A través de tres grandes y admirados amigos como Pepe Luque Navajas, Gonzalo Rojo o Salvador López, entre otros, tuve la oportunidad de conocer en Málaga, a principio de los setenta del pasado siglo, a artistas que, a la luz de este tiempo, dejaron un legado desde la diversidad de enfoques y que, si bien no todos cambiaron la historia, sí conformaron el paradigma flamenco de la ciudad que fuera bautizada como Málaga cantaora por Manuel Machado.
De sus escuchas en la admirada Peña Flamenca Juan Breva, que había sido fundada en 1958, uno llega a la conclusión de que Málaga es una comarca flamenca de primerísimo orden, y su contribución ha sido fundamental para entender el desarrollo del cante, ya que es fuente de algunos de los estilos más representativos del género desde el conjunto urbano Trinidad-Perchel y con Ronda, Álora o Vélez-Málaga, entre otras localidades, como focos de acción más destacados.
Pero pongo el interés en Coín, cuna del escritor y periodista Gonzalo Rojo, y también de José Rico Jiménez, otro coineño de quien el martes, día 7 de abril, se cumple el centenario de su nacimiento, por más que se hiciera llamar Pepe de la Isla, ya que de joven se trasladó con sus padres a Málaga, concretamente a la barriada de Huelín, próxima a la fábrica del Colorao, a La Isla, de donde adquirió el remoquete artístico.
Estamos ante un cantaor valioso en su tiempo, que se dio a conocer al comienzo del decenio de los cuarenta del pasado siglo, en su tierra natal, debutando como profesional el año 1943 con la compañía Mosaico Andaluza, hasta sus intervenciones un año después en los teatros de la capital, compartiendo escenario con Sebastián el Pena en el Teatro Olimpia, al igual que en el Teatro Bahía o en el Cine Excelsior, junto a Juan Varea y Pepe Palanca, escenarios que lo impulsaron a realizar su primera gira por nuestra comunidad autónoma en la compañía del Niño de la Huerta el año 1945.
Su presencia cobró visibilidad compartiendo escenario un año después con Manuel Vallejo de gira junto a compañeros como Niño Fregenal, El Peluso, El Rerre de los Palacios o Gloria Romero, lo que, de la mano del propio Vallejo, le abrió las puertas para el espectáculo Solera andaluza, que rotó por distintas plazas de toros y en el que figuraban además Antonio de la Calzá, Niño León, Ramón Montoya, Niño Ricardo o Román el Granaíno.
No faltan en su trayectoria vivencial la gira con Pepe Marchena, la ruta con Los Cinco Latinos por la comunidad levantina y hasta con Antonio Molina y Manuela de Jerez, a más de su presencia en las ventas malagueñas, centros que concitaron la presencia de dos grandes maestros, como Antonio Mairena o Fosforito, a más de Antonio de la Calzá y Manuel Mairena, sin obviar los cantaores locales, entre los que recordamos a El Galleta, Agustín Núñez, Antonio de Canillas, Niño de Bonela, Niño de las Moras, Pepe el Calderero, el maestro Cómitre y por su puesto su maestro, Diego el Perote.
«Su localidad de nacimiento, Coín, lo perpetuó a raíz de la creación de una peña flamenca con su nombre, allá por 1991, del mismo modo que al Festival Flamenco le añadieron la etiqueta de Memorial Pepe de la Isla, con lo que los coineños arrojaron luz en la densa niebla de memorias frágiles»
También militó en la compañía de José Greco, con la que hizo una tournée por África, América y Oceanía, y en la que llegarían a plasmar su baile Matilde Coral, Rafael el Negro y Farruco, además del aporte guitarrístico del joven Paco de Lucía, que dejaron el sello de su casta desde Johannesburgo (Sudáfrica) a Melbourne (Australia).
Su presencia se dejó notar, igualmente, en Austria, Filipinas y varias ciudades españolas, hasta donde llevaron la misa flamenca del padre Miguel Rojo, junto a Antonio de Canillas, Niño de Bonela, Manuel Cómitre y mi buen amigo y gran entendedor de guitarras Ángel Luis Cañete.
Recordamos, por tanto, a un cantaor cargado de vivencias, adaptado al contexto histórico de su trayectoria y de aceptación de la transmisión canora que en ella recibió y el modo de gestionarla, como lo constata la discografía que disponemos en nuestro archivo, que arranca con los elepés Nuevos cantes de Málaga (1978) y Málaga cantaora (1982), así como las casetes Añoranza a Pepe Marchena (1983), Canto a Mijas (1984) y Pepe de la Isla (1985), nutriendo las primeras el compacto Antología de cantaores malagueños. Vol. 6. Pepe de la Isla (2006), con cantes que ya habían sido impresionados en los años 1978, 1981 y 1982.
En las grabaciones que anteceden, Pepe de la Isla contó con el acompañamiento de Melchor de Marchena, Antonio Vargas, Diego Vargas, Manuel Cómitre, Arango, Pedro Escalona y Antonio Losada, sin obviar a Lele de Osuna, Juan el Africano o Enrique Campos, en las que nuestro protagonista evidencia ser un cantaor de amplio dominio, aunque con preferencia a la tipología de la tierra y al discurso expresivo que define la época que le tocó vivir.
Tras larga y dolorosa enfermedad, una parada cardiorrespiratoria y una enfermedad crónica e irreversible, como lo es la cirrosis hepática, acabó con la vida de Pepe de la Isla a las once horas del 3 de agosto de 1987 en Málaga, en el hoy Hospital Universitario Regional Carlos de Haya, reposando sus restos desde el día siguiente en el cementerio malagueño de San Gabriel, concretamente en el nicho 4.709 del patio número 7.
Su localidad de nacimiento, Coín, lo perpetuó a raíz de la creación de una peña flamenca con su nombre, allá por 1991, del mismo modo que al Festival Flamenco le añadieron la etiqueta de Memorial Pepe de la Isla, con lo que los coineños arrojaron luz en la densa niebla de memorias frágiles. ♦




















































































