Aunque España se considera, en general, un país bienhumorado, el humor no goza de demasiado prestigio. No tanto, al menos, como la tristeza, que parece siempre un sentimiento más respetable. Sin embargo, lo mejor de la cultura de nuestro país tiene un marcado componente cómico, desde la novela de novelas, el Quijote, hasta el cine de Berlanga y Azcona, por citar algunas referencias. Aunque hay señores –casi siempre son señores– que se lo toman demasiado en serio, el flamenco ha tenido también, desde tiempos inmemoriales, una parte importante de guasa, perfectamente compatible con esas penas negras que vendrían a ser la otra cara de una misma luna.
Magnificat, el nuevo espectáculo de María Moreno, no es propiamente cómico, aunque se ve con una sonrisa de principio a fin. Y la primera que sonríe, podemos adelantarlo, es la propia bailaora gaditana, que entre un baile y otro se autoparodia abriendo los brazos y gritando “¡eh!” para recibir ovaciones (un gesto que, dicho sea de paso, por increíble que parezca, otros bailaores hacen en serio).
Entre sillas de plástico amontonadas y guirnaldas descolgadas, el escenario se asemeja a los vestigios de una verbena cualquiera. Ahí es donde Moreno va a hacer su particular lectura del mito de la Visitación, el encuentro bíblico entre la Virgen María e Isabel, ambas primas y embarazadas. Pero no será una lectura ni devota ni irreverente, sino todo lo contrario: del mismo modo que el pueblo andaluz –y prácticamente todo el pueblo mediterráneo, hermanos de una sola orilla– funde lo sagrado y lo profano, este Magnificat refleja esas celebraciones que se suceden en nuestra tierra sin solución de continuidad: del carnaval a la semana de penitencia, de ahí a la feria… Y vuelta a empezar.
«Pocos trabajos nos reflejan como sociedad como este de María Moreno. Por eso, cuando nos pone por delante ese espejo, no podemos sino regocijarnos, tanto en lo que tiene de retrato como en lo que tiene de caricatura. Y pasar una hora y pico a salvo del ruido del mundo, tomando una buena cucharada de esa medicina para el alma que llamamos flamenco, y pensando qué bello es vivir»
Aunque pude ver este montaje en el pasado Festival de Nîmes, en el Teatro Villamarta, con una caja más reducida y un patio de butacas más íntimo, pude disfrutar de muchos detalles que me habían pasado desapercibidos la primera vez. Por ejemplo, en el formato deliberadamente fragmentario de los números, en el que no todo tiene que empezar ni acabar de manera canónica; en su aire aparentemente improvisado, como eran estas expresiones populares mucho antes de que las enmarcaran en un teatro; o en su completísimo catálogo de palos, que van de las alegrías a la seguiriya, de los villancicos a las sevillanas, la soleá de Cádiz o el pregón de Pepe Pinto.
Luego están, claro, esas escenas llamadas a permanecer en la memoria del respetable, como los malabarismos con el mantón amplificados por el silencio, el duelo de palmas con Roberto Jaén –la velocidad, eso ya lo sabía Bach y Moreno lo sabe bien, puede ser también una forma de humor–, la procesión con flores desmochadas, la guitarra eléctrica de Raúl Cantizano rindiendo tributo implícito al rock andaluz… Y cómo no, la hilarante actuación de la performer Rosa Romero, que tiene la virtud de descomprimir por completo el espectáculo, llevándoselo a otro lugar. Un lugar sencillo, prosaico y hasta un tanto grotesco, como también podemos ser a veces, en todo caso lejos de la épica constante a la que a menudo apela el baile.
Pocos trabajos, en efecto, nos reflejan como sociedad como este de María Moreno. Por eso, cuando nos pone por delante ese espejo, no podemos sino regocijarnos, tanto en lo que tiene de retrato como en lo que tiene de caricatura. O, como mínimo, pasar una hora y pico a salvo del ruido del mundo, tomando una buena cucharada de esa medicina para el alma que llamamos flamenco, y pensando qué bello es vivir.
Ficha artística
Magnificat, de Compañía María Moreno
XXX Festival de Jerez
Teatro Villamarta de Jerez
5 de marzo de 2026
Baile: María Moreno
Intérprete: Rosa Romero
Performance: Rosa Romero
Guitarra: Raúl Cantizano
Cante: Miguel Lavi
Percusión y palmas: Roberto Jaén

















































































