Aún no ha llegado a veinteañero y va camino de ser uno de los valores consolidados en el panorama de la música flamenca para teclado. Se llama Antón Cortés, mallorquín, y para crear su arco emocional ha presentado en Jerez el concierto que le genera esa sensación de ansiedad y anhelo constante, es decir, la que invoca a Camarón de la Isla y Paco de Lucía.
La propuesta nos ha costado percibirla Dios y ayuda por mor del espacio más disfuncional de cuantos conocemos a nivel mundial, La Gotera de Lazotea, y a mayor vergüenza en un festival que está celebrando el treinta aniversario, que es incapaz de quitar de entre bambalinas al personaje que se pasó toda la noche grabando el concierto con un móvil, y con el agravante de que, desde la entrada, las facilidades a la prensa especializada en este auditorio son indignas a los méritos de la ciudad que acoge un certamen que venimos cubriendo desde su primera edición.
Así se explica que la crítica experta no acuda a La Gotera y con la ausencia acostumbrada de un programa que echarse a los ojos, por más que hayamos asistido a un concierto con la tensión acumulada en un joven de la edad de Antón Cortés, que respira la música como una entidad que es acometedora en lo rítmico, pero profundamente sensitiva a la vez, haciendo uso de una diáfana claridad de pensamiento desde las primeras notas de la granaína Reflejo de la Luna, de Paco de Lucía, adoptando a partir de ahí una transformación emocional al límite de sus posibilidades.
La colombiana también del algecireño, Monasterio de Sal, le permitió traducir una capacidad resolutiva sustentada en un conocimiento excesivamente acelerado, pero sintiéndola como propia, haciendo suyos los sentimientos que propone el genio en el recuerdo e incluso fijando las explosiones de energía, como en los tangos de Camarón de la Isla, Eres como un laberinto, que tomamos con un tono de festividad casi caprichosa.
Pero la propuesta de Cortés significó, igualmente, un ejercicio dialéctico ante la diferenciación de cada uno de los temas, predominando el sentimiento puesto en la interpretación de la rondeña Cueva del Gato, o de la composición Luzía, en las que el intérprete llegó a sacar las esencias de lo buscado, que no es sino reflejar de forma sutil su propia personalidad a través de sus referentes.
Y es que el pianista brilló en esa forma de reinterpretar los estilos en cada una de las variaciones, como las alegrías La Barrosa, o los tangos de Camarón Una rosa pa tu pelo, pero también a la hora de expresar su libertad expositiva en la rumba La primavera, en la que evidenció la madurez expresiva de quien va camino de acercarse a la idea de una improvisada fantasía.
«A la salida del espacio, recordábamos a Mozart, que decía que los silencios son tan importantes como las notas, algo que tendrá que considerar Antón Cortés. Lo que no embarga la percepción de que estuvimos escuchando a un portador flamenco con musicalidad y al que encontramos en acelerado proceso de perfeccionamiento»

La pulsación de Cortés reflejaba la continuada belleza que encerraba su concierto, con el que consiguió una verdadera unidad de estilo, forma y comunicabilidad con el oyente, a través de una sonoridad que era la esperada en un joven aún en fase madurativa, pero con un discurso condensado y de profunda conclusión.
Este hondo desenlace se ilumina desde el lenguaje revelado, que lo mismo se adapta con éxito a las formas clásicas tradicionales, como la guajira Farolillo de Feria, de Paco de Lucía, en la que se abrazó a un lirismo más personal.
Pero A Camarón y Paco de Lucía no es una mera repetición estática. Es como un río de sonido que fluye y cambia de color sutilmente por mor de una maquinaria rítmica, culminando con una energía propulsiva que se desvanece en una coda final de una belleza suspendida en el tiempo.
Cortés tiene una técnica que busca lo que impacta, pero también la sonoridad flamenca, como en La leyenda del tiempo, la bulería-bambera que Camarón de la Isla ejecutó bajo la inspiración de Federico García Lorca, donde mantuvo un pulso constante, de articulación nítida, o permitiendo que cada nota fuese audible y no una sombra sonora, lo que nos lleva al corolario de por qué inyecta calidez expresiva a su máxima preocupación.
Un último apunte a retener es que Antón Cortés destaca por su capacidad para mantener la tensión ante el espectador, sin que la calidad del sonido decaiga en el último movimiento, así como por su acentuación, que es en realidad la que concede un marcado carácter vitalista a su concierto.
A la salida del espacio, con una tortícolis impropia del siglo XXI, recordábamos a Mozart, que decía que los silencios son tan importantes como las notas, algo que tendrá que considerar Antón Cortés. Lo que no embarga la percepción de que estuvimos escuchando a un portador flamenco con musicalidad y al que encontramos en acelerado proceso de perfeccionamiento, que alcanzará a medida que se vaya aproximando a la cumbre de las posibilidades expresivas y sonoras del instrumento.
Ficha artística
A Camarón y Paco de Lucía, de Antón Cortés
XXX Festival de Jerez
Teatro La Gotera de Lazotea
2 de marzo de 2026
Piano: Antón Cortés
















































































