Es una de las voces más autorizadas del Festival de Jerez, posee una gran experiencia y conocimientos de sobra para elaborar un análisis certero de lo que se pone encima de las tablas del Teatro Villamarta cada jornada. Si en el silencio de la noche, en la oscuridad del patio de butacas, escuchan un ole a tiempo, seguramente venga de la fila 16, donde se sienta El Gómez de Jerez. No siempre suena, eso quiere decir que no le está haciendo mucha gracia la cosa. Por el contrario, si su singular metal resuena con fuerza es que la función está yendo por buen camino, que está emocionado.
Suele llegar al Bar La Manzanilla alrededor de las siete y media de la tarde, una hora antes de que comience el espectáculo. Allí se sienta normalmente en la misma mesa, en la silla de esa mesa queremos decir, en la esquina de calle Mesones con Vera Cruz, y por ahí desfilan compañeros de la prensa, artistas o peñistas para saludarlo. Es uno de los iconos del Festival. Se toma una copa de amontillado y para adentro, con su bastón y su estilo jerezano. «Está usted siempre muy elegante», le digo. «Eso lo dirás tú», responde. A veces lleva gafas de sol, corbata, pañuelo o saca unos zapatos distintos a todos los que se ven. Tiene alma de artista y lo reflejan sus maneras, sus ademanes o gestos.
El cantaor jerezano nació en 1952 y se subió al escenario por primera vez con 15 años, cuando se le conocía como El Macarenito. Si quieren conocer todos los detalles que se pueden contar de su vida artística no dejen de leer el libro De Chipén, sin ojana, del periodista Fran Pereira (también actualmente presidente de la Cátedra de Flamencología de Jerez). No sabemos cómo pueden caber tantas anécdotas en esas páginas hablando de la misma persona, aunque es lógico comprobando la relación artística que Antonio, como se llama realmente, ha mantenido durante décadas con Mario Maya o Antonio Gades, dos de sus máximas influencias. Con Gades, sobre todo, dio la vuelta al mundo y se hizo cargo de sus secretos inconfesables, eran mucho más que compañeros. Formó parte de obras como Carmen, Bodas de Sangre, El Amor Brujo o Fuenteovejuna, con incursiones cinematográficas. Conoce todos los países del mundo, más o menos, formó parte de los tablaos de Madrid o Marbella… Y tantas cosas más.
«El Festival me da vida. Veo lo que se está haciendo y compruebo que Antonio Gades estaba adelantado a su tiempo, más adelantado que el AVE. Me gusta estar al tanto de cómo está la danza y cuando entro al teatro me emociono. Es mi vida y no puedo vivir sin estar aquí»

Hace ya unos años que se retiró de los escenarios y vive en su tierra, ahora siendo testigo de los acontecimientos flamencos a los que suele acudir con frecuencia. «Cuando volví a Jerez me hice amigo de Isamay (antigua directora del Festival) y contó conmigo para asesorarla en algunos asuntos, formar parte del jurado para los premios, y aquí sigo», comenta para este medio. «El Festival me da vida, veo lo que se está haciendo y compruebo que Antonio Gades estaba adelantado a su tiempo, más adelantado que el AVE. Me gusta estar al tanto de cómo está la danza y cuando entro al teatro me emociono, es mi vida y no puedo vivir sin estar aquí», expresa con pasión.
Ha ido viendo crecer la muestra con nombres destacados como «Marco Flores o Manuel Liñán, que empezaron de chavales y ahora están en lo más alto», reconociendo que «me fijo en todos los detalles, incluso en el fallo, aunque a veces es difícil de encontrar». Según él, el cantaor que canta para el baile debe tener un «sentido del compás, tener buena voz y conocer muy bien al que baila. El cantaor debe cantarle a ese bailaor y no a otros tantos, porque no terminará de conocerlo como debe en el escenario. Yo conocía a Gades hasta durmiendo después de treinta años». Además de opinar en este sentido, o sea, votar el Premio al Cante de Acompañamiento que otorga la Federación Local de Peñas, su opinión es importante para el Premio Revelación del ciclo de Peña en Peña: «Se está apostando ahí por los nuevos talentos y es muy importante porque deben tener espacio».
En cuanto a un espectáculo de baile, El Gómez echa de menos en alguno de ellos «la falta de coreografías. Una cosa es bailar una seguiriya o una soleá, pero eso no es una obra. Hace falta ritmo y continuidad, saber utilizar los medios y herramientas que tienes. A tus compañeros de escena darles un sitio y que sepan qué tienen que hacer. Eso es un espectáculo», concluye.















































































