caracol de Oro. Todo el papel vendido y su gente abrazándolo a cada paso. Se lo merecía, ha llevado el nombre de Lebrija por el mundo entero con una dignidad aplastante. Y lo sigue llevando, es la bandera actual. Tere Peña, con esa voz que tanto admiro, y Alfonso García se encargaron del ofrecimiento, y estuvieron muy acertados. Le dieron a la noche la solemnidad que merecía, pero sin olvidar que estaban en familia. Saludamos a muchos que siguen nuestro trabajo, amigos ya, al director de la Bienal, Luis Ybarra…
Manuel de Paula siempre está atento a cada movimiento, es una institución que por suerte vive en su lugar de origen y el gobierno municipal lo valora como tal. Suele estar callado, observando, sonríe cuando algo le hace gracia, y se fuma un pitillo de vez en cuando. Ha dado la vuelta al mundo, pero en su vejez lo que quiere es tener el calor de su pueblo.
Pues José, emocionado obviamente y agradecidísimo, le dedicó todo a su familia, hijos, mujer, madre, etc. Su madre guardaba en sus ojos el orgullo y la felicidad. Luego lo celebró con el Estudio sobre los cantes de Lebrija, con todo lo que eso supone. Es abrir un libro y aprender de cada tercio. Es un cantaor largo, profundiza, escarba, salvaguarda, reinterpreta, respeta y conecta. Anabel Valencia también tuvo momentos de relevancia en sus dos apariciones. Que me perdonen todos los que forman parte de los recitales a los que acudí, pero esto no es una crónica o crítica al uso, como siempre digo.
Hablo de sensaciones, de detalles, de emociones. Se inauguró también una losa en el suelo de la plaza para perpetuar siempre el Caracol de José y el alcalde, Pepe Benito Barroso, me comentó que sería la tónica en próximos años, este tipo de guiños. Por cierto, y que no se me olvide: me ha parecido un gran trabajo el realizado por el escultor Augusto Arana como boceto del que será el monumento a Juan Peña Lebrijano, en la céntrica Plaza de las Monjas y que se pretende inaugurar, si todo va bien, en la próxima edición de la Caracolá, coincidiendo también con el décimo aniversario de la muerte de este genio.


















































































