El título de este artículo obituario ya lo esgrimí en multitud de ocasiones, al menos desde los fastos de la primera Bienal Málaga en Flamenco (2005). Lo que nunca pensé era que acudiría a él por el adiós de Luis Soler Guevara, al que no sé si conocí antes de nacer quien suscribe, porque lo cierto es que lo recuerdo de toda la vida, sobre todo después que él dejara el cargo de responsable de Urbanismo en el Ayuntamiento de Algeciras, que fue cuando muchos tragaldabas empezaron a tomar nota de que tan ilustre malagueño no estaba hecho para flotar entre la corruptela ni para sobrevivir cómodamente entre la inmundicia, y menos aun dejándose llevar por la corriente del trampantojismo.
Después de tantas décadas de experiencias compartidas, llego a la convicción de que por mucho que sople el viento y que cambien las velas, las intenciones de Luis Soler viajan hoy en el mismo barco que retorna a la dársena de la coherencia, el puerto que recoge las olas que se pierden en el mar del confusionismo. Y todo porque nuestro protagonista estuvo marcado por la espera, ya que si el río del cante se precipita por fragosos terrenos a Luis no le importaba, pues no hay río caudaloso que no se abra paso tarde o temprano hacia el mar, actitud que no se consigue más que con tenacidad, la fuerza de voluntad y el esfuerzo, que es la que hace a los hombres líderes.
Obvio es señalar que si en todas las sociedades y en todos los momentos de la historia ha habido personas y grupos que lograron hacer de sus ideas una batalla por ganar, también ha habido quien, como Luis Soler, se ha preocupado –sin pedir nada a cambio– por la dignidad de la cultura que mejor nos representa, el flamenco, por la inclusión en el sistema de los artistas más vulnerables y por el rescate de quienes, cargados de olvidos a sus espaldas, dieron un esplendor especial a este patrimonio andaluz.
Este compromiso, que cuando es asumido con firmeza y desde el afán investigador lo llamamos responsabilidad, es el eje central de la vida de nuestro protagonista, Luis Soler Guevara, natural de Málaga, donde nació en noviembre de 1944, y en la que se inició desde niño en el flamenco, afición que ensanchó en Algeciras, a donde llegó en 1967 de la mano del arquitecto Joaquín Cuello en cuyo estudio había trabajado en Málaga desde 1963, y que alternó con su compromiso político, ya que como número 2 en las listas del PCE fue teniente alcalde concejal de Urbanismo del Ayuntamiento de Algeciras en el periodo 1979-1983, esto es, en las primeras Elecciones democráticas, y con el valor incalculable de no codearse con los contratistas, ni hacerse un chalet y ni cobrar comisiones, por la sencilla razón de que aludo a una persona decente.
Como responsable público, Luis coordinó una acción política inusual en estos tiempos, la de impulsar la actividad de gobierno al servicio de la sociedad –ahí su primer Plan General de Ordenación Urbana que se aprobó por unanimidad–, la polémica sana, desarrollada en el clima de cordialidad que demandan los hombres de bien, y la contribución de manera efectiva al enriquecimiento espiritual de sus compañeros de izquierda desde una perspectiva analítica y crítica, único modo de afinar la sensibilidad ante los problemas de los demás, de fortalecer la responsabilidad inherente al cargo y de determinar los compromisos consigo mismo y con la sociedad.
«Desde estas vivencias es como Luis Soler tomaría impulso para erigirse en un defensor a ultranza de la autenticidad de este arte hasta convertirse en un mairenista confeso y en uno de los más acreditados investigadores que ha deparado el mundo del flamenco en los últimos años, sobre todo a raíz de que, junto a su sobrino paterno, Ramón Soler Díaz, obtuviera el III Premio de Periodismo Antonio Mairena»
Son muchas más actuaciones las que conforman la gesta política de Luis, quien, desde su militancia en el Partido Comunista, poseyó además la autonomía y el carácter suficientes como para actuar en escenarios que, aunque de fuertes intereses, jamás pudieron traspasar la seguridad que tan admirado malagueño concedía al sentido de lo público, lo que unido a la creatividad de ideas, responsabilidad, tolerancia y afectividad en su relación vital con los demás, dio una visión que, a buen seguro, deja perplejas a las nuevas generaciones.
Después de dejar la política meses antes de agotar la legislatura, pero con el saldo en rojo de su cuenta corriente y con un balance sin parangón, justo es señalar que la ciudad no le reconoció estas virtudes. Las pasó nada más que regular. Regresó a Málaga y, como delineante, trabajó en el estudio de arquitectura de Joaquín Cuello hasta 1994. Pero se quedó en el paro y se puso a vender enciclopedias.
Más tarde, en 1999, firmó un contrato administrativo para la difusión del flamenco en Algeciras, y a finales de 2005, por mor de la desidia de quienes dicen representar lo que agravian, en tanto poníamos un punto sobre las íes en el Congreso sobre Pastora Pavón ‘Niña de los Peines’, fue quedando relegado al olvido del desempleo cuando sólo le faltaban cinco años para la jubilación, por lo que, a la vista de que nadie le daba un puesto de trabajo, se vio obligado a regresar de nuevo a Málaga, donde acaba de darnos su último adiós.
Esta es la intrahistoria de este héroe que luchó por la democracia hasta que fue vencida por la tiranía de la dedocracia. Pero lo que aquí importa resaltar es cómo la calidad de un investigador nunca es por accidente, sino por el esfuerzo de la inteligencia y el registro de la memoria. Soler llegó al flamenco a través de las vivencias, sobre todo gracias a la afición insobornable de su padre, Ramón el Palito, que gustaba como pocos del cante por soleá, y de su padrino, Pepe Yuste, reconocido representante artístico de Málaga, Granada y Córdoba en los años 20 y 30 del pasado siglo.
Desde estas vivencias es como Luis Soler tomaría impulso para erigirse en un defensor a ultranza de la autenticidad de este arte –recuérdese, por ejemplo, el rescate que hizo, entre otros, de Tío Mollino (1989)– hasta convertirse en un mairenista confeso y en uno de los más acreditados investigadores que ha deparado el mundo del flamenco en los últimos años, sobre todo a raíz de que, junto a su sobrino paterno, Ramón Soler Díaz, obtuviera el 30 de enero de 1992 el III Premio de Periodismo Antonio Mairena, galardón en el que tuve el alto honor de presidir el jurado y que le concedimos por unanimidad merced a su incomparable trabajo Origen y evolución de la seguiriya y la soleá en Antonio Mairena.
Fue precisamente este trabajo el que le permitió seguir profundizando en la obra del maestro Antonio Mairena, al punto que, después de ocho años de analizar la complejidad de sus estilos y tiempo en el que ejercimos de testigo en fila preferente poniendo a su servicio nuestro archivo personal, vio la luz su hasta por entonces obra más acabada, Antonio Mairena en el mundo de la soleá y la seguiriya (01-08-1992), volumen que le encumbra junto a su sobrino Ramón y que ha sido, y sigue siendo, referencia obligada para todos los aficionados, investigadores y críticos del flamenco.
→ Continuará…







































































































