Después de una semana en Viena y Varsovia he podido revivir la actividad que desarrollan cada vez más artistas flamencos fuera de España. El amor y dedicación que sienten por nuestro arte no es comparable ni mucho menos con el que se respira por estos lares. En mi época vienesa, años ochenta del siglo pasado, éramos cuatro gatos, hoy son legión, y me he dado cuenta también de que, como todo lo malo se pega, no están exentos de las sempiternas rencillas entre compañeros tan características del flamenco patrio. Sobre todo entre españoles. Los austriacos y los polacos, que es lo que he vivido más de cerca estos días, sienten una devoción tan grande por el flamenco que están dispuestos a aparcar cualquier desacuerdo para, mientras dura, disfrutar al máximo del arte. La entrega es total. La pequeña industria que a duras penas pueden mantener se consolida golpe a golpe. El cariño que se respira durante las clases, conciertos, juergas, cenas y copeteo es entrañable. Disfrutan de poder formar parte de la familia flamenca a pesar de encontrarse a más de tres mil kilómetros de la patria jonda. Lo viven día a día con intensidad, compartiendo la bendita afición al flamenco.
El baile impera, en eso no ha cambiado en todos estos años. La guitarra tiene cada vez más adeptos, y el que sabe cantar se lleva el gato al agua porque no para. Hay pocos y, claro, son los más solicitados. Mi compañera, la cantaora Mónica Clavijo, a quien quiero agradecer desde aquí que haya contado conmigo, tiene alumnos de cante, lo que es un claro indicio del deseo de aprender la disciplina que más cuesta aprehender. El idioma y la especial naturaleza del cante jondo resulta difícil lograr, interiorizarlos, pero ganas no les falta y es admirable. Mientras, aquí «la cultura oficial» ningunea el flamenco hasta hacerlo desaparecer prácticamente de la parrilla de las televisiones generalistas, desde hace medio siglo, excepto en Andalucía, aunque tampoco está para echar cohetes. En todo el mundo los Guirijindos, siguiendo la feliz denominación de Manuel Bohórquez, se baten el cobre por el flamenco en los lugares más recónditos del planeta. Pocos géneros musicales y de baile han logrado expandirse de esta forma, y aquí, como el que oye llover.
La mirada condescendiente de muchos colegas hacia esas personas que entregan lo que no tienen por una pasión me repatea. El flamenco de guiris tan manido por las lenguas de doble filo, los aires de superioridad que respiran, esconde algo más oscuro, el miedo a que te coman la tostada. Y como camarón que se duerme se lo lleva la corriente, en pocos años no van a necesitar a nadie porque sabrán desenvolverse solitos y muchos se quedarán «mirando pa’ Rota». Se ve venir. No hay marcha atrás. Los humos de ciertos elementos han obligado a que cada uno se busque la vida como puede y cada día se necesita menos lo que hasta hace poco era imprescindible, el referente patrio. Ya ocurrió hace mucho con las guitarras.
«Y si no, miren la plataforma en la que están leyendo estas líneas, comandada desde Vancouver por personas que profesan un respeto y amor auténtico por el flamenco. Se lo creyeron de verdad y están construyendo un barco que navega por todo el mundo con la enseña del flamenco, el estandarte del arte gitano, el pendón de la jondura, con mimo, cuidando los detalles, poniendo el corazón»
Pertenezco a una época en la que, cuando íbamos a Japón, se cargaban cuatro guitarras por cabeza para venderlas allí; sin embargo, hace mucho ya que son los japos los que vienen a España, prueban las guitarras y se las llevan, sin intermediarios, conocen bien el paño. Se acabó lo que se daba, negocio finito. Los cuadros de Shinyuku y Osaka también acabarán siendo autosuficientes. Así que, menos humos y al loro. Esa gente estudia y se prepara de tal modo que les suena la guitarra que no vea usted, bailan para comérselos, y cada vez cantan mejor. Alguien dirá, con razón, que es preciso respirar el aire de Cádiz, Sanlúcar, El Puerto y Jerez, Sevilla y Triana, Málaga y Graná, Córdoba, la llana, Jaén y Almería, las benditas tierras de Huelva, Almería y Murcia, Badajoz, Madrid, que es la corte, Barcelona. Pero quien dice eso se olvida de que ese aire cada vez está más viciado por las modernidades y no se diferencia tanto del que se respira en Nueva York, Moscú o la Roma eterna. Olvídense. En menos que se persigna un cura loco los guirijondos tomarán el relevo y las riendas de la cosa jonda y, mirándonos, dirán: si no tiráis del carro lo haremos nosotros. Pero, por mi madre de mi alma, que esto no se muere. Y si no, miren la plataforma en la que están leyendo estas líneas, comandada desde Vancouver por personas que profesan un respeto y amor auténtico por el flamenco, se lo creyeron de verdad y están construyendo un barco que navega por todo el mundo con la enseña del flamenco, el estandarte del arte gitano, el pendón de la jondura, con mimo, cuidando los detalles, poniendo el corazón. Personalmente, estoy orgulloso de pertenecer a esta familia y tengo puestas mis esperanzas en que todos los puertos que visitemos darán la bienvenida a una labor tan encomiable. Y tuvo que hacerse desde una ciudad que está a nueve mil kilómetros. A quien se le cuente no lo cree. Mitch y Jafelin Helten creyeron en el flamenco y han logrado embarcarnos a un grupo de profesionales para navegar por estos mares de Dios llevando la nueva del flamenco a todos los rincones del mundo, poniendo nuestro granito de arena en la labor que desde hace más de un siglo están llevando a cabo tantos y tantos artistas.
Gades me contaba que cuando estaba en la Compañía de Pilar López tardaban un mes en llegar en barco a Japón, trabajaban allí quince días y otro mes de vuelta. Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad y lo que ocurre en Torres Macarena se conoce en Lima una hora después, por mor de los que trabajan desde aquí para que así sea.
Siempre he sido un defensor de los guiris que aman el flamenco, lo viví muy de cerca durante una década y eso marca mucho. Hoy, pasados casi cuarenta años, nos encontramos con que el flamenco se respira en muchos lugares como si estuvieses paseando por el Barrio de Santa María, y no digan que exagero. Y si lo hago un poco, disculpen, el que guisa no es freidor. Y si todavía no ha ocurrido hoy, lo será… mañana.




















































































Es verdad. El flamenco ya no es esa cultura regional de antes y se ha convertido en un arte internacional, con seguidores y practicantes en todo el mundo. A mí no me gusta el término ‘guirijondo’, porque guiri es una palabra derogatoria para los extranjeros ignorantes. Yo prefiero hablar de flamencos de la diáspora o ciudadanos de Flamencolandia, ese país que no se encuentra en ningun mapa, pero que existe en todos los sitios donde los aficionados se reunen para celebrar ese gran arte que amamos tanto. Y no te preocupes, que os robemos el flamenco, porque Andalucía sigue siendo la tierra bendida, adonde todos queremos peregrinar para vivir el flamenco allí donde tiene sus raíces. Lo ha mostrado la última edición del Festival de Jerez, esa reunión anual de los flamencos del mundo. Con cursillos y espectáculos agotados y los bares y peñas llenándose de juergas sin fronteras. Espero que los andaluces estén orgullusos de que hayan creado un arte que deleita a tanta gente.
Me gusta flamencolandia, pero no se entiende como guirijondo. El sentido peyorativo ya no es tal, ha perdido la semántica del siglo pasado. Tienes razón con lo de que en Andalucía, y más concretamente en Jerez, se respira el flamenco fetén, esto lo escribo solo para «provocar» un poco, sin ánimo de ofender, por que «camarón que se duerme se lo lleva la corriente». Un saludo Marlies.
¡Huyamos de las «modernidades» y la uniformización! … que son una pena
interesante el artículo y parece que en España no todo el mundo se da cuenta del impacto que tiene el Flamenco en el resto del mundo…