Así, sin más rodeos: José Maya regaló al Teatro Villamarta el mejor espectáculo personal de baile flamenco del XXX Festival de Jerez. Aunque pueda sonar pretencioso o sesgado, que siempre lo es.
Color sin nombre se enuncia y diferencia de todo lo anterior por la introspección intimista y la simplificación del baile, despojándolo de artificios innecesarios para mostrar desnuda su pureza del alma, la esencia y el esqueleto del baile, además de la transmisión en lenguaje de pellizcos y retorcijones que llegan del corazón al graderío como un hachazo que se jinca en el izquierdo y no sangra, sino que brota y rebosa de emociones al borbotón.
El telón descubrió un cenital que encendió a paso lento la figura de José, reflexivo y distante, sentado en un banco. Y así como el pintor expresionista Mark Rothko deambuló por la vida hasta suicidarse, Maya transitó por sus hilitos de esperanza con el chelo magnífico de Batio Hangonyi hasta llegar a la luz que cegó sus impresiones a golpe de flashazos estroboscópicos en la Chapelle de Houston, proyectada sobre el fondo de escenario, que albergó varias obras del pintor estadounidense que se llegó a debatir entre la vida y la muerte, la depresión y lo contemplativo, legándonos obras de intenso simbolismo sobre las que se dejó cautivar Maya a encontronazos y caricias, quedando irremediablemente atrapado ante la magnificiencia de sus trazos. Una vez dentro de sus pinturas, José Maya inicia un viaje a sus impresiones, a las tripas del pensamiento. A través de proyecciones constantes sobre las que dibujó su baile se entrega abierto en canal al respetable en los distintos pasajes del espectáculo.
De una genialidad inusitada aderezó la farruca, aparentemente sencilla en las figuras, pero de aplome y cargada de significación. Cayó al entarimao como un quintal, con movimientos muy marcados que tradujeron las ducas fatales de una cabecita loca y un pecho descosido. José me agarró de la mano para meterme en su mundo y durante la hora y media que duró aquello paró el tiempo y lo redujo a un chasquido. Cuando me di cuenta, todo había pasado, como cuando te atropella un sentimiento y te abandonas a lo etéreo de la imaginación y el solo sentir.
«José Maya formó una mu gorda. Bailó como él solo sabe hacerlo, dejándose el pellejo en los maderos, recortando las figuras, con replantes heterogéneos, modernos y tradicionales a la vez, incluyendo en su repertorio pasos de danza clásica, contemporánea y vanguardista. Pero sin salirse del tiesto. Siempre gitano. Porque su baile es irremisiblemente moreno»

Delia Membrive se sentó a su lado para espetarle un puñao de quejíos por fandangos con aires onubenses, flamenca como ella sola, con empaque y poderío, echándole reaños a cada tercio y acariciando los bajos con su garganta adoquiná de ecos nuevos rajaos. Y los coros de El Calli y Gabriel de la Tomasa pronto se trocaron en lamentos seguiriyeros que resolvió Delia sobre el rojo pasión del fondo con el macho de Juan Junquera echando las higaíllas del sentío por la boca mientras José se deshizo en el baile, parando o endiñando zamarreones de jondura en una seguiriya jiriente y aligerá pa que el dolor remitiera. Y llegó el alivio por vidalita, preludiado por los trémolos pulcros y arpegios sedosos de la extraordinaria guitarra que gime de Marcos de Silvia, que merecería mención aparte por su calidad e insultante juventud. El segundo cuerpo de la vidalita ya se acompañó por bulería buscando la alegría en las cantiñas, precedidas por un guiño de José a la jota y a las boleras. Maya levantó el teatro de oles, jugando con los tiempos y el compás –ayudado por la percusión justa y precisa de Iván Fernández– como le dio la real gana, flamenco, con enjundia, gitano y puro. Gabriel soltó al aire el jilguero que tiene en su gañote por bulerías, paseándose por las melodías a su voluntad, sin encontrar misterios en el cante que no quepan en el pentagrama de su tragaero.
Pero el momento de mayor intensidad acontece cuando en el proscenio de los arañones José se queda solo y templa recio, canónico y ortodoxo, rizando el paladar de los que saben istinguí, los vericuetos de la soleá al cante. Y al baile. Sin más instrumentación que sus latidos y una palmaditas en el pecho, le robó al público pestañeos y suspiros. Los oles vinieron solos, arrancaos de cuajo ante la soberanía de un bailaor completo en lo dancístico y transparente en la profundidad emocional de su propuesta, que no es otra que la de abrirse a pecho descubierto para permitirnos hurgar en las entrañas de un genio. Luego se une el cuadro con sus voces rotundas y arriban al Romance del Conde Niño para despedir a José, que vuelve solo a su banco, al museo de las sensaciones oscuras, a revisar en su interior a través de los cuadros del alma, el sosiego de una bulería agridulce, con fatiguitas pero no tantas.
Tras las eternas ovaciones, un poquito por fin de fiesta, que estamos en Jerez. Después la lio en La Reja, el distendido escenario canalla donde acabamos los flamencos para celebrar y buscar salivita pa las pupas con más cante, toque y baile, regao por los caldos de Jerez y la buena compañía de los jartibles. ¡Gracias, Antonio, por aguantar a estos flamencos!
José Maya formó una mu gorda. Bailó como él solo sabe hacerlo, dejándose el pellejo en los maderos, recortando las figuras, con replantes heterogéneos, modernos y tradicionales a la vez, incluyendo en su repertorio pasos de danza clásica, contemporánea y vanguardista. Pero sin salirse del tiesto. Siempre gitano. Y le puso nombre a su Color sin nombre. Porque su baile es irremisiblemente moreno.
Ficha artística
Color sin nombre, de José Maya
XXX Festival de Jerez
Teatro Villamarta, Jerez de la Frontera (Cádiz)
6 de marzo de 2026
Baile: José Maya
Cante: Delia Membrive, José del Calli y Gabriel de la Tomasa
Guitarra: Marcos de Silvia
Percusión: Iván Fernández
Chelo: Batio Hangonyi





















































































