Quién diría que un parámetro estrictamente musical puede simbolizar y resumir de forma tan precisa y preciosa el proceso que dio lugar a un género musical como el flamenco. Sí, estoy hablando de los cinco ayes que se entonan al cantar el polo, casi idénticos a los seis de la caña, que algunos llaman paseíllo y se intercalan en momentos concretos entre los versos, dotando al cante de una solemnidad poco frecuente en un género de música y baile que se caracteriza por la libertad de ordenar las partes que lo integran, organizando los cantes, variaciones y falsetas como a cada uno Dios le da a entender. Es cierto que ambos estilos, sobre todo la caña, tienen más de música académica que de flamenco a causa de su rigidez formal; sin embargo, el polo, o mejor dicho, los polos, han logrado mantener cierta maleabilidad, como ocurre con el mirabrás respecto de los caracoles, ya que estos son más rígidos formalmente. Del mirabrás existen varias maneras de organizar las secciones que lo integran (algún día hablaremos de esos “popurrí de cantiñas»), mientras que en la caña tienen un orden casi inalterable, tal y como ocurre con la clásica versión de los caracoles de Antonio Chacón.
Pero, a lo que vamos: la dichosa secuencia de ayes es, en mi opinión, una declaración de principios, algo así como el acta fundacional melódico-armónica del flamenco, ya que la melodía que dibujan parece proclamar: hágase el flamenco, que estos son sus cimientos, sus principios estéticos. ¡Ea! Y el flamenco se hizo, para gloria del Rey de los Polos, como Estébanez Calderón nombró al gaditano Antonio Monge Rivero El Planeta, de quien sabemos por El Diario Mercantil de Cádiz que en los años veinte del siglo XIX cantó el polo de Cádiz, el de Jerez, el de Ronda y el nominado de Tobalo, una suerte de oros, copas, espadas y bastos del polo, por algo era el Rey.
La melodía en modo frigio, ese modo melódico de Mi que es santo y seña del cante gitano de Andalucía, eso sí, cante quien lo cante, sea de Triana o de Kuala Lumpur, gitano puro o payo de la «Jambería». Melodías de intenso aroma oriental que sazonan el flamenco dotándolo de una singularidad característica, que lo hace único entre los géneros musicales que en el mundo son. La melodía, casi misteriosa, que dibujan los dichos ayes, marca la diferencia. Es, en mi opinión, un ¡hasta aquí hemos llegado! Música recién nacida que comenzó a caminar en la primera mitad del siglo XIX y que, sin pretenderlo, tenía una clara intención renovadora, señalando por dónde iban los tiros de aquella singular revolución.
«Al escuchar las distintas versiones observamos cómo evoluciona el flamenco, cuán diferente es dependiendo de la época. Por ejemplo, cómo Morente y Pepe Habichuela cuadraron cante y guitarra en los ayes en aquel sublime Homenaje a Don Antonio Chacón. El flamenco es un arte vivo en continua evolución. Recordemos las palabras del Gran Jefe Paco a Mercedes Milá: “No me gusta revolucionar, me gusta evolucionar”»
Estos cinco breves pentacordos (cinco notas cada uno) no nacieron por generación espontánea. Es bien sabido que la música, como la materia, ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Pudieron tener su antecedente en un modelo de zorongo popular que conservamos gracias a Federico García Lorca, quien lo recogió en su labor de folclorista, en una serie de canciones populares que después grabará con su comadre Encarnación López ‘La Argentinita’ (otro día contaré sobre mis visitas a la casa de Pilar López, en cuyo salón presidía el piano donde ambos genios grabaron). Si escuchamos la melodía de ese zorongo…
La luna es un pozo chico,
las flores no valen nada,
lo que valen son tus brazos
cuando de noche me abrazan.
…Caemos en la cuenta de lo cerca que se encuentra, melódicamente hablando, de los dichosos ayes. Sin embargo, en algunas grabaciones antiguas de polos y cañas se puede apreciar cómo por entonces los ayes estaban más desdibujados que ahora, no tan ordenados como a partir probablemente de la versión bailable de la caña, la de Carmen Amaya a su llegada a Madrid, o bien, mire usted por dónde, la de Pilar López, en la película de Édgar Neville Misterio y duende del flamenco de 1952 cantada por Jacinto Almadén, con los ayes dichos uno a uno, lentamente, al son libre de la guitarra y el baile, otorgándoles la solemnidad precisa. En las primeras versiones grabadas de El Mochuelo, La Rubia Santiesteban o El Tenazas, si las comparamos con la de Rafael Romero para la Antología de Hispavox o con la de Almadén, la caña que grabó La Rubia, rotulada como polo1 en 1908 (algo usual en la discografía antigua, intercambiar ambos estilos), se aprecia cómo cantan los ayes, tan ligados que parecen una única queja. Igualmente ocurre con la versión de El Tenazas de 1922, o la de El Mochuelo de 1906. Es probable que lo de separar los ayes se hiciera para el pasillo de la versión bailable, y ya quedó así.
Aporto aquí la transcripción de los ayes, en el sistema de arriba los de la caña y en el de abajo los del polo, a fin de que podamos de una manera gráfica observar las similitudes y diferencias. En la caña seis (se repite el cuarto) y en el polo cinco, idénticos en ambos cantes, excepto el cuarto, donde el Mi de la caña es un La en el polo, cambio sutil pero notable.

Me viene a la mente Antonio Gades entonando los ayes del polo y remarcando esa diferencia en el cuarto. Al escuchar las distintas versiones observamos cómo evoluciona el flamenco, cuán diferente es dependiendo de la época. Por ejemplo, cómo Morente y Pepe Habichuela cuadraron cante y guitarra en los ayes en aquel sublime Homenaje a Don Antonio Chacón. El flamenco es un arte vivo en continua evolución. Recordemos las palabras del Gran Jefe Paco a Mercedes Milá: “No me gusta revolucionar, me gusta evolucionar”. Escuchen si no el principio de esta variación por Huelva en sus Aires Choqueros. ♦
















































































