Un estribillo muy coreado por cierta afición asegura que las nuevas generaciones de flamencos no conocen ni respetan el legado de sus mayores. Sin duda debemos de vivir en mundos diferentes, porque yo no veo más que jóvenes manteniendo viva esa herencia desde todos los frentes y todas las disciplinas. Lo que no hacen –y bien evitado está– es reproducir miméticamente lo ya creado y canonizado, sino usarlo como punto de partida para seguir aportando agua viva y fresca al inmenso río del arte.
Eso es lo que hacen Rafael Estévez y Valeriano Paños en su nuevo trabajo, Doncellas [juerga permanente], homenaje explícito a ese gran modernizador de la guitarra que fue Ramón Montoya. El elenco, exclusivamente masculino, contradice aparentemente ese título de Doncellas, que no son otras que las seis cuerdas en metáfora lorquiana, orgiásticamente acariciadas por los dedos del tocaor. En cuanto a la juerga, en rueda de prensa previa los coreógrafos se habían limitado a señalar que “hay que divertirse, el mundo está muy mal”, cosa que ningún espectador se atreverá a contradecir.
Y diversión es lo que ofrece a espuertas este espectáculo, risa y baile y gozo para conjurar la depresión generalizada ante la deriva oscura y violenta que va tomando nuestro planeta. Pero lo primero es la escucha. El telón se abre y aparece en el centro de la escena el guitarrista Alejandro Hurtado, mientras que los bailarines repartidos en sillas, como una extensión del patio de butacas, lo contemplan.
Las notas de la rondeña inauguran un recital que va a ser cualquier cosa menos previsible. No desmenuzaré demasiado el repertorio, porque se trata de un estreno y además la sorpresa es uno de los elementos fuertes de la propuesta. Pero sí podemos adelantar que se suceden los sonidos electrónicos, los balidos de oveja, un remedo de paso procesional, tumbos de ebriedad, perreo reguetonero, movimientos robóticos y hasta un charlestón. Formas múltiples de diversión más o menos desaforada, a las que el espectador asiste entre maravillado y deseoso de sumarse, pero sobre todo contagiado de la energía y la libertad que transmite el montaje.
«Nada de esto sería posible sin el enorme peso que se echa sobre los hombros el guitarrista Alejandro Hurtado. Nadie más adecuado que él, después de un trabajo tan impecable como el que hizo en Maestros, recordando al propio Montoya y a Manolo de Huelva. Pero el de San Vicente del Raspeig va mucho más allá de la fidelidad a la partitura, llenando continuamente el escenario de colores y perfumes maravillosos»

Claro que también hay baile por derecho, y no solo flamenco: los bailes folklóricos y la danza española están presentes en un repertorio que da para lucimiento de todos, individualmente y en grupo. De hecho, en el programa todos los bailarines aparecen como “solistas”: y lo demuestran donde corresponde, sobre las tablas.
Pero nada de esto sería posible sin el enorme peso que se echa sobre los hombros el guitarrista Alejandro Hurtado. Nadie más adecuado que él, después de un trabajo tan impecable como el que hizo en Maestros, recordando al propio Montoya y a Manolo de Huelva. Pero el de San Vicente del Raspeig va mucho más allá de la fidelidad a la partitura, llenando continuamente el escenario de colores y perfumes maravillosos.
Mientras tanto, en medio del aparente caos, se va contando la historia de Montoya y del flamenco, desde los tiempos en los que este arte estaba encerrado en los reservados hasta el momento de convertirse en espectáculo masivo tras el paso triunfal del maestro por París, la importante alianza del guitarrista con el pontífice Antonio Chacón (hilarante el momento en que se reproduce el anuncio de Pastillas Crespo) o la tragedia de la Guerra Civil española.
Como sucede con otros grandes coreógrafos de hoy sobrados de ideas, el único pecado de Estévez y Paños es la dificultad para encontrar un punto final: no es que la juerga sea permanente, sino infinita. Pero para que una fiesta sea plena, debe concluir, dejar que la serenidad –y hasta la resaca– le den sentido pleno. Por eso aciertan cerrando como empezaron, con la rondeña, esta vez vista desde otro ángulo, aunque no nos hayamos movido de nuestra butaca. Y el mundo nos parece, de repente, un poco mejor.
Ficha artística
Doncellas, juerga permanente, de Estévez & Paños
XXX Festival de Jerez
Teatro Villamarta
24 de febrero de 2026
Coreografía y baile: Rafael Estévez y Valeriano Paños
Solistas: José Alarcón, Jesús Bergel, Pol Martínez, Manuel Montes, Jorge Morera, Jesús Perona y Yoel Vargas
Guitarra: Alejandro Hurtado
























































































