El bailaor portuense Jaime Cala llevó su propuesta La Trinidad del Flamenco al oratorio del Monasterio de San Miguel. Este espectáculo destaca por su estética cuidada y profundidad conceptual, además de tener un fin benéfico apoyando a AFA Puerto. En la velada, brilló un elenco talentoso: al cante, Tolo de Jerez y Eva del Cristo; al toque, Juan Ramón Ortega; en el compás y jaleo, José Peña, con la contribución fundamental de María Antonia Neva, quien trajo un discurso poético que estructura toda la obra. Javier Villar fue el encargado de presentar el evento.
Desde el inicio, Cala propone una interpretación simbólica del flamenco, alineándose con la Trinidad cristiana: cante, toque y baile como tres expresiones de la misma esencia, todas unidas por un elemento esencial pero invisible, el compás. Esta idea, lejos de ser solo retórica, se traduce en una escenografía sobria —un espacio casi vacío con un biombo triple— en la que cada componente tiene su significado.
María Antonia Neva, vestida de rojo, abre la presentación con una prosa poética que lleva al público hacia la seguiriya desde un lugar casi ritual. Se establece así una atmósfera recogida que define el tono de la obra: simbolismo, contención y diálogo entre diferentes disciplinas.
El cante se presenta en toná, con una voz de matiz broncíneo y firme que avanza hacia la carcelera como antesala a la seguiriya. La guitarra de Juan Ramón Ortega acompaña con limpieza y sentido, sin caer en artificios, ofreciendo un discurso musical que tiene raíces gaditanas. Es notable que el cantaor optara por interpretar de espaldas en ciertos momentos, lo que acentúa la dimensión introspectiva de la actuación. El compás, sostenido por las palmas, juega aquí un papel orgánico, aunque en algunos instantes su exceso puede opacar matices del zapateado que viene después.
La aparición de Jaime Cala por soleá, vestido de negro, reafirma los elementos claves de su estilo: un baile de corte tradicional, estilizado, que no busca resaltar el cante, sino integrarse con él. La conexión es clara, un entendimiento que coloca al bailaor dentro del tejido musical, sin sobresalir de él. Su trabajo de pies es sobrio y medido, con una clara intención de escuchar.
Al pasar al taranto, la atmósfera cambia. La escena se reorganiza en torno al biombo, con la iluminación de un candil que recuerda el mundo minero. La voz a capela de Eva del Cristo surge con fuerza y equilibrio, justo antes de que la guitarra se sume de manera natural. Jaime Cala, con vestuario en tonos terrenales y detalles dorados que reflejan tanto la riqueza minera como su expolio, desarrolla un baile elegante, con una autoridad tranquila que llena el espacio. Aquí se percibe claramente su querencia al baile antiguo: uso del silencio de forma expresiva, economía de movimientos y una mirada directa que establece una conexión inmediata con la audiencia.
«Jaime Cala desarrolla un baile elegante, con una autoridad tranquila que llena el espacio. Se percibe claramente su querencia al baile antiguo: uso del silencio de forma expresiva, economía de movimientos y una mirada directa que establece una conexión inmediata con la audiencia»
La soleá, reintroducida por el texto de Antonia Neva, vuelve a ser el eje del espectáculo. El cante va ganando intensidad y culmina en bulerías de Jerez, en las que Jaime Cala despliega un lenguaje más abierto sin perder el rigor. Su baile se expande, incorporando desplantes clásicos y una libertad rítmica que conecta con el público, evitando el efectismo.
El cambio hacia las alegrías simboliza una apertura, tanto musical como escénica. Antonia Neva extiende su intervención hacia el movimiento, mientras el cante de Eva del Cristo se sitúa en los aires del cante de la bahía. Jaime Cala, vestido de celeste con flecos de un mantón de Manila, proporciona un baile elegante, de clara escuela, donde se notan los ecos de los maestros: un baile varonil, de presencia y paseos, que prioriza la comunicación sobre la exhibición.
El final con bulerías de Cádiz actúa como una liberación colectiva. El público, totalmente integrado, acompaña con palmas y “oles”, participando en un cierre festivo que reúne a todo el elenco en una celebración del compás compartido.
En el epílogo, Jaime Cala toma la palabra, mostrando no solo al intérprete, sino también al maestro educador y creador detrás de la propuesta. Su discurso refuerza la idea central del espectáculo: la necesidad de entender el flamenco desde el conocimiento, la estructura y la conciencia de sus elementos esenciales.
En resumen, La Trinidad del Flamenco se presenta como una obra con una notable coherencia interna, donde la sobriedad escénica y la simbología —tanto cromática como la sencillez escénica en cromatismo de luces— no son solo adornos, sino un lenguaje propio. El baile de Jaime Cala, heredero del estilo antiguo, se integra rigurosamente en el diálogo entre cante y toque, mostrando una madurez artística que evita el efectismo y se sitúa en el ámbito de la verdad expresiva.
Así, en el oratorio de San Miguel, la propuesta trasciende el mero espectáculo y se transforma en una reflexión viva sobre el flamenco: un homenaje a la tradición desde una mirada estructurada y contemporánea, donde la trinidad —cante, toque y baile— se manifiesta como un único latido. El compás, ese pulso secreto, sostiene una velada que equilibra la raíz y la estética con una profundidad serena.
Así fue y así lo sentí: un flamenco que, cuando es auténtico, no necesita más que su propia esencia para revelarse.
Ficha artística
La trinidad del flamenco, de Jaime Cala
Hotel Monasterio, El Puerto de Santa María (Cádiz)
18 de abril de 2026
Baile: Jaime Cala
Cante: Tolo de Jerez y Eva del Cristo
Guitarra: Juan Ramón Ortega
Compás y jaleo: José Peña
Presentador: Javier Villar
Texto: Alfonso Delgado




















































































