A todo establecimiento o espacio que se dedique a la enseñanza del baile, que forme al individuo y que, por tanto, promueva el desarrollo personal, le llamamos academia, institución que se rige por aquellas normas que garantizan la calidad educativa.
Hasta ahí, de acuerdo. La discrepancia surge en el modelo didáctico, tal y como constaté durante la jornada de ayer en la Academia de Juan Tejero, centro docente que desde que implementó la esencia de Jerez en Sevilla hace 16 años, potencia la experiencia práctica del baile por bulerías, pero a través del cante, que es lo que permite la exploración del movimiento y la comprensión de conceptos no tanto físicos cuanto de tiempos musicales.
Y para establecer la veracidad de cuanto afirmo, los cantes en directo de Juan de la María, Miguel Lavi, Sebastián del Puerto, Sandra Rincón, Kina Méndez y Rosario Heredia, a más de la guitarra de Juan Manuel Moneo, todos al servicio del baile de Juan Tejero, Irene Carrasco y los cuantiosos discípulos que transmiten sus emociones conectándose al cante.
Para contextualizar el asunto, tendríamos que remontarnos a la Real Orden de 28 de diciembre de 1799, por la que se daba un tratamiento privilegiado al ‘baile nacional’, y la ulterior creación en 1807 de una academia oficial del baile teatral para cultivo de la danza española. Preparado el terreno, sería el antequerano don Miguel Barrera quien abre el año 1845, en la sevillana calle Jimios, la primera Academia de Baile –de ahí se iría a la calle Tarifa–, locales que se expandieron con éxito por la ciudad a fin de ofrecer veladas principalmente para los guiris de entonces.
En esas academias, como confirmaron tanto Alejandro Casona como Glinka, coincidieron en 1846 y 1847 el ole, el vito y los fandangos de las bailarinas boleras (Baile de Palillos) con las bailaoras gitanas de Triana (Bailes de Candil), con lo que ambas escuelas de origen andaluz (Escuela Bolera y Flamenco) convivirán influenciándose mutuamente durante el siglo XIX.
Luego contrataron a cantaores profesionales a lo gitano, hecho éste que marca el cambio en las Academias: de lo didáctico pasan a lo artístico, convirtiéndose en Salones de Baile, donde irán poco a poco imponiéndose nuevas formas que, hasta 1860, no aparecen definidas como flamenco en sentido estricto.
De aquellos establecimientos sevillanos destacamos el Salón Oriente, de don Miguel Barrera, y el Salón El Recreo, de don Manuel Barrera, que no eran ni primos ni hermanos, además del Salón de la Aurora, de La Campanera, con ensayos abiertos al público en los que se mostrarían todo tipo de bailes, nacionales y andaluces.
Entre las propuestas figuraban Seguidillas, Boleros, Manchegas, Boleras de Jaleo, Jaleo de Jerez, Jaleo de Sevilla, La Malagueña y el Torero, Boleras robadas, Jota aragonesa, Ole de la Curra, Soleá de Arcas, Polo del contrabandista, los Panaderos de Cádiz, Bailes por Alegre, Soledades, El Garrotín, Tango Americano, Madrileña, Ole de la Esmeralda, Gallegada, Baile inglés, La Sal de Andalucía, Fandango y El Vito.
«Juan Tejero no sólo enseña los beneficios del desarrollo integral del bailaor/a, también instruye transmitiendo conocimientos, en tanto coge la sartén de la bulería por el mango para que no se olvide lo fundamental: bailarle al cante»
Obvio es señalar que no aparece la bulería, dado que esa época de Escuela Bolera, Danza Estilizada, Flamenco Estilizado y Bailes Populares se enmarca entre 1840 y 1930. Habríamos de esperar, pues, a diciembre de 1909 a que la grabara como tal apelativo La Niña de Los Peines, álbum editado en abril de 1910, y término que introduce ella misma en la Prensa a partir de noviembre de 1911, donde define a la bulería como estilo suyo, queriendo decir que fue la primera que lo grabó, no que la creara.
Ahora bien: ¿desde cuándo se baila la bulería? No podemos decir que desde la época romana. Se bailaba, sin duda, en las fiestas privadas, en los patios y en los corrales de vecinos. ¿Pero cuándo florece a la luz pública? Lógico es pensar que el baile asomara en paralelo con la aparición del cante. Hago esta afirmación porque no hay recursos en la videoteca para demostrar lo contrario, por lo que tenemos que acudir obligatoriamente a la hemeroteca. Y ésta nos obliga de nuevo a fijarnos en La Niña de los Peines.
Leemos en El Liberal de Sevilla, al respecto, dos noticias de sumo interés. La primera fechada principiando la primavera de 1911, donde tras anunciar su actuación y la de don Antonio Chacón en el Salón Imperial, añade: «Mañana despedida de estos dos últimos artistas. La Niña de los Peines, en obsequio al público, bailará». Y la segunda, la más explícita, apareció también en El Liberal en julio de 1917, donde leemos: «Hoy, despedida de la notable y aplaudida cantadora Niña de los Peines, la que en obsequio al público bailará por primera vez Bulerías Gitanas».
Hay más datos que nos llevan a ratificar que, una vez instalado el cante por bulerías, es a partir de los años veinte del pasado siglo cuando adquiere categoría artística como baile por mor de virtuosos como Frasquillo o Las Coquineras, hasta llegar a los aportes de Cádiz, Jerez o Utrera, a más de Carmen Amaya, que hacia 1940 le imprimió un dominio del ritmo y del contratiempo espeluznantes.
Pasado el tiempo, en 1997 se inaugura el Festival de Jerez, centrado en la danza española y el flamenco, pero con actividades complementarias para reforzar la acción formativa, quedando la bulería a merced de Angelita Gómez. Y surge la pregunta del millón: ¿qué enseñaba la maestra hace ahora 29 años? ¡Oído!: bailarle al cante.
Mi admirada Angelita rectificó a los alumnos de la Compañía Andaluza de Danza la llamada, y no admitía que se zapateara sobre el cante. ¿Saben por qué? Porque había que escuchar el cante sin prisas, y había que respetarlo porque el baile significa expresión, arte, creatividad, pasión, movimiento y libertad. Pero también disciplina, constancia y esfuerzo. Y para ello hay que tener los códigos, las normas claras, sin olvidar que todo bailaor/a está obligado a seguir las reglas. A los demás, al público, no se les pide ni tan siquiera que las lea, pero eso sí, estamos obligados a reclamar autenticidad y no timo.
Ese conjunto de cánones lo lleva a la práctica Juan Tejero, que, instalado en el Mercado del Arenal, de Sevilla, desde 2010, me honra con nombrarme padrino de su Academia en tanto que persiste no sólo en facilitar el aprendizaje, sino que además inculca a sus alumnos las vías para alcanzar objetivos específicos.
Por eso Juan Tejero no sólo enseña los beneficios del desarrollo integral del bailaor/a, también instruye transmitiendo conocimientos, en tanto coge la sartén de la bulería por el mango para que no se olvide lo fundamental: bailarle al cante. Y el lector se preguntará: ¿por qué? Y la respuesta se interroga a sí misma: ¿bailaría usted las sevillanas sin bailarle al cante? No, ¿verdad? Pues exactamente igual hay que hacer en el flamenco.


















































































