Uno paga para escuchar esto, como pagaba y esperaba paciente años para ver un milagroso día una media verónica de Rafael de Paula. Y uno paga para escuchar la escalofriante seguiriya que Mayte Martín nos dejó este lunes en la penúltima gala de la 64ª edición del Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión (Murcia, España), antes de que comiencen las semifinales de los concursos. Un momento sublime. Mayte Martín, que es en La Unión alguien cercano (aquí ganó la Lámpara Minera en 1987), se presentó con un espectáculo íntimo, según se anunciaba en la cartelería. Bueno, el cante de Mayte es siempre íntimo, recogido y casi lírico, aunque no era como yo había pensado ese espectáculo que presencié hace años en Flamenco on Fire con un desgarro autobiográfico valiente hasta decir basta, aquel espectáculo, entonces con el baile de Belén Maya, Tempo rubato, que también dio nombre a uno de sus discos, “el disco de mi vida”, en sus propias, pero también el disco sobre su vida.
El Tempo rubato, en italiano, expresión que traducida al español significa tiempo robado. Técnicamente el tempo rubato es una técnica musical clásica que permite al artista acelerar o desacelerar saliéndose de los grilletes de la partitura y volando con mayor libertad, lo que permite al artista, en este caso a la cantaora Mayte Martín, ahondar más en la emoción, en los sentimientos. Y eso, aunque el espectáculo fuese otro, es también lo que hizo en La Unión la cantaora/cantante catalana. El tiempo nos roba, claro, nos devora y nos desgasta, pero aquí se trata –además de una técnica musical– de robar nosotros al tiempo, como Marcel Proust en su libro En busca del tiempo perdido.
«Hubo en la noche de La Unión un momento álgido, memorable. Y es curioso que ese instante vino tras un cante como desganado. Pero llegó la seguiriya: hace tiempo que no lloro escuchando flamenco»
Si intentamos hacer una crítica al uso diríamos que Mayte cantó bien, pero que a veces su voz lírica, pero no exenta de melisma flamenco, sonaba más ronca, con frases menos alargadas. Mayte anda por los sesenta años y tiene detrás toda una vida usando su voz maravillosa, y puede que como todo, se haya fatigado, o puede ser un simple catarro. Pero da igual, no ha perdido un ápice su grandeza, aunque fuese desolada grandeza, por evocar los versos del inolvidable José María Álvarez.
Hubo en la noche de La Unión un momento álgido, memorable. Y es curioso que ese instante vino tras un cante como desganado. Pero llegó la seguiriya: hace tiempo que no lloro escuchando flamenco. En realidad solo lloro cuando pongo una grabación de Manolo Caracol, sea una soleá o sea el Carcelero. Me pongo a llorar. Y anoche, escuchando la seguiriya de Mayte me conmoví hasta los tuétanos, lloré. Perdonen el oxímoron: qué alegría mientras lloraba. Pero es que la que en realidad lloraba cantando era Mayte, que verdadero ese cante, y con eso bastaba para salvar y elevar la noche. Se puede perseguir durante toda la vida un instante así. Lo demás, muchas veces, escuchando por ahí a las estrellas o no estrellas, es atoramiento, costumbres valdías, hacer bolos, hacer caja.

Ezequiel Benítez
A Maiye le había precedido el jerezano Ezequiel Benítez. Y ya sabemos: Ezequiel, honrado y profesional, siempre cumple. Canta con seriedad palos clásicos, pero también deja rienda suelta al pellizco jerezano con sus bulerías y su gracia en su habitual ‘patada’ por bulerías. Incluso yo pensaba: a ver cómo resiste ahora Mayte este enredamiento con el público. Mayte, que ya sabemos, no es la mejor contadora de chistes de Lepe, ni falta que le hace. Pero la desolada grandeza lo resiste todo y Mayte demostró una vez más que es muy grande. La noche, artísticamente. Económicamente, no sé…









































































