La música es una destreza. Lo dijo el pedagogo japonés Shinichi Suzuki (1898-1998), quien revolucionó la educación musical cuando postuló, entre otras cosas, que las habilidades artísticas no son innatas, no se nace con ellas, es algo aprendido y por lo tanto cultivable en todos los niños, al igual que ocurre con la lengua materna. Aunque en el ámbito de la música lo más natural sea pensar que se heredan, aunque no siempre, ciertas habilidades entre padres e hijos.
El gran Tomatito me llamó hace unos años para pedirme que escribiera algo para el disco del «Niño» y lo hice encantado, titulándolo como el presente artículo. Me encantó aquel disco y José es, amén de muy buen chaval, un músico y pedagogo excepcional. Son, padre e hijo, el mejor ejemplo de lo que vengo a decir aquí: cuando una guitarra flamenca reina en una casa pasa de padres a hijos con toda naturalidad. Lo que no quiere decir que aunque no haya un atisbo de música en un hogar pueda salir de ahí el genio de todos los tiempos. En el flamenco se insiste mucho en los temas de sangre, herencia, raza, consanguinidad y, aunque cierto, no es para tanto. ¿Tocaría Dieguito como toca si esa casa de los Moraos no fuera un templo de la sonanta? Seguramente no. Desde el cuarto mes de embarazo, al desarrollar el oído, un bebé es capaz de percibir los sonidos. Y si tu padre es el gran Moraíto Chico, pues no hay más que hablar, sales guitarrista casi seguro. Y por eso, gracias al cielo, ocurrió. No porque lo lleven en la sangre, sino por el aire que respiran, por los pucheros y ese olor a vino que rezuman las calles de Jerez.
¿Cuántos padres músicos no han tenido hijos músicos? Probablemente la mayoría. Si descartamos, claro está, a todos los que pretenden vivir de un apellido aunque no den ni muchísimo menos la talla. ¡Qué más quisiéramos! Ya lo he escrito alguna vez en esta tribuna: Johann Sebastian Bach tuvo veinte hijos y solo cinco fueron músicos profesionales. Y mira que aquella casa debió ser la catedral de la música. Y los hijos de estos y los tataranietos, si la música no fuese una destreza, como dijo Suzuki, hoy habría un ejército poblando las orquestas de todo el mundo y hablaríamos entonces de «Los Bach». No. El talento puede ser divino, pero la aptitud hacia la música es humana, se adquiere con los años, tal y como hace un atleta. En lo divino no podemos intervenir. Gades era hijo de un albañil que, lisiado en la guerra, acabó como portero de un edificio en Entrevías. Y miren ustedes cómo salió el chavalito.
«Si la música que suena en casa es la de Camarón mucho mejor que si es Bad Bunny. Mejor Manolo Sanlúcar que Keith Richards. Mejor Marchena que Carreras. Y si viene directamente de popá y/o momá, mejor que mejor. La práctica doméstica es más nutritiva que la académica en los primeros años, después son los maestros los que forman futuros maestros»
En mi caso, no tengo en la familia músicos profesionales, aunque la melomanía ha llevado siempre la voz cantante en casa: la música clásica de mi padre, la canción popular en mi madre, el rock y pop en mis hermanos. La música siempre ha sido nuestra expresión preferida. Gané un concurso de canción con siete añitos en el colegio con Tengo tu amor de Fórmula V a capella, canté Mi limón y Black is Black, hasta que compramos un single de los Beatles. Aquello cambió nuestras vidas. El flamenco llegó, ya en Madrid vía rumbita con doce años, concierto de Paco de Lucía con dieciséis, y, sobre todo, en Viena, donde tuve que acudir al flamenco para pagarme los estudios. Digamos que tuve la suerte de juntarme con lo mejorcito donde aprendí lo más grande. Pero ni de herencia, ni nada que se le parezca. Un beduino del flamenco en toda regla.
En español tenemos dichos que aluden a esto que hablamos: de casta le viene al galgo, de tal árbol, tal ramo, cual el cuervo, tal el huevo, hijo de pez sabe nadar, de tal palo tal astilla… Y es cierto. No hay nada que convenga mejor a un niño que está destinado a ser músico que tener una familia de músicos, desde primerísima hora estará predispuesto, habrá recorrido de la mano de sus padres, hermanos o abuelos los primeros metros de una larga y tortuosa carrera de fondo, que eso es la música. Y para ser flamenco ídem de ídem. No busquen atajos raciales, geográficos, que también, pero el principal, más que la sangre y el terruño, está en el día a día, golpe a golpe se hace camino. Está comprobado, no le den más vueltas.
Nadie debe sentirse desanimado, como muchos pretenden con comentarios raciales e identitarios, a iniciar, cuando buenamente pueda, esa senda del aprendizaje del flamenco. En siendo sapiens sapiens lo podrá lograr. Para destacar entre los miles que ya se dedican al arte de lo jondo, deberá estar tocado por el dedo divino. Pertenecerá a los elegidos, los menos, la corte del flamenco, que cada vez está más nutrida de diversidad étnica y procedencias de lo mas variopinto.
La transmisión del arte día a día es fundamental, imprescindible. Eso es el flamenco y ahí hay que mamar. Si la música que suena en casa es la de Camarón mucho mejor que si es Bad Bunny, mejor Manolo Sanlúcar que Keith Richards, mejor Marchena que Carreras, aunque, insisto, si viene directamente de popá y/o momá, mejor que mejor. No hay duda que la práctica doméstica es más nutritiva que la académica en los primeros años, después son los maestros los que forman futuros maestros, pero desayunarse con un buenos días a compás es lo que mejor sienta. Las amistades, el barrio, también hacen mucho. A veces criarse en el meollo del género que quieres cultivar propicia que lo cotidiano revierta en mayores beneficios para la formación musical. Eso aporta una barbaridad. En otras ocasiones, por casualidades de la vida, tu vecino es un monstruo cantando, tocando o bailando y se encariña contigo al verte siempre atento a lo que hace, marcando el camino a quien no tiene el arte en su propia casa pero el azar se lo ha puesto en la puerta de al lado. Ya se sabe que si un buen día vas a la compra y en vez de tirar por la izquierda coges por derecha, te puede cambiar la vida para siempre. A mí me pasó, fue en diciembre de 1981. En vez de bajarme en San Bernardo, mi parada del metro, lo hice una antes, en Bilbao, y me encontré con mi hermano Mauricio Sotelo que me animó a irme con él a Viena y en veinte días me planté en la Westbahnhof. Menudo cambio supuso para mí aquel cambio de estación. Hay que ver qué cosas tiene el destino. Gracias a Dios.















































































