Genial de genio, claro. Aunque se use con frecuencia y gratuitamente el calificativo, Yerai Cortés sí es uno de los afortunados porque Undibé lo ha colmao de talento y atributos. Se subió al escenario de los Museos de la Atalaya de Jerez y le pegó el mangazo a los corazoncitos del respetable regalando un recital extraordinariamente insólito, asombroso y genial. Habrá quien le ponga pegas, pero se mostró fresco, original y zalamero, retratándose como un prestidigitador del compás, grandísimo aficionao, conocedor y virtuoso de la sonanta.
Retó al silencio con su mirá serena, atrapando los oídos con expectación durante el vacío de un par de minutos antes de comenzar. Rompió con exquisitez el aire templando su guitarra particular y se hizo el toque. Su personalidad arrolladora y su presencia ‘chic’ bohemia trazaron pinceladas de complicidad. Le metió los dedos a la bajañí tocándola en la boca, pegaíto al último traste, amasando falsetones entre las yemas de sus manos, destilando en el izquierdo quilates de sensibilidad que rebosaron por los maderos de la Atalaya, empujados por el rollazo que Yerai le impuso a este concierto al desnudo.
Desde el principio huyó de la armonía para convertirse en el mago de los trémolos, arpegios y bordones, aferrado a la aparente simplicidad melódica y conceptual del menos es más en la guitarra, que no es sino el fiel reflejo de la regresión a los maestros con una mirada algo canalla y muy actual que reinventa las maneras con las que se abrió solo ante el público, arropao con la ambientación sonora en off y algunos efectos que complementaron la distinción.
«Siete temazos cayeron con aplomo sobre las tablas en poco más de una hora de idilio sentimental, porque Yerai enamoró. Jugueteó con los tiempos y los cruces entre distintos palos, abordando cada pasaje con profusión y detalles, pleno de recursos, cuajao de filigranas de colores en cada uno de sus toques»

Le sonaban bien hasta los arrastres. Cantó, bailó y lloró con su toque. Vino risueño y disfrutón. Se metió al público en el bolsillo. Trinó sobre los seis cordeles de enjundia y se lució en los tiraíllos, las notas tapás, el alzapúa y un bordoneo que evocaba las hechuras a cuerda pelá de las guitarras de Morón. Su pulsación poderosa y envidiable. Los estallíos rotundos de los tres cobres marcaron con firmeza el compás. Y unos rasgueos inusitados, a veces a contratiempo, evidenciaron el dominio absoluto de la técnica y la composición, redondeando su propuesta singular.
Siete temazos cayeron con aplomo sobre las tablas en poco más de una hora de idilio sentimental, porque Yerai enamoró. Jugueteó con los tiempos y los cruces entre distintos palos, abordando cada pasaje con profusión y detalles, pleno de recursos, cuajao de filigranas de colores en cada uno de sus toques. Afinaba a compás y descolló por romances, soleá, en una farruca contundente, por tientos tangos, en su propia seguiriya –atrevida y distinta–, con unas alegrías tremendas, en sus bulerías sin adornos sobrantes… A golpecitos en la tapa, roneando de soniquete, estas fueron suficientes justificaciones para entrar y salir a su antojo del ritmo y el tiempo flamencos, atravesados por influencias de otros sones eclécticos y más modernos. Además de los guiños a Cepero, Lorca –anda jaleo, jaleo–, a Manuel Molina en su forma de coger la guitarra… Incluso me pareció intuir el tributo a la zambra de arabescos del Niño Ricardo, entre otras deferencias.
Yerai Cortés reincidió en la demostración no pretendida de su discurso estético único y personal. Recibió gozoso una espuerta de oles repartidos por el repertorio y una amplia ovación que lo obligó a salir de nuevo al final, ya sin el instrumento, para agradecer visiblemente emocionado el triunfo del toque vacilón.
Ficha artística
Recital de guitarra, de Yerai Cortés
XXX Festival de Jerez
Museos de la Atalaya, Jerez de la Frontera (Cádiz)
2 de marzo de 2026
Guitarra: Yerai Cortés

















































































