El baile de Adela Campallo me pilló desprevenío. Me dejó las carnes a jirones, llenitas de arañones y cardenales. Y además de uno de los aplausos más largos y sonaos que yo he vivío en Torres Macarena, se llevó entre los volantes del vestío una espuerta de oles y las palabras de mi boca. ¿Y yo ahora qué digo, si he malgastao con alegría un puñao de piropos repartíos? Vino Adela a descubrirme, me dejó múo. Porque cualquier intento de bosquejar su estampa se queda corto y transparenta la torpeza de mi pluma quedando en limitante ofensa describirla con un manojo de letras. Su baile hay que vivirlo, dejarlo que te atraviese y te estremezca, que te rebañe por dentro con el lamento negro de la seguiriya y la soleá punzante para aliviarte después con una juerga por bulerías. Adela formó la revolución. Zamarreó los pilares de la peña y a los aficionaos. Los despertó del letargo para anunciar que sigue aquí y que ella es, probablemente, la bailaora de Sevilla.
La guitarra de su hermano Juan Campallo tuvo parte de culpa, porque tocó pa enmarcarle sus deos, echando a hervir al respetable, que vivió un atracón de jondura y sensibilidad con la sinfónica de pellizcos que tiene entre sus manos. Eso fue el colmo. Si de costumbre ya toca bien, esa noche lo poseyeron las musas y se abandonó inspirao, se despellejó las yemitas y hasta las telillas del corazón. Por lo que llevan arrastrao. ¡Qué sabe nadie!
Abrió el llanto de la guitarra. Juan se fundió con las curvas del ciprés y habló solo con ella, en la intimidad desnuda de un escenario, mirando a los ojos de la bajañí, sacándole con sus cosquillas los trinos escondidos que nadie encuentra. Él conoce los rincones de la música que aguardan las caricias que la levantan. Y nos regaló el diálogo inédito entre un alma noble y su guitarra.
«Su baile hay que vivirlo, dejarlo que te atraviese y te estremezca, que te rebañe por dentro con el lamento negro de la seguiriya y la soleá punzante para aliviarte después con una juerga por bulerías. Adela formó la revolución»
La terna de los quejíos la dibujaron los bronces de Jonathan Reyes, las mecías suaves de Antonio Amador y los terruños de cristalitos hirientes de David El Galli, entregaísimos a los pies de Adela, crecíos con las cuerdas de Campallo y sus campallerías, rebosantes de gozo por prestarle sus gargantas a la cintura de la bailaora.
Juan se sacó de la manga una introducción por alegrías que puso guirnaldas de colores al compás. Y lo dejó servío para que pasearan por Cádiz y que Antonio flirteara con el mirabrás, Jonathan espurreara sal y El Galli se acordara de Sanlúcar con Las Mirris y hasta endosara en la amalgama un par de fandangos de Lucena cuyos tonos de transición los calcó Campallo a la sonanta sin temblarle el oído.
Llegó el perfume a clavito y canela por el tragaero de Jonathan. Los bordones de Campallo se alinearon por seguiriya. Desde el camerino surgió la imagen de Adela como una advocación de la Virgen que, a la voz interior de ‘menos paso quiero’, parecía La Esperanza en silencio para subir a los maderos del templo del flamenco de Sevilla. Los vellos de punta y aun no se había recogío el vestío. Anduvo con aplomo y gallardía hasta rajar las tablas de flamencura con esa cara divina, sus caderas, un braceo exquisito, fuerza en los pies y unos marcajes potentes con quintales de trapío. Dolió el llanto seguiriyero, se me clavó hasta el tuétano, dándome repelucos al verle el rostro a las ducas que pintó Adela en el baile. Los cantaores lloraron con ella, mascando los envites, desgañitándose ante semejante demostración de empaque. El baile de verdad también hiere. Adela me lastimó el izquierdo y dejó a media peña llorando, literalmente. Ya lo dijo aquel: «Se trata de transmitir». Yo entregué la cuchara.
Por tarantos y abandolaos prosiguió el cante a la espera de la bailaora. Se hizo la soleá con bulería en el remate. Y ya andaba yo derretío y magullao, ronco de arrojarle oles y con el corazón compungío atorándome en el pecho porque penitas y alegrías no cabían más. Paseó con solemnidad, jugó con los tiempos, lo hizo elegante, sentío y personal. Único. Erigió un monumento al baile sevillano según Adela, tradicional y fresco, con desplantes solo suyos, con diez mil matices diferentes que llevaban su apellido. Le bailó al cante y a la guitarra, a sus pesares y a las cosas bonitas de la vida. No pensó el baile. El baile la pensó a ella y surgió el duende.
«Ya andaba yo derretío y magullao, ronco de arrojarle oles y con el corazón compungío atorándome en el pecho porque penitas y alegrías no cabían más. Paseó con solemnidad, jugó con los tiempos, lo hizo elegante, sentío y personal. Único. Erigió un monumento al baile sevillano según Adela, tradicional y fresco, con desplantes solo suyos»
Los pies definidos y rotundos. La pose justa. ¡Qué manera de mover los volantes y pegarse dos patás! Se desfiguró dentro de la elegancia cuando el cante la retorcía y perfiló los dibujos rayando las aristas de sus mudanzas. Lo dejó claro. Desde el tacón a los hombros, del cuello al flequillo… Flamenca como ella sola, distinta, espontánea, dulce, racial, sentía… Adela Campallo, solo Adela.
Y terminó por bulerías meneando el culo sin obscenidades, femenina y guasona, risueña y sensual. Cuajaíta de recursos que le brotaban con la naturalidad de la que lo lleva en vena. No imitaba a nadie y bebía de todas para cambiarle el cauce a los ríos. El fin de fiesta se hizo de rogar. No se atrevían a subir después de aquello. Pero sus amigos Juan Tomás de la Molía, Águeda Saavedra, Mercedes de Córdoba y Carmen Ledesma dejaron la resistencia en sus sillas y la acompañaron para celebrar el triunfo que se selló con uno de los aplausos más extensos que recuerdo en esta peña. No fue pa menos.
Ficha artística
Recital de baile de Adela Campallo
Peña Flamenca Torres Macarena, Sevilla
3 de octubre de 2025
Baile: Adela Campallo
Cante: Jonathan Reyes, Antonio Amador y David El Galli
Guitarra: Juan Campallo































































































