Conversar con José Maya es traducir las palabras a cualquier expresión artística. La música, la pintura, la religión… forman parte de su existencia vital y también de Color sin nombre. La obra con la que clausuró la Suma Flamenca 2022 en los Teatros del Canal, y con la que va a demostrar en Jerez que la educación que uno recibe en casa transciende a la trayectoria del propio artista y también a la experiencia del público. La obra de Mark Rothko evoca los sueños de José Maya, que a través de la danza y las artes visuales nos invita a un viaje por el interior de la universalidad de las emociones humanas y del propio flamenco.
– ¿Cómo surgió la idea de este Color sin nombre?
– Soy un gran aficionado a la pintura en general, a la renacentista, barroca y también a la del siglo XX. Hay un pintor que me conmueve mucho, Mark Rothko: el creador del expresionismo abstracto, y el principal exponente del Color Field Painting. A través de unos cuadros enormes en los que intentaba pintar campos de color, buscaba evocar emociones basadas en la tragedia, el éxtasis o la muerte como espacios silenciosos donde transmitir al espectador ese sentimiento. Al contemplar su obra despertaba en mí un sentimiento religioso y, sobre todo, mucha inspiración. Así fue como decidí hacer una performance con ocho de sus obras. La Capilla Rothko, situada al sur de EE. UU., es una institución independiente que funciona como capilla, museo y foro y en el que se llevan a cabo ceremonias de todos los credos, cursos y conferencias. Un espacio de meditación inspirado por las pinturas de Rothko, y puesta en marcha por dos filántropos y coleccionistas. Este artista era un gran intelectual, con una vida intensa, y una muerte trágica. Al arrancar la obra, en mi performance, aparezco ahí. Penetro en su obra, y sus cuadros se convierten en paisajes imaginarios de mi mente. Esta idea se la conté a unos amigos franceses fantásticos, genios de la creatividad digital, que empezaron a hacer un trabajo especialmente para mí, inspirados en ocho cuadros de Rothko. Crearon unos paisajes, un recorrido por donde viajamos por el agua, las montañas…, y acabamos en el cielo con las nubes. Es un viaje por todos los elementos.
– ¿Por qué le transmitía tanto Rothko?
– La pintura de Rothko está basada en el alma del flamenco. La tragedia, el éxtasis, la muerte… El flamenco también está lleno de espiritualidad. El espíritu, Dios, la muerte… En el flamenco existen todos los arquetipos: la muerte, los sueños, el sacrificio. Color sin nombre es un trayecto íntimo y personal acompañado de grandísimos artistas. Tengo mucha ilusión de poder hacerlo en Jerez. Jerez es la cuna del arte.
– ¿Cree que Jerez lo va a entender?
– Lo más importante de la obra es la emoción, porque lo que busca es trasmitir un sentimiento. Y hay muchas veces que los sentimientos no hay que adornarlos con tantas palabras, es algo muy emocional. Aprovecho además para poder bailar todo lo que a mí me ha conmovido en el mundo del flamenco, los cantes más antiguos, también la soleá más antigua, las de La Serneta, y haciendo también un repaso por el folclore del norte de España.
«Todo está creado. El único que puede crear es Dios, nosotros recreamos. Todas las músicas del mundo están conectadas, vienen del mismo sitio, de la profundidad del alma, de la profundidad de la tierra. Lo más importantes es tener conocimiento y poder hacer cosas con una base sólida, y con un respeto»
– ¿Folclore del norte de España?
– Sí, esta obra la comenzamos con el asturiano Rafael Jiménez Falo, que en esta ocasión no puede venir, pero que ha sido uno de los artífices de la composición de la música. En todos mis montajes cuento con él. Es un erudito de esa música jugando con inspiraciones que luego transforma. En esta obra contamos con algunas referencias del norte de España, como también tenemos de melismas árabes, judaicos. De hecho, el espectáculo empieza con el Kadish de Ravel: la música que se reproduce en los funerales judíos. Así comienzo en la Capilla de Rothko.
– Nuestra siguiriya…
– Sí, lo mismo Las culturas antiguas tienen las mismas raíces, vienen de lo mismo. Los cantes judíos, árabes, flamencos… Si le metemos la lupa nos damos cuenta de que no hay muchas diferencias y que estamos conectados.
– El sufrimiento siempre es sufrimiento.
Y sobre todo los que tratamos este arte. Es una manera muy honesta de transmitir ese mundo, esas vivencias auténticas.
– ¿Al flamenco le cabe todo?
– Sí, por supuesto, pero siempre con un respeto y un conocimiento. Todo está creado. El único que puede crear es Dios, nosotros recreamos. Todas las músicas del mundo están conectadas, vienen del mismo sitio, de la profundidad del alma, de la profundidad de la tierra. Lo más importantes es tener conocimiento y poder hacer cosas con una base sólida, y con un respeto. No se puede hacer cualquier cosa.
– Supongo que ya lo tendrá estudiado y pensado, pero está obra pide escenarios como museos, ¡a todos los niveles!
– Por supuesto. La idea era esa. Era una obra que yo quería presentar solo en museos y ahí estamos. Tenemos proyectos para poder hacerlo, pero mi primera idea era esa: poder presentarlo en espacios museísticos, porque se conjuga la danza, el flamenco y las artes digitales. Nos inspiramos en Rothko, no pongo los cuadros al lado y les bailo.
«Tengo la suerte de haber nacido en una familia de artistas e intelectuales gitanos. Mi padre es escritor. Mi tío es director de teatro clásico. Mis tíos, pintores abstractos figurativos. Siempre he vivido en un mundo fantástico criado en el arte y, por supuesto, en la religiosidad. Para mí, bailar es estar lo más cerca de Dios»
– ¿Esta obra es en la que va a trabajar o está en paralelo con otros espectáculos?
– Esta es una de mis obras más importantes. Ha tenido éxito y ha gustado porque es una obra moderna, diferente, vanguardista, pero muy flamenca. Pero cuento también con otro espectáculo, Liturgia, que lo hago solo en iglesias. Hace años inauguré el Festival de Jerez en la Iglesia de Santiago con esta obra. Éramos solo voces y un chelo. También tengo otra obra: Lejano. Cada propuesta tiene un matiz distinto.
– Flamenco, pero el “marco” de José Maya siempre tiene que ver con el arte en todos los sentidos.
– Totalmente. Soy coleccionista de arte y una de las cosas que más me interesan es la pintura. También la poesía, el alma humana y la música universal. La clásica, árabe, judía… De todo ello hago una amalgama para contar algo muy sencillo, porque no hace falta hacerlo complicado: cuanta más simplicidad, más interesante. Pero siempre, es verdad, estoy rodeado de un mundo de la historia, de la memoria y del arte.
– ¿Cómo ha llegado su vida personal y profesional a este mundo tan onírico?
– Tengo la suerte de haber nacido en una familia de artistas e intelectuales gitanos. Mi padre es escritor, mi tío es director de teatro clásico, mis tíos pintores abstractos figurativos… Siempre he vivido en un mundo fantástico criado en el arte y, por supuesto, en la religiosidad. Para mí, bailar es estar lo más cerca de Dios. ♦




































































































