Entre los estudiosos de los orígenes del flamenco, incluyendo a los más antagónicos, hay al menos un consenso claro: que esta música no surgió de la comodidad ni de la opulencia, sino de la precariedad, las fatigas, la injusticia, la rabia y el dolor. Tan es así que existe una identificación absoluta entre lo jondo y esa extracción social baja, que acaba derivando en una suerte de orgullo. El mismo al que apela Irene Olivares en el montaje que llevó ayer a la Sala Compañía de su Jerez natal, en el marco del Festival que se celebra estos días.
Con dirección, música y texto de Santiago Olivares, Paisaje flamenco andaluz con jonduras es al mismo tiempo una mirada a aquel tiempo germinal y un canto a Andalucía en la misma víspera del 28-F. Dos humildísimas sábanas tendidas en una rama funcionan desde el principio como telón de fondo y única escenografía, que recuerda en cierto modo al teatro popular de los años 60 y primeros 70, de fuerte aliento andalucista. Por esta escueta ambientación van a ir desfilando los artistas, entre los cuales van a asumir no poco protagonismo las voces, aunque sobre el papel se trate de un espectáculo de baile.
La selección de cantes tiende a enfatizar esa búsqueda de la raíz doliente del flamenco, ese “ahogarse en sangre para volver a nacer en la mismísima arteria donde confluyen todas las tragedias y alegrías universales del mundo”, al decir de la sinopsis. Eso pasa por un repertorio rico en pecios del fondo de la memoria, ecos añejos entre los que distinguimos la toná de Tomás Pavón, soleares de la Serneta, la petenera de Medina el Viejo, cantes de Levante o seguiriyas, entre otros.
«Irene Olivares, aunque dejó la sensación de estar demasiado tiempo fuera del foco, fue de menos a más para acabar aportando buenas muestras de su baile robusto, austero y esencial, acorde con la indumentaria oscura por la que asomaban unos zapatos de color rosa»

En cuanto a Irene Olivares, aunque dejó la sensación de estar demasiado tiempo fuera del foco, fue de menos a más para acabar aportando buenas muestras de su baile robusto, austero y esencial, acorde con la indumentaria oscura por la que asomaban, como una nota de color en medio del rigor cromático, unos zapatos de color rosa.
No resultaron particularmente enriquecedores los monólogos intercalados, que venían a subrayar aún más el mensaje ya comentado, esa épica de la pobreza en torno a la cual gira la propuesta; ni el sentido rap de El Borzo, como un reflejo actual de aquel espíritu reivindicativo de “tierra y libertad”, pero que al no interactuar con los otros músicos queda un tanto descuadrado.
Puede que el conjunto necesitara un repaso general o lijado en cuanto a ritmos, transiciones y cohesión, pero a mí me dejó cavilando en torno a algo que no tiene tanto que ver con lo artístico como con la dimensión social de este trabajo. ¿Qué queda de aquella Andalucía rural, de las manos encallecidas y los campos regados con sudor? Me temo que la inmensa mayoría de los andaluces vive completamente ajena a esa realidad, y que hoy serían sobre todo los inmigrantes, subsaharianos en su mayoría, los que mejor podrían hacer suyo el mensaje. ¿No deberíamos actualizar nuestra idea de Andalucía, preguntándonos sobre las posibles nuevas lecturas de esas viejas letras? ¿Podría hablar hoy el flamenco por boca de quienes no pueden decir ay?
Ficha artística
Paisaje flamenco andaluz con jonduras, de Irene Olivares
XXX Festival de Jerez
Teatro Villamarta de Jerez
27 de febrero de 2026
Baile: Irene Olivares
Dirección, música y texto: Santiago Moreno
Cante: Eva del Cristo, Wilo del Puerto
Rap: El Borzo de Jerez
Violonchelo: Sofía Torres
Palmas: José Peña
Artista invitado: José de los Camarones, Paco Moyano (cante)






















































































