«Voy pa dentro». Solo tengo que decir tres palabras ante el tumulto de aficionaos en la cola de la Peña Flamenca Torres Macarena y Aurora Reguera me recibe saludándome con una sonrisa eterna en la taquilla. Sé que allí tengo mi sitio, donde siempre. En la esquina que da al pasillo de la tercera fila a la izquierda del escenario, desde donde me revuelco de placer cuando la actuación es buena o me arde el culo en el asiento si los artistas no dan la talla. Pero ese día no estaba ella de portera. Ya andaba en los camerinos con un saco de nervios, una espuerta de soplos de ternura y una talega de sensibilidad esperando en su garganta.
Era su puesta de largo en esta ensolerada casa, la suya. Un recital para ella. Aficioná empedernía, música profesional, humilde, simpática, todo corazón, como se transparentaba por el tul de su vestío blanco inmaculao, rebosante de ilusión y pureza, de las de verdad, de esas que no necesitan justificación. Cantó, tocó y acompañó al cante y al baile.
Se auguraba un acontecimiento. Porque allí todos la queremos. Y estábamos deseando ver qué tenía guardado en sus entretelas para sorprendernos. No dio más que lo que siempre se le trasluce: terneza, afición, conocimiento. Pero sorprendió su destreza con la flauta y el gusto con que meció lo melódico o lo cosió a arremetías en los pasajes de enjundia. Pegó pellizquitos. Con sus labios posados en la boquilla y cuando abrió sus comisuras para entonar unos cuantos tercios de cante bien sentío. David El Galli no la dejó sola. La arropó con su nuez caliente de cristalitos rotos que arañan los centros. Su amiga Kotoha demostró una vez más que no importa que se nazca en Japón si se tiene el corazón flamenco, porque bailó acompasá, con gracia y luciéndose en unas cuantas recogías, ya fuera por alegrías, aunque le costó un poco más, o en la solemnidad de una soleá vibrante donde paseó y se paró como se debe. Le echó reaños al asunto pisando fuerte. Regaló un braceo elegante, movió bien el vestío y supo poner el gesto que le corresponde a cada palo, sabiendo lo que hacía y entregándose con la responsabilidad que pertenece, el respeto necesario y la dignidad de quien pone sobre el entarimao todo lo que puede. Amador Gabarri tocó con una pulsación envidiable, el compás que pedía cada instante y la flamencura que lo viste, derramando cal desde su Utrera a Morón, donde El Galli ha cultivado el paladar que empuja desde las tripas por su bendito tragaero, ese que nos estremece por más veces que lo escuchemos retorciéndose sobre la silla de enea.
«Aurora cantó con la flauta, jugando con los semitonos y las cadencias. Se reconocían los giros, sopló con delicadeza la queja dulce. Lo hizo acordándose de los viejos. Se nos vinieron a la mente las letras rancias, los estilos de siempre, la veneración por la raíz»
No se me encoge la lengua sin caer en la mala leche si se diera el caso de soltar por esta boquita cositas feas a pesar de la amistad. Pero los que allí estuvieron pueden corroborar que fue una actuación entrañable y de sobrada calidad artística. En lo musical y en lo estrictamente flamenco. Está claro que Aurora aun está verde y que Kotoha también tiene que perfilar su propuesta. Pero agradaron con holgura en una actuación singular.
No es habitual escuchar la flauta en un espectáculo flamenco. Aunque se dan honrosas excepciones, como la de Juan Parrilla. Y en la historia de este género y «sus derivados», como diría Fernando el de la Morena, conocemos algunas incursiones. Más quizá con el saxo –desde el Negro Aquilino a Jorge Pardo–. Siempre recuerdo la anécdota que me contó el guitarrista Ricardo Miño, que vio su verano arruinado por la estrechez de miras a la ‘vanguardia’ o los experimentos que poco le gustaban al representante artístico Pulpón, que los dejó sin un montón de festivales por la ‘osadía’ de incluir en su función al flautista y saxofonista Luis Fatal con la bailaora Pepa Montes, pareja sentimental del tocaor. Pastora Filigrana ya lo dijo en su magnífica y amena presentación del recital. No solemos ver en los cuadros este instrumento. Y no desentona en absoluto. Parece que siempre hubiera estado ahí. Más aún con la soltura con la que Aurora lo toca.
Cantó con la flauta, jugando con los semitonos y las cadencias. Se reconocían los giros, sopló con delicadeza la queja dulce. Lo hizo acordándose de los viejos. Se nos vinieron a la mente las letras rancias, los estilos de siempre, la veneración por la raíz. Y luego lo apostilló con el cante, mirándose en La Niña de los Peines y las hechuras frescas que se llevan hoy.
Salió desde el camerino Aurora tocando la flauta, descollando el blanco de su ropaje. Y desde ahí hasta la calurosa ovación del respetable, alternó el cante acaramelao de su voz sedosa y nueva con las caricias jondas del instrumento. Aires levantinos, El Galli acunando los tientos tangos, al alimón después con Aurora, sensible y virginal. Alegrías para el baile trinando con la flauta a los pies y contoneos de Kotoha. Livianas y seguiriyas, falsetas dolientes de Gabarri, gañafones de El Galli y en el macho de Los Puertos lloró las ducas Reguera. La soleá jirió en los melismas del moronense. Y kotoha se contagió parando el baile. Sonó acampaná la de La Andonda, la flauta muy flamenca y el remate por bulerías principió por Lebrija y acabó donde les dio la gana. Se subieron las amigas para la patá de fin de fiesta y el templo del flamenco aplaudió con entusiasmo y merecidas razones a quien cada noche abre las puertas del santuario jondo de Sevilla para recibir a la afición. Todo se lo dedicó a su abuelo. Bien, Aurora.
Ficha artística
Empeñados por Sevilla – Recital de flauta flamenca de Aurora Reguera
Ciclo de la Unión de Peñas de Sevilla
Peña Flamenca Torres Macarena, Sevilla
9 de junio de 2025
Flauta y cante: Aurora Reguera
Cante: David El Galli
Baile: Kotoha Setoguchi
Guitarra: Amador Gabarri























































































































