A estas alturas de la película poco o muy poco se puede decir que no sepamos del gran cantaor que es Antonio Reyes. Fui a verlo el sábado a La Platería (Granada), peña decana de todas las del mundo. Esta peña también es su casa, pues ha actuado numerosas veces allí en las dos últimas décadas. La novedad fue que vino con Vicente Santiago, nuevo escudero del chiclanero, o al menos menos conocido como acompañante en las peñas de Antonio. Su toque destaca porque es puro sabor Jerez. En sus manos respira todo el repertorio de Los Morao, tanto de Moraíto como de su hijo Diego, en esa evolución futurista y vanguardista que hace de su padre. Por todos lados rezumaba el aire de Jerez, sin condiciones, desde Javier Molina a Rafael del Águila y sus herederos. No obstante, hay que imprimir más fuerza a quien hace uso de esa escuela. Cuando te haces de ella, debe servir para que lleve en volandas al cantaor y que maximice todo lo que se cante y no al revés. Ese swing (otros lo llaman zoniquete) es una patente de corso y debe aupar al artista.
Antonio Reyes es de notable alto siempre. Coja los cantes que coja, siempre hay mucho de él y mucho de sus maestros, fácilmente reconocibles aunque siempre sean los mismos, o como mucho, con apenas incorporaciones destacadas.
Con una enorme tanda de soleares empezó Reyes. Más de diez minutos haciendo uso de coplas tradicionales le sirvieron para poner sobre la mesa unas credenciales solventes. En el taranto, el primero más con aire almeriense y el segundo en las formas de Manuel Torres, se acordó de aquellas hechuras en las que Chocolate cantaba aquello de El alcalde de Guadix para rematar con una cartagenera clásica. Por tientos, también dio una lección de flamenquería y conocimiento, al igual que en la soleá. Se despachó a gusto, con largas tandas templadas y entrando fuera del tiempo ordinario pero recogiendo donde se recoge, dejando una falsa sensación de que algo no cuadraba. Pero nada más lejos de la realidad. Cuadró todos los cantes milimétricamente, sin sombras ni resquicios que te digan que no sabe lo que hace. Todo lo contrario. Remató por tangos, los de Pastora y fandangos caracoleros en tempo binario.
Dio el do de pecho por cantiñas y alegrías. Por ahí pocos le tosen. Su tierra la lleva por bandera y la maneja con soltura. Profundidad en los tercios altos meciéndolos a su suerte y con complicidad a las bases del cante.
«Por tientos también dio una lección de flamenquería y conocimiento, al igual que en la soleá. Se despachó a gusto, con largas tandas templadas y entrando fuera del tiempo ordinario pero recogiendo donde se recoge, dejando una falsa sensación de que algo no cuadraba. Pero nada más lejos de la realidad. Cuadró todos los cantes milimétricamente»
Cierto es que con su voz melosa y almibarada escogió los cantes más cómodos a su tesitura, pero también es cierto que el filtro de su garganta permite que todo se endulce y suene bonito. Por eso, cuando sonó el toque de Vicente, lo esperábamos con ansias para buscar la conexión. Al menos yo.
El acompañamiento fue básico, muy básico, que no fácil, en las falsetas pero perfectamente ejecutadas con escuadra y cartabón. Todo con sabor jerezano y amoldado al cante. Y vino, y vino el cante grande. Nos trajo a Juan Mojama en aquel cante de Manuel Torres Que tanto he dormío que se antoja una joya de la discografía antigua de la que casi nadie se acuerda ni hace uso de ella. Y ahí está l`esencia. Toda. De ahí que también rescatara sabiamente los cantes de Joaquín Lacherna en la versión de Tomás Pavón. Un dulce para los oídos al igual que el remate con claro recuerdo a Camarón.
Tras casi una hora, cerró por bulerías, acomodadas a su voz, en un claro alegato a sus maestros, Juan Villar, Pansequito, Caracol, una magnífica adaptación del tema Amor y ruleta de Los Chichos, y hasta un guiño a Porrinas de Badajoz.
El particular fin de fiesta programado fue por fandangazos. Hubo quien fue disidente entre el público alertando en la tertulia posterior que alargó demasiado los tercios. Pero es que el cante no se mide con regla y cartabón, el cante es libre, se siente, sale de dentro y cuando se conoce y se interioriza, puedes hacer y deshacer como quieras en libertad, respetando el esqueleto melódico. Por eso, cuando se echó a las espaldas la responsabilidad de hacer cantes propicios, que diría Fernando de la Morena, tuvo a bien recordarlo con aquella letra que siempre le escuchábamos: No me pidas que yo a ti te quiera, como la primera vez, que yo no soy el que era, ni tú la misma mujer, que el tiempo cambia a cualquiera. Recordó a Antonio el de la Calzá y remató caracoleando que es gerundio y sentenciando con un fandango clásico que ya cantó Corruco de Algeciras en los años 30 y que Morente rescató en 1973 cantándolo en el Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid coincidiendo con el asesinato de Carrero Blanco. Antonio Reyes lo versionó con remiendos en la letra que tomó prestados de Manuel Agujetas.
Ficha artística
Recital de cante de Antonio Reyes
Peña la Platería, Granada
14 de marzo de 2026
Cante: Antonio Reyes
Guitarra: Vicente Santiago

















































































