La urgencia informativa por la pérdida de Luis Soler Guevara nos ha hecho desatender, obviamente, la inmediatez del treinta aniversario del adiós de Antonio Ruiz Soler, el genial Antonio, que nos dejó el 5 de febrero de 1996 en Madrid, un olvido que nos pone cara a cara con la realidad.
En la época contemporánea le rendimos honores en el XIII Ciclo Conocer el Flamenco, de El Monte, durante el primer trimestre de 1998. Lo perpetuó en el Teatro de la Maestranza hispalense la Compañía Andaluza de Danza, con la dirección de José Antonio, el 13 de noviembre de 1999; quedó vinculado al Conservatorio Profesional de Danza de Sevilla, cuando el 3 de noviembre de 2006 fue bautizado con el nombre de Antonio Ruiz Soler, e, igualmente, fuimos testigos, allá por octubre de 2021, de la conmemoración que en Granada, adelantándose al centenario de su nacimiento en Sevilla, escenificó el Ballet Flamenco de Andalucía bajo la dirección de Úrsula López.
Hoy lo evocamos en ExpoFlamenco porque estamos obligados a recordar lo que fuimos para saber lo que queremos ser y hasta dónde podemos llegar. Es el aforismo al que nos agarramos a fin de retener a Antonio, la gran figura de hombre de aquella época dancística que comprende desde la incivil guerra española hasta el decenio de los setenta del pasado siglo.
En su haber, el referente inexcusable de la sevillana calle del Rosario que compartió escenario con la maestra Rosario por espacio de 22 años, acunaba el aprendizaje de clásico español con el maestro Otero, escuela bolera con Ángel Pericet y flamenco con Frasquillo. También destacó en el cine y creó en 1952 el Ballet de Antonio, sobresaliendo por la grabación por vez primera del baile por martinete a ritmo de seguiriya, filmado debajo del Arco del Tajo de Ronda, al que sucederían el montaje de la Suite de Sonatas, del Padre Antonio Soler, El sombrero de tres picos o Capricho español.
En 1956 estrenó en el Teatro Palace, de Londres, su más lograda creación flamenca, La taberna del toro, donde bailaba su hermana Encarnación al compás de Chano Lobato. Dos años más tarde figura en la película Luna de miel (1958), de Michael Powell, donde Antonio da vida al espectro de El amor brujo y de la que destaco su zapateado y el taranto, siendo por demás quien entregó a Antonio Mairena la II Llave de Oro del Cante en el Alcázar de los Reyes Cristianos, de Córdoba.
El 16 de junio de 1978 inicia en el Teatro Lope de Vega, de Sevilla, una gira de despedida con el espectáculo Antonio y su Teatro Flamenco, lo que nos obligó a revisar su obra coreográfica de la que, aparte de las citadas, anotamos sus versiones de bailes de palillos como el Bolero robado, Boleras de medio paso y las Malagueñas boleras; Sonatina y Fantasía galáica, ambas de Ernesto Halffter; Jugando al toro, de Cristóbal Halffter; Allegro de concierto, de Enrique Granados, o Serranos de Vejer, de García Soler.
Su genio creador asoma también en el Fandango de Candil y las Danzas V, X y XI, de Granados; Estampa flamenca, Paso a cuatro, de Sorozábal; El amor brujo y La vida breve, de Manuel de Falla, y Suite Iberia, de Albéniz, amén de La casada infiel, que hizo para María Rosa, a la que también le coreografió la sinfonía sevillana de Turina, El Rocío, una de sus últimas creaciones estrenada el 23 de abril de 1987 en el Teatro Monumental de Madrid.
«Desde la óptica estrictamente flamenca, Antonio posibilitó al mundo la gestación del cante atrás, así como el periódico en la guajira, la utilización de la capa para la caña… (…) Fue el primero en coreografiar el martinete y dejó un estilo de zapateado que, por su sonoridad y virtuosismo, ha quedado como modelo para la historia»
Escenógrafo y luminotécnico excepcional, Antonio acercó el ballet español al clásico, al tiempo de mostrar un dominio inusual de la escuela española y flamenca. Su ballet, que se llamó en etapas sucesivas Antonio Ballet Español, Antonio y sus Ballets de Madrid o Recitales de Antonio, fue durante más de seis lustros el más prestigioso espectáculo de España en el mundo, incorporando a las más importantes figuras y haciendo un alarde de creatividad tan espeluznante que no tuvo rival.
Abundamos en ello porque forjó un lenguaje insólito para la apropiación del espacio escénico. Reivindicó la disciplina y la elegancia para fortalecer la estética dancística. Difundió el dominio en la subida de los brazos y el movimiento de la cintura en el hombre, y creó, en suma, una escuela irrepetible que, aun partiendo de postulados clásicos, incorporó el ballet español – folclore, flamenco, escuela bolera y clásico– a la categoría de ballet internacional.
Se erigió, mismamente, en el bailarín más completo de todos los tiempos, ya que, con su impuesta disciplina y su dominio escénico, llevó personalmente la dirección, el montaje, la escenificación y la coreografía de sus ballets con un impresionante balance de participación artística, musical y plástica, al par que fue presentando las innovaciones más logradas de la segunda mitad del pasado siglo.
Desde la óptica estrictamente flamenca, Antonio posibilitó al mundo la gestación del cante atrás, así como el periódico en la guajira, la utilización de la capa para la caña, de inigualable inspiración, y su farruca del molinero, de El sombrero de tres picos, que estrenó a finales de 1958. Fue el primero en coreografiar el martinete, su más fecunda creación ya citada, y dejó un estilo de zapateado que, por su sonoridad y virtuosismo, ha quedado como modelo para la historia.
Como aportaciones ahí están, igualmente, los tanguillos, alegrías, tangos de Cádiz y Triana, taranto, serrana, las cabales de Silverio, seguiriyas, soleares, caracoles, el zorongo en aires de tango lento, fandangos por verdiales, nana y la saeta. Impuso además la costumbre de rematar por bulerías los bailes festeros y la hizo como estilo propio, procedimiento que siguió después con la rumba, y así hasta una considerable cantidad de aportes en unas propuestas que constituyeron, durante más de seis lustros, el más prestigioso espectáculo artístico y musical español que ha recorrido los cinco continentes.
Y es que Antonio, que en su tiempo fue un rey sin sombra, quedó considerado como “el bailarín del régimen franquista”, de ahí que tuvimos que esperar a aquel 5 de febrero de 1996 en que dijo su último adiós, para ver cómo España lloraba su ausencia, como bien constatan los homenajes póstumos o los honores en sus años postreros.
Asiento, además, que el Ministerio de Cultura del Gobierno de España no se dignó a darle el Premio Nacional al más grande creador del pasado siglo porque así galardonaría a un rebelde, en tanto que la Junta de Andalucía se quedó en el intento de concederle en 1995 la primera Llave de Oro del Flamenco y jamás lo propuso para la Medalla de Andalucía. Mecenas privados, tal que el grupo Cruzcampo, tampoco pudieron instar al jurado para que lo distinguieran con el Compás del Cante, trofeo al que se negó a figurar como miembro y en el que quedó finalista los años 1988 y 1993.
Sevilla, en cambio, no permitió que su hijo más universal fuera condenado a un olvido injusto, de ahí que lo hiciera Hijo Predilecto el año 1983, aparte de otros reconocimientos. Del florecimiento de su arte sólo se ocuparon, aparte de su Sevilla eterna, pocos artistas y algunos analistas. El resto aprendió a olvidar para sentirse mejor. Oportunidad tras oportunidad se les fue esfumando su nombre. Rendirse, pues, en este treinta aniversario de su adiós a la duda sobre si los mecenas de la Cultura supieron de él es como labrar la incertidumbre en el alcornoque de la ignorancia. ♦






































































































