¿En qué momento se jodió el Perú?, se pregunta el alter ego de Vargas Llosa en su novela Conversación en La Catedral del año 1969, buscando el momento en que su nación entró en caída libre. Si esa misma cuestión la planteamos en relación al flamenco… ¿En qué momento se jodió el flamenco? ¿Cuándo empezó España a renegar de su expresión musical y bailable más culta (plena de cultura) y exquisita? Pienso en esto tras la lectura de la última novela del Nobel recién fallecido titulada Le dedico mi silencio, deliciosa. El insigne escritor peruano insiste ahí en cómo la música puede ser el vehículo principal para unir al pueblo del Perú, necesaria para superar los traumas que resultan de aplicar unas políticas nefastas y de los crímenes cometidos por los muchos iluminados que poblaron el país. El poder sanador de la música, su capacidad integradora, superando clases sociales, aunando el espíritu de un pueblo mestizado por la historia, una comunidad cultural que se refleja perfectamente en las marineras, huaynos y, sobre todo, en los preciosos valses, seña de identidad peruana y representación máxima de su carácter comunitario. Algo parecido a lo que fue el flamenco principiando el siglo XX, cuando en toda España florecían los cafés, colmaos y teatros que contrataban a los artistas para comulgar todos juntos en una suerte de celebración musical que a todos puso de acuerdo.
Como digo, la lectura de la citada última novela de “Varguitas” me lleva a pensar si el flamenco pudo también cumplir una función integradora entre los españoles, un lenguaje de música y baile con el que todos se sintieron identificados dejando aparte las diferencias. El ayeo sanador, el grito que recuerda las penurias a la vez que silencia los desacuerdos, el batir de palmas y pies que aúna y no divide, los rasgueos que pellizcan, acabando para siempre con las diferencias que a ningún lugar llevan. Entonces, como cantó Serrat, llegaron ellos, la Guerra Civil, la dictadura, el enfrentamiento entre hermanos. Ahí el flamenco y cualquier expresión tradicional fue usada por los vencedores para afianzar la identidad y eso acabó marcando el devenir de nuestra mejor expresión a través de la música y el baile. Medio siglo después de la muerte del dictador parece que aún no hemos superado la herida, y para muchos españoles el flamenco sigue siendo la música de la dictadura. Y si no, vengan a mi tierra y pregunten. Parece mentira que el país donde menos gusta el flamenco sea el que lo vio nacer. A quién se le diga, no lo cree. Imaginan ustedes a un austriaco renegando de Mozart, o a un alemán renegando de Wagner. Aunque en el caso de este último, el hecho de haber sido el compositor preferido de Hitler también viene corriendo semejante suerte a la del flamenco. Qué culpa tendrá Wagner de a quién guste o deje de gustar.
«Medio siglo después de la muerte del dictador parece que aún no hemos superado la herida, y para muchos españoles el flamenco sigue siendo la música de la dictadura. Y si no, vengan a mi tierra y pregunten. Parece mentira que el país donde menos gusta el flamenco sea el que lo vio nacer»
A lo que vamos. Por cuestiones estrictamente políticas, el flamenco, que es una expresión musical andaluza, en las tres últimas décadas del siglo XX ha estado a punto de ser olvidado por las gentes de su país, lo que nos lleva a pensar que fue aquel patriotismo de pega el que acabó jodiéndolo. Los vendedores de humo a la juventud de los setenta parece que tenían el encargo de dar la puntilla a este género de música. Me contaba Josele, el de Los Payos, que Joaquín Luqui sacó su éxito María Isabel del número uno de Los Cuarenta Principales ya que llevaba demasiadas semanas, y ese puesto le correspondía a una canción inglesa. ¡Pa’ llorar!
¿Superaremos el estigma? Aún queda mucho por hacer. Por ejemplo, lo llevo diciendo desde hace muchos años: ¿en qué cabeza cabe que en el Conservatorio Superior de Madrid en 2025 no tenga una cátedra de guitarra flamenca? Es de locos. Una anomalía sin parangón, inconcebible en cualquier otro país del mundo. El mundillo cultural, ese que desgasta los pasillos del Ministerio de la Plaza del Rey, lleva décadas dando la espalda al flamenco. Las pocas ayudas que recibe jamás podrán pagar la deuda que la cultura española tiene con el flamenco, marca España de la mejor calidad, solo comparable a nuestros vinos y, por supuesto, al jamón. La guitarra española lleva siglos dando vueltas al mundo llevando lo mejorcito de nuestra cultura, pero una legión de “culturetas de medio pelo” se dedican a ningunear el flamenco y solo lo utilizan para ocultar sus propias carencias. Ni les gusta, ni lo entienden. Lo he visto mil veces. Como aquel día en Brasilia, cuando la embajadora, después de la cena de lujo que nos ofreció a los treinta y seis miembros de la Compañía Antonio Gades, al concluir la función en la capital de ese continente que es Brasil, le soltó al maestro, sin cortarse: Antonio, baila un poquito, ¿no? (qué poco diplomática).
«La élite jonda se resiente porque quiere que el flamenco continúe siendo algo de “nojotro, y solo pa nojotro”, y no gustan de que “la plebe” se acerque cada día más a la expresión más genuina de las que se cultivan en la piel de toro. Dejarían de ser élite y entonces a ver qué hacemos»
Por suerte, los nacidos después del ‘75 cada vez en mayor número escuchan el flamenco sin la tara en el oído (o en el cerebro) que a otros les impide apreciar el flamenco en toda su dimensión artística. Un género que rezuma lo español por los cuatro costados, aunque cada día es más y mejor aceptado; a los que les repele ahora se lo callan, conscientes de estar haciendo el ridículo, e incluso muchos acaban convirtiéndose al “flamenquismo”. De todos modos, la élite jonda se resiente porque quiere que el flamenco continúe siendo algo de “nojotro, y solo pa nojotro”, y no gustan de que “la plebe” se acerque cada día más a la expresión más genuina de las que se cultivan en la piel de toro. Dejarían de ser élite y entonces a ver qué hacemos. A muchos les disgusta que el flamenco enamore cada día a más gente. Los guiris, los benditos guiris, que sin ellos no estaríamos aquí hablando de flamenco, o ni siquiera existiría porque nos lo habríamos cargado; esos guiris son legión y cada día siguen acercándose a la expresión musical más representativa de la identidad española, sin miedo al qué dirán. Pero entre los españolitos de a pie aún hay un trecho largo que recorrer.
Que en la Televisión Española, la de todos según se proclama a los cuatro vientos, no exista un programa de flamenco es inaudito. Siempre recuerdo lo que me pasó en Buenos Aires. Llegamos al hotel a las dos de la tarde, encendí la televisión y, cómo no, tango. Después de descansar un rato, al Teatro Colón, función, cena, risas, y vuelta al hotel. Y en la televisión seguía el programa de tango. Hasta que descubrí que no era un programa, era un canal de tango, 24/7/365. Y aquí, cuando Poveda presentó con Soleá el último espacio dedicado al flamenco en TVE, no tardaron en salir los culturetas protestando: «Ya está bien de flamenco, ¿no?». No tenemos arreglo. O sí. Dios dirá. A ver con el nuevo Papa, que es medio peruano, de Chiclayo, precisamente, de donde era el guitarrista que inspira la citada novela de Vargas. Qué apellido más flamenco.








































































Por desgracia es así. Tal cual.
Pero los llamados puristas parecen que no quieren que nuestro flamenco avance!! Aunque yo soy de la opinión de que para aprender o entender algo de flamenco hay que escuchar si o si, a Pastora, Mairena y Tomás. Además de muchísimos otros, desdeManuel Torre, a Joaquín de la Paula, Manolito María, o esa caída que hacía María Bala, Zepero, Vallejo, y un sin fin de cantaores y cantes de este veneno tan bonito que se llama FLAMENCO.
Pero pienso que esos puristas para los que ya está todo inventado y reniegan siquiera a escuchar o estar al día de lo que va saliendo. Dejaría de estar el flamenco tan vivo como está. Se quedaría el flamenco como se quedó la jota o tantos cantes llamados regionales. Músicas muertas y ancladas en el pasado.
Existen los Sirderas, Terremotos, etc etc.Jerez, Utrera, Lebrija, Triana, Alcala. Etc ect ect. Además de la grandisima riqueza de palos que tiene. Que hay una gran mayoría en deshuso. Tengo la suerte de ser puristas, y en las peñas se escuchan algunos palos más. Porque hoy para escuchar una declaración o una murciana es casi imposible. El cante hoy día se mueve entre unos pocos de palos y por supuesto, cantes festeros.
Un saludo flamenco
Viva el flamenco por siempre!!!