Siete, ocho, nueve y diez. Un, dos… y así hasta doce tiempos son los que forman el compás de amalgama del flamenco. El bailaor jerezano Joaquín El Grilo roneó como le dio la real gana con el son, escondiéndose en los silencios o llamándolos, quebrando las medidas a su antojo, entrando y saliendo con soniquete por los rincones y vericuetos de lo jondo. Disfrutó como un cochino en un charco, hizo que el respetable de la ensolerada Peña Flamenca Torres Macarena de Sevilla acabara ronco de jalearlo y decirle ole como nunca se había visto en un recital único y memorable que marcará la historia del baile en el templo del flamenco hispalense.
Si él estuvo entregaíto y disfrutón, el público lo acogió con el calor de la afición que conoce lo que es bueno. Aquí se sabe istinguí. La peña estaba a rebosar. El Grilo es un maestro. Es distinto e inimitable, arrebatadoramente flamenco y vacilón. Jugó al gozo del baile por el baile. Su estructura y coreografía fue la improvisación. Eso solo lo hace el que puede. Vino a bailar sin el corsé de un espectáculo, sin necesidad de demostrar nada. Y ocurrió que se coronó como nadie lo ha había hecho hasta ahora en el entarimao de los placeres. Formó el taco. Aquello fue una juerga improvisá en los maderos de la peña. Un lío de los gordos, un ritual orgásmico para el que gusta del baile guasón. Una atragantá de pellizcos. Un borbotón de age. Punto y aparte.
Francis Gómez puso el caramelo a la guitarra, acompañando para engrandecer más si cabe la faena del jerezano. Los acordes justos, las falsetas en su sitio, la musicalidad que requería el asunto, cuatro tonos de transición, dos rasgueos por allí, unos trémolos donde cabían y un solo creativo, de pulsación rotunda y composición original con el bordón en re para abrir el recital. Y mucho compás.
«Así en corto se disfruta más. El cambio a las bulerías del postre resultaron ser un auténtico disparate. Pa morirse. Nació un eterno estruendo de aplausos que no lo dejaba decir adiós. A sus pies, maestro, a sus pies»
El Galli le pegó bocaos a la alergia poniendo el corazón sobre las facultades. Y lo entregó por la boca, a los pies de Joaquín. Tremendo. Echó las higaíllas, se dejó la piel al socaire de la inspiración del baile con mayúsculas. Manuel Moneo tronó de solemnidad, rancio, tributando a la estirpe de donde viene. Carmen Grilo quiso darlo todo, a pesar de su manera particular de abordar el cante, a golpes redondos y graves de voz, sonando coplera –sin que tenga esto que ser peyorativo, vamos a entendernos–. Redondearon un recital para recuerdo de los cabales: acabamos postrados a los tacones de El Grilo con veneración perpetua por lo que pasó esa noche. Todavía me crujen las carnes y se me eriza la piel al revivirlo. No será fácil que se borre de mi memoria.
Los fandangos sirvieron de preludio para un magistral silencio de soleá por bulería que Joaquín se sacó de los perniles, por donde le chorreó la gracia. Transición a los tangos. Luego se fue a los tientos y volvió a lo mismo, mirándose en el Titi de Triana o Pepa La Calzona. Los contoneos también son varoniles, la sensualidad, la cintura, las puntaítas, las posturitas con el culo… Joaquín se emborrachó de arte. Sus pies, sus manos, su gesto y hasta la punta del flequillo se embriagaron con el compás si no es él el compás en sí mismo. Destiló el baile ebrio en un colocón de jondura simpática. Desde el tacón a las muñecas dibujó los tiempos reinventaos, los acompañó con los brazos y le zamarrearon el cuerpo dejándolo ora laxo ora recio, potente y bien plantao, creando desplantes solo suyos, retorciéndose, estremeciéndose con la lujuria del ritmo y señalando el acento a voluntad en los instantes más insospechados a la hora de recogerse. Imprevisible, sobraísimo de recursos, espontáneo, natural, sin ojana… fue todo un espectáculo.
La segunda parte la principió El Galli con gusto por taranta, seguido por Moneo con la de Fernando el de Triana. Carmen cerró la tanda con la cartagenera de Chacón. El Grilo se subió de nuevo a las tablas para derretirnos por alegrías. Le bailó a cante, le cantó con sus hechuras a la guitarra, habló sin piar, calló mandando al público, lo avisaba del arañón que venía… Y entregué la cuchara. Me entraron ganas de tirarme a sus botas y abrazarle los pies, de morderlo fuerte, de agarrarle los carrillos y comérmelo a besos. Joaquín bailó como solo él sabe. Un derroche de picardía y sapiencia, de burla y buen baile. Hizo como el que se caía, cojeó pa rabiar –entiendo que en homenaje a Enrique El Cojo– y, en definitiva, se metió al público en el bolsillo para acabar toreando con su chaqueta, virando con elegancia y jalonando la actuación de replantes con paladar con los que cosechó una marea de oles arrancaos de cuajo por el arte sin parangón del que tiene el duro, el euro y todo el jurdó, además de la sensibilidad cachonda y seria al mismo tiempo. Así en corto se disfruta más. El cambio a las bulerías del postre resultaron ser un auténtico disparate. Pa morirse. Nació un eterno estruendo de aplausos que no lo dejaba decir adiós. A sus pies, maestro, a sus pies.
Ficha artística
Recital de baile de Joaquín El Grilo
Peña Flamenca Torres Macarena, Sevilla
30 de mayo de 2025
Baile: Joaquín El Grilo
Cante: David El Galli, Manuel Moneo y Carmen Grilo
Guitarra: Francis Gómez































































































Doy fe.