La Velá de las Nieves se celebró en olor de multitudes trayendo al presente aquellas noches históricas con lo más granado del flamenco (también de la copla y la literatura) de cada etapa desde hace sesenta y cuatro años. Sabrán ustedes, al menos de oídas, que Arcos de la Frontera es uno de los pueblos con más belleza del sur de España, incluso del país entero. Es la puerta o la ventana, depende como se mire, a la Ruta de los Pueblos Blancos de la sierra de Cádiz.
Sus calles encaladas, estrechas, sus cuestas empinadas, sus iglesias y plazuelas, tiñen de encanto cada paso que uno dé sobre sus piedras. Si te asomas al balcón de la Plaza del Cabildo, con su coloquial y malsonante apodo, encuentras la libertad. Pareces estar volando con los pies en el suelo. La peña en la que se sustenta la orografía de Arcos culmina prácticamente ahí, el punto más alto es el Castillo, cerca de la Basílica Menor de Santa María de la Asunción, donde habita la Virgen de las Nieves, patrona de la localidad que celebra su festividad la jornada del 5 de agosto.
En la misma plaza, ahora recuperándose urbanísticamente después de que el gobierno municipal anterior la levantara con el consiguiente destrozo y ningún buen resultado, está el parador, con unas vistas al tajo del Guadalete. Desde aquí salió la noche del 4 de agosto la artista Estrella Morente para acercarse hasta el escenario situado a unos metros desde la puerta mientras yo le daba paso. No me dejaron acabar, el público comenzó a aplaudir.
Escoltada por una serie de guardias municipales, relumbró desde ese momento hasta que pasadas las tres de la mañana abandonó el escenario rodeada de numerosos fans que querían abrazarla, hacerse una foto con ella, tenerla cerca. Fue la encargada de cerrar esta edición que estuvo dedicada a Enrique Morente, a quien se le entregó la Medalla de Oro del festival a título póstumo.
«Juan, ¿cómo voy de tiempo?, que yo me suelo alargar, me dijo Estrella Morente mientras bebía agua de una copa de balón. Usted manda, no hay prisas, le contesté. ¡Qué bien me lo pasé!»

El cartel presentado para la ocasión contó con Estrella como principal atractivo. Qué duda cabe que tenerla en un festival flamenco es ya una noticia, pues quizás acostumbre a participar en ciclos de formatos menos clásicos. Encima, la entrada aquí era gratuita, por lo que la plaza se llenó de público desde la tarde y por las calles aledañas no dejaba de pasar más gente buscando el hueco. Lástima que muchos de ellos solamente iban a pasar el rato, no a escuchar y a respetar al de al lado ni a los profesionales. Otra pena, el sonido, que no pudo convencer en ningún momento a pesar de que, me consta, el técnico de PA llamado Juan se rompió el lomo para que los daños fueran los menores. Dicho esto, se disfrutó y la velada terminó con la granadina entregándose a un respetable que comenzó a rodear el escenario, grabándola con el móvil, a lo que ella respondía regalando su flor de la cabeza y algún que otro peinecillo.
Este pueblo es tierra de poesía y buena afición, con los hermanos Murciano, el maestro Velázquez Gaztelu o Julio Mariscal. El flamenco ha sido una cultura cuidada y hay tradición, pues después del Potaje Gitano de Utrera llegó la Velá de las Nieves. Entre el público, una artista que estuvo presente en la primera edición (aunque tenía otro nombre por entonces) y que también ostenta la Medalla de Oro, la maestra Angelita Gómez. Me comentó yendo para Arcos desde Jerez, que se vino conmigo en coche, que recuerda aún cómo Terremoto le cantó por seguiriyas esa noche.
Ana Gómez fue la encargada de abrir plaza, la artista local que desarrolla su actividad mayoritariamente en Sevilla, cantándole a bailaoras y bailaores de renombre, algo de lo que siente orgullosa. Defendió bien su posición con la guitarra de Javier Ibáñez, las palmas de Abel Arana y José Carlos Marchante, que le bailaron por bulerías al final, y los vientos de Sergio de Lope, consiguiendo aplausos en sus intervenciones. Le siguió Rubio de Pruna, junto a El Perla en la guitarra y José de Mode a la percusión. Recital clásico, con su potencial garganta, con su dominio del compás y su amplia afición en registros. Por tangos se llevó al respetable al bolsillo. Aconsejo escuchar su primer trabajo discográfico, Calle Pureza, con grandes colaboraciones.
Andrés Peña es un bailaor jerezano con parte de su familia paterna en Arcos de la Frontera, eso hizo verlo más emocionado que de costumbre. Disfrutón en los tangos, más solemne en la farruca y valiente en las bulerías, siempre al filo de la navaja en gestos, movimientos y ritmos. Público en pie, sin fisuras. Llevaba con él un arsenal de buen cante, con El Londro y David Carpio, las palmas infalibles de Carlos Grilo y la guitarra de Óscar Lago. Subido a una silla casi tocó con sus muñecas las campanas de la torre de Santa María.
Para finalizar, Estrella, recogiendo la Medalla de Oro de manos del alcalde, Miguel Rodríguez, y la corporación municipal. Se le vio emocionada, cercana, agradecida y no creo que exagerara. Después se gustó por una serie de cantes desembocando a los tangos del Cerro del Palomares, Volver y La Noche de Mi Amor… No se quería ir. Con su gente, José Carbonell a la guitarra, las palmas de Curro Conde, Antonio Carbonell y Remedios Heredia, llevó a la extenuación la sensibilidad de su alma. “Juan, ¿cómo voy de tiempo?, que yo me suelo alargar”, me dijo mientras bebía agua de una copa de balón. “Usted manda, no hay prisas”, le contesté. ¡Qué bien me lo pasé!
















































































