El flamenco es un arte. En eso estamos todos de acuerdo. Hecho a base de melodía, la armonía que proporciona la guitarra, compás, ritmo y la forma musical que ordena las partes de un todo, hecho con los parámetros que conforman toda clase de música. Cada uno de estos parámetros se ha confeccionado con los hilos de las mil culturas que llegaron a Andalucía proporcionando la materia prima necesaria. Son pues, las raíces del flamenco tan variadas como tantas las personas que habitaron esa tierra bendita, tocada por el divino, elegida, prometida. Un conglomerado cultural único en el mundo debido a su estratégica situación geográfica, en el vértice entre Eurasia, África y América tras 1493, una encrucijada de la humanidad en toda regla. Causalidad, la ley en virtud de la cual se producen los efectos, por lo que de aquellas causas estos resultados.
El flamenco es el resultado preciso y precioso de la fusión cultural más elocuente y fascinante de las que en el mundo son. Y no exagero. Como gallego, no soy sospechoso de chovinismo. Es lo que creo y llevo muchos años convencido de ello. Nació producto de la alquimia más exquisita que pudo darse en tierra alguna. Mientras, en su cuna se discute sobre el porcentaje de las distintas contribuciones, tanto de gitano, tanto de gachó, tanto de africano, tanto de moro, tanto de castellano, tanto de oriental, tanto, tanto, tanto y tanto. Olvidando que la música, como la materia, ni se crea ni se destruye, solo se transforma, y en ese continuo proceso de transformación nuestro admirado género musical evoluciona sin cesar amoldándose al ir y venir de los tiempos, y los contratiempos. La sístole y la diástole que marca el paso a la evolución del flamenco ha vivido, y vive, cual péndulo que se desplaza de un lado al otro, épocas donde los gustos son inescrutables, tan pronto gusta una determinada forma de cantarlo, tocarlo y bailarlo como, pasado un breve periodo de tiempo, la afición se pirra por otra, a veces en las antípodas estéticas de la anterior. Después están los conservadores, los que se han hecho una idea desde pequeños de cómo va esto y no hay quien los mueva, firmes ante cualquier eco de cambio.
«El flamenco es el resultado preciso y precioso de la fusión cultural más elocuente y fascinante de las que en el mundo son. Y no exagero. Como gallego, no soy sospechoso de chovinismo. Es lo que creo y llevo muchos años convencido de ello. Nació producto de la alquimia más exquisita que pudo darse en tierra alguna»
En este artículo de fin de verano quiero describir la historia del género arriesgando, como siempre suelo hacer, a fin de vislumbrar cómo pudo haberse engalanado el flamenco para lucirse ante el mundo logrando, él solito, más solito que la una diría yo, día sí día también, y dejar boquiabierto al más pintado con sus soledades y alegrías, seguidillas y fandangos, tangos y tonadas.
Por mucho que queramos retroceder en el tiempo, siendo como es una música y baile de rotundo carácter romántico, forjado en el siglo XIX, no podremos ir muy atrás, no es posible hacer arqueología de lo jondo con un mínimo de rigor, aunque algunos lo han intentado, no podemos retrotraernos a la mítica cultura tartésica, ni a los turdetanos, ni siquiera a la romanización de Hispania, aunque ahí sí que podemos detenernos en la esencial contribución idiomática del latín, fuente principal de las lenguas románicas, entre ellas el español o castellano, no en vano el flamenco se canta, por ahora, mayoritariamente en este idioma. Otro hito esencial lo marca la religión cristiana. La primitiva liturgia bizantino-visigótica apuntada por Manuel de Falla en su escrito de 1922 con motivo del Concurso granadino, determinando la importancia del canto bizantino en la configuración de algunos aspectos del cante jondo, atribuyendo a Bizancio el germen oriental del cante, antes incluso de la llegada de los árabes a Al Andalus.
El pasado musulmán del sur de la península sirvió de modelo muchos siglos después a configurar el aroma oriental que la gitanería andaluza adaptó al cante jondo. También la forma de tañer el laúd fue evolucionando probablemente hacia el estilo barbero de rasguear y puntear la guitarra, de cuatro, cinco y, ya en el siglo XIX, seis cuerdas, la sonanta que llegó al pueblo probablemente en los años de los primeros polos, cañas y rondeñas, en los veinte y treinta del mil ochocientos.
La población negra marcará para siempre, cómo no, la música andaluza. Primero directamente desde África, como esclavos de los musulmanes, y después ya vía América. Hay estudios que lo han demostrado de sobra. La importancia del germen afro es esencial y constante durante siglos, lo que se ha denominado el Caribe Afroandaluz, y yo, ya puestos, prefiero llamarlo Caribe afroindoeuroasiático (no olvidemos la ruta Manila-México-Cádiz).
«Son las raíces del flamenco tan variadas como tantas las personas que habitaron Andalucía, esa tierra bendita, tocada por el divino, elegida, prometida. Un conglomerado cultural único en el mundo debido a su estratégica situación geográfica, en el vértice entre Eurasia, África y América»
Como digo, esencial, lo saben quienes me siguen, es el inicio de la Edad Moderna marcada por los descubrimientos colombinos. Como dijo Stephan Zweig, «en diez años se descubrió más que en mil». La música generada por esa nueva era impulsará de forma definitiva los acontecimientos musicales que dieron lugar, entre otras muchas músicas, al flamenco. Creo que el flamenco es un género de ida y vuelta y que sin la imprescindible contribución americana, desde y hacia Cádiz y Sevilla, no sería ni de lejos como hoy lo conocemos. Zarabandas, chaconas, folías y pasacalles, decenas de bajos de danzas y sus correspondientes ostinatos (cadenas de acordes) que supieron seguir, casi al pie de la letra, los estilos flamencos.
No menos importante fue el siglo de las luces, la reacción ante la cultura extranjera, francesa e italiana principalmente, abonó el terreno para que, principiando el siglo XIX, comenzarán a cristalizar los estilos, cual grito de indigenismo, como una exclamación de identidad ibérica, opuesta a las modas de pelucas y gorgoritos. Así se cantaba: «Vale más un respingo y un taconeo que todas las piruetas del minueto».
Ahí están los gitanos como principales protagonistas, ellos supieron mejor que nadie resumir tres mil años de historia en sus tonadas. La guitarra barbera proporcionó armonía, aire y compás. El baile bolero, tras afrancesarse, se agitanó para no desentonar con la nueva música. Ya lo dicen las seguidillas de la zarzuela El proceso de Can-can:
Dios echó en un puchero,
según se cuenta,
mucha flor de romero,
sal y pimienta,
después guindilla,
y salió de aquel pisto
la seguidilla.
Una flamenca pura
trincó er puchero,
y de la rebañaura
nació el bolero.
Mira si es verdad,
desde entonces me he quedado
la contrata de la sal.







































































Faustino Núñez no deja a nadie indiferente cuando explicita bien de forma escrita o ya en sus apariciones en conferencias sus dotes de estudioso del cante. En mi opinión, es una fuente de sabiduría que deja entrever sus grandes conocimientos en torno al flamenco. Forma parte de ese elenco formidable que tenemos de grandes estudiosos de nuestro arte.